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jueves, 31 de julio de 2014

El único género literario en el que todo sale bien si nadie se lee los libros

La nueva autobiografía de Hillary Clinton es un fracaso de ventas y un éxito en los medios. Es un patrón en las memorias políticas de los últimos años.

Por: Miqui Otero
A los libros de memorias de políticos se les suele reconocer por el título: generalmente un manejo limitado de pocas palabras de un campo semántico opuesto al que opera en la composición de las canciones del verano. Si en estas debe aparecer siempre “noche”, “sol” o “arena”, en las autobiografías de los mandatarios en activo se juega siempre con otras como “esperanza”, “decisión” o “valentía”.

Esta falta de riesgo que aparece en las portadas de tapa dura de un género cada vez más y más popular en librerías internacionales podría interpretarse como un síntoma. No sólo de  lo que esconden dentro estos mediatiquísimos libros, sino también de su utilidad y de quiénes se creen que son los lectores (cuando los hay o si son numerosos). De su calidad literaria, sin ir más lejos, de si cumplen su labor arrojando luz sobre ideas o vidas, se ha estado debatiendo en EE UU al hilo de la publicación del Hard Choices (Elecciones difíciles), de Hillary Clinton, prestante ex Primera Dama, Secretaria de Estado y, ahora, quién sabe, candidata para ganar las elecciones de 2016 y autora, ahora, del que quizá sea el ejemplo más perfecto de cuán imperfecto es el otrora noble libro de memorias políticas tal y como se entiende en estos días de conceder entrevistas y generar titulares.

Véase por ejemplo el título. Cyrus Vance, Secretario de Estado en la era del presidente Jimmy Carter, empleó en 1983 exactamente el mismo título que usa la señora Clinton ahora. Que además podría confundirse con el Hard Call de John McCain, el rival de Obama por la presidencai en 2008 (su subtítulo tampoco era un despliegue de originalidad: Great Decisions and the Extraordinary People Who Made Them; traducible como Decisiones ejemplares y las extraordinarias personas que las tomaron). Es más, algunos articulistas sostienen que se han testado sólo unos 25 títulos en el mercado.

martes, 22 de julio de 2014


Valga un pequeño apunte. No dejemos de vivir por dedicarnos a la contemplación o buscando sólo llevar a cabo actos memorables que puedan verse bien en nuestra autografía, como dice el genial Ricardo Siri (Liniers) en la imagen que encabeza esta entrada, cualquier momento puede valer -lo mismo o más, incluso-, para integrar nuestra historia de vida. En el instante no lo sabremos, pero en retrospectiva podremos notar la trascendencia y su valor en la suma de las partes, de otra forma -narrando únicamente fragmentos impactantes o aventuras desmesuradas-, corremos el riesgo de convertir nuestro relato en un despropósito nada creíble y sin interés para el posible lector. Aquí entra en juego nuestra honestidad para admitir errores y fracasos, parte muy importante en la experiencia vital de todo ser humano.

Imagen: Liniers

lunes, 21 de julio de 2014

José Saramago: Una autobiografía

Sin lugar a dudas, uno de los grandes narradores de nuestro tiempo es José Saramago. Dueño de vida intensa que el mismo narra en esta breve reseña autobiográfica.




Nací en una familia de campesinos sin tierras, en Azinhaga, una pequeña población situada en la provincia de Ribatejo, en el margen derecho del río Almonda, a unos cien kilómetros al nordeste de Lisboa. Mis padres se llamaban José de Sousa y Maria da Piedade. José de Sousa habría sido mi nombre si el funcionario del Registro Civil, por iniciativa propia, no lo hubiese añadido el apodo por el que mi padre era conocido en la aldea: Saramago, (cabe esclarecer que saramago es una planta herbácea espontánea, cuyas hojas, en aquellos tiempos, en épocas de carencia servían como alimento en la cocina de los pobres). Fue a los siete años, cuando tuve que presentar en la escuela primaria un documento de identificación, que se vino a saber que mi nombre completo era José de Sousa Saramago… Pero no fue éste el único problema de identidad que me fue concedido al nacer. Aunque había venido al mundo el día 16 de noviembre de 1922, mis documentos oficiales dicen que nací dos días después, el 18, fue gracias a este pequeño fraude que la familia pudo escapar del pago de una multa por no declarar el nacimiento en el plazo legal.

Tal vez por haber participado en la Guerra Mundial, en Francia, como soldado de artillería, he conocido otros ambientes, diferentes a vivir en una aldea, mi padre decidió, en 1924, dejar el trabajo del campo y trasladarse con la familia a Lisboa, donde comenzó a ejercer la profesión de policía de seguridad pública, para el cual no se exigían más “habilidades literarias” (expresión común entonces) que leer, escribir y contar. Pocos meses después de habernos instalado en la capital, moriría mi hermano Francisco, que era dos años más viejo que yo. Aunque las condiciones en que vivíamos hubiesen mejorado un poco con la mudanza, nunca llegaríamos a conocer el verdadero desahogo económico. Ya tenía 13 o 14 años cuando pasamos, al fin, a vivir en una casa (pequeñísima) sólo para nosotros: hasta ahora siempre habíamos vivido en partes de casas, con otras familias. Durante todo este tiempo, y hasta la mayoría de edad, fueron muchos, y frecuentemente prolongados, los periodos en que viví en un pueblo con mis abuelos maternos, Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha.

viernes, 27 de abril de 2012

Autobiografía precoz

Para escribir una autobiografía basta un fragmento de vida, momentos que señalen el rumbo de quienes aún seremos. Es el caso de las autobiografías precoses de artista e intelectuales. Unos de los iniciadores de esta vertiente es el poeta ruso Evgueni Evtushenko. Guadalupe Loaeza escribe sobre este libro y sobre el ambiente de la época (1968) en que el autor ruso visitó México. El artículo mismo puede tomarse como un fragmento autobiográfico.


Uno de los libros más leídos hace poco más de 40 años era la Autobiografía precoz, de Evgueni Evtu-shenko (Rusia, 1933). Me acuerdo que el libro de Editorial ERA me acompañó por muchos días; tomaba mi libro y lo iba a leer a la Zona Rosa. Era 1968, por los días en que comenzaba el movimiento estudiantil, aunque he de confesar que yo estaba más entusiasmada por las Olimpiadas. Recuerdo el día que me avisaron que gracias a que había salido muy bien en mi examen de francés, mehabían seleccionado como edecán para atender a los representantes de la prensa francesa. Cuando me dieron mi uniforme naranja, mi blusa de cuello Mao y mis zapatos Canadá, me sentí feliz.
Por entonces, mi compañero más cercano era el libro de este poeta ruso. Ahora se habla muy poco de él, pero hace 44 años era uno de los autores más populares. Cuando vino a México, una multitud que quería escuchar sus poemas llenó el Estadio Azteca; estuvo acompañado de David Alfaro Siqueiros. En el prólogo al libro de poemas Adiós, bandera roja (FCE, 1997), Yuri Nehoroshev dice que Evtushenko recorrió México acompañado de Carlos Monsiváis y que conoció a escritores como Carlos Fuentes, Juan Rulfo y León Felipe. Nehoroshev, que además es el presidente de la Asociación de Evtushenkófilos, dice que en sus viajes por Occidente, este poeta visitó a Picasso, Chagall, Max Ernst, Fellini, Eliot y Steinbeck, entre muchos otros. Por eso, escribió: Me gustaría/ nacer en todos los países. Mas el presidente de sus admiradores dice que el segundo amor de Evtushenko es América Latina.
Su Autobiografía precoz fue una lección para los escritores mexicanos. Leamos sus primeras líneas: La autobiografía de un poeta son sus poemas. El resto es sólo su comentario. El poeta tiene el deber de presentarse a sus lectores con sus sentimientos, sus pensamientos y sus actos en la palma de la mano. Luego de este libro, varios escritores mexicanos como Carlos Monsiváis, Salvador Elizondo y Juan García Ponce también escribieron sus autobiografías precoces. Gracias a su libro sabemos que le tocó ver a muchísimos jóvenes rusos que se alistaron para pelear contra Alemania en la Guerra Mundial, y que todos ellos presentían que no regresarían, por lo que decidieron casarse antes de partir: Con todo, esos muchachos tenían su vida, sus amores, sus novias. Y, con todo, había muchas jóvenes que aceptaban convertirse en viudas, tras de haber sido las mujeres de un día para los que amaron. Por eso, Evtushenko decía que la palabra paz nada más tenía significado para las personas que saben qué es la guerra, por eso también decía que él había podido aprender el significado de paz porque conoció la guerra en su infancia.
En 1944, cuando apenas tenía 11 años, llegó a Moscú con su madre. Entonces supo quiénes eran sus enemigos, porque pudo ver a toda la gente que esperaba ver a los 25 mil alemanes prisioneros que estaban a punto de llegar a la ciudad. Allí estaban las viudas, los huérfanos, las madres de los soldados caídos, esperando con rostro de odio hasta que apareció a lo lejos la columna de prisioneros. A la cabeza, marchaban los generales, tensas sus poderosas mandíbulas, escribió. Las comisuras de los labios estaban apretadas, despectivas. Así querían afirmar su superioridad aristocrática sobre la plebe que los había vencido. Los soldados rusos cubrían a los alemanes para que las mujeres no se aventaran contra ellos, pero entonces, llegaron los soldados alemanes, sucios, sin afeitar, pero sobre todo con un rostro de infinito cansancio, sobre muletas y cubiertos de vendas ensangrentadas. Fue entonces que se hizo un silencio inmenso, y una mujer pidió permiso para darle pan a un prisionero que apenas podía sostenerse. Mejor sigamos las palabras del autor de la Autobiografía: Instantáneamente, otras mujeres siguieron su ejemplo y comenzaron a lanzar pan, cigarrillos, a los soldados alemanes vencidos. Ya no eran enemigos. Eran hombres.
Con toda razón, el poeta Andrei Voznesenski dijo: Evgueni Evtushenko inventó el periodismo poético. ¿Pero por qué este escritor ruso fue tan popular en México y en muchos otros países? Me atrevo a pensar que fue tan leído a causa de su sinceridad estrujante, desgarradora, conmovedora. Como los pasajes que dedica a su madre, una bella actriz y cantante, que perdió su salud en la guerra. Cuando la reencontró en el teatro, casi no pudo reconocerla. Fue la victoria que le costó a Rusia la vida de 20 millones de personas y la voz de mi madre, escribió. La madre de Evgueni, por otra parte, no quería que su hijo fuera poeta. Pensaba que era un oficio atormentado, propio de espíritus inestables y que sufrían más que los otros hombres. Su madre le dijo: La poesía nunca te dará una vida tranquila ni dinero. Por suerte para sus lectores, Evtushenko odiaba la tranquilidad y el dinero tanto como amaba la poesía.

El Ángel. Suplemento Cultural de Reforma. 11de marzo de 2012.

miércoles, 4 de abril de 2012

Cómo comenzar una autobiografía


La página web En Plenitud ofrece algunas ideas a tomar en cuenta cuando se ha tomado la decisión de redactar su biografía.

Conociéndose a uno mismo

Este quizás sea uno de los ítems más difíciles de configurar. Muchas personas se definen por el trabajo que hacen, los hijos que han criado, o la posición que han logrado. Pero todo esto es, en realidad, parte de lo que somos, puesto que hay mucho más. Sin dudas existen muchas otras historias detrás de estas definiciones, muchas experiencias que nos han formado, valores que hemos inculcado, y relaciones que hemos gestado.
Estas son las historias que generalmente interesan en las biografías personales, en especial a aquellos profesionales de la escritura entrenados especialmente para ayudar a las personas mayores y sus familias, así como también a los negocios y las organizaciones, a registrar sus historias, únicas y extraordinarias.
En efecto, el campo de las biografías personales es un fenómeno reciente pero creciente, que interesa a gente de todas generaciones. Términos como “historia personal”,”memoria” y “biografía” se encuentran cada vez mas frecuentemente en nuestra vida y cultura.

El sentido de una biografía personal
A medida que nuestro mundo personal cambia cada vez más rápidamente, todos nosotros tenemos la necesidad, -humana y básica-, de saber de donde venimos, para así entender mejor nuestro pasado, aunque el mismo no nos termine de gustar. Por eso, muchos señalan la importancia de que los mayores compartan sus historias personales con los más jóvenes.
La historia no solo se limita a los acontecimientos que forman las naciones, sino que también debería comprender los acontecimientos que han formado a cada uno de nosotros, las lecciones que hemos aprendido, y el legado que queremos dar.

La importancia de registrar la historia de vida personal o de alguien al que se ama
Los biógrafos, o historiadores de vida personal, afirman que registrar las historias de vida personal es una manera poderosa y directa de transmitir los valores familiares, crear conexiones más profundas entre los más adultos y los más jóvenes, y fomentar un sentimiento positivo tanto para oír como para escribir esta y otras historias.
Por eso, muchos coinciden en afirmar que el registrar las historias personales es una manera maravillosa de honorar a nuestros ancianos, ya que el mensaje que se está transmitiendo es que esa persona es importante, su vida tiene significado, y uno quiere escucharla.
Por cierto, existen muchos beneficios en sí mismos para los biógrafos personales, según evidencian algunas investigaciones actuales sobre el envejecimiento. Esto es así por que las reminiscencias son una parte muy saludable en el desarrollo adulto, ya que se comprobó que existen magníficos beneficios terapéuticos en las poblaciones mayoras que se centran en la investigación de su propia u otra vida. Estos beneficios incluyen un mayor amor propio, menores niveles de depresión, y un mayor sentido de significación a la vida.
A medida que crecemos, necesitamos mirar que fue de nuestras vidas, y entender el sentido de las innumerables experiencias, tanto buenas como malas, que nos han formado. Haciendo esto, a menudo se suele encontrar un sentido de paz y determinación para poder continuar con nuestras vidas.
Existe una gran variedad de maneras de registrar la propia historia personal. En primero lugar, debe saber que hay varios formatos de registros para escoger. Por eso, debería considerar si desea que su trabajo final aparezca escrito a mano, en computadora, grabado a voz en discos compactos o casetes, o grabado audiovisualmente en una cinta de vídeo o DVD.
El formato que elija sin dudas condicionará el mismo proceso de trabajo, por lo que debe tenerlo definido desde un comienzo, ya que el trabajo suele comenzar generalmente con una entrevista hacia un miembro familiar o realizada por un entrevistador profesional.
Puede ser que sean necesarias muchas sesiones de trabajo preliminares para diseñar los temas y las historias que se abordarán o serán cubiertas. Algunos historiadores personales afirman que un entrevistador neutral y proveniente del exterior de la familia, permite lograr una narrativa más profunda y comprensiva, antes que un entrevistador de la misma familia. En efecto, este último podría dejar de preguntar cosas que él ya conoce, pero no los demás, o podría diferir con la opinión del entrevistado, tratando de imponer su propia idea en la situación de entrevista.  
De cualquier forma, una vez que la historia se cuenta, se puede preservar en un gran número de maneras. Los archivistas recomiendan que se utilice papel libre de ácidos para imprimir, y cajas plásticas con buen cerramiento para almacenar los papeles, las cintas, los videos, y otros objetos antiguos de la familia.  
A menudo se suele contratar a biógrafos personales profesionales que ofrecen sus servicios de consulta y redacción, así como una variedad de servicios que incluyen videos y entrevistas grabadas de historias de vida, recuerdos familiares, conservación y mantenimiento de árboles genealógicos y documentos, biografías cortas, etc. (consulte en su biblioteca pública local para obtener un listado de los mismos). 
Existen, sin embargo, algunos obstáculos para registrar las historias personales. Tal vez, los mayores tengan que ver con el tiempo y los conocimientos. Si bien muchas personas están muy de acuerdo con que los registros personales y las historias de familia son un ejercicio muy importante, son pocos los que disponen del tiempo necesario como para diseñar y producir un proyecto referente a sí mismo y a sus parientes. En otros casos, algunas personas se sienten a menudo técnicamente incapaces de tratar con las complejidades de la escritura, la investigación, el registro, o la redacción de una historia personal.  
Tal vez algunas personas piensen que su vida no registra nada importante ni emocionante que deba ser contado. Quizá sientan que nadie se interesaría por su vida, menos encantadora o exitosa que la de una estrella de Hollywood. ¡Cuan equivocados están! En primer lugar, si llegan a sentarse tranquilos a redactarla, verán cuan emocionante pudo ser ese primer beso, ese examen crucial aprobado, o muchas de las cosas que sucedieron en su larga y cambiante vida. Además, piense que la historia de sus ancestros, dos siglos atrás, puedo ser menos interesante que en la actualidad, en la cual podemos ver todo un registro de las épocas pasadas… lo mismo les sucederá a sus descendientes, cuando lean su historia en un futuro lejano.
Un viejo refrán señala que "cuando un anciano muere, es como si una biblioteca entera se quemara". El hecho, es que todos tenemos cosas importantes, valores, y experiencias para compartir, las cuales solemos obviar en el trajín diario de nuestras vidas, en las que nos encontramos sin tiempo ni energía para hacerlo.
Pero preservando nuestras historias, podremos darnos a nosotros mismos la posibilidad de haber dejado una huella en nuestro camino, y a nuestros descendientes, la chance de conocer mejor nuestras vidas y nuestros tiempos, esperando que nuestra experiencias los ayude a manejarse en la vida y los nutra con todo nuestro amor.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Memoria Personal de Antoni Tàpies

Esta semana presento Memoria personal. Fragmento para una autobiografía del artista plástico, este volumen reúne las memorias de Antoni Tápies. El imprescindible relato de sus experiencias en la Barcelona previa, posterior y contemporánea a la Segunda República, la guerra civil, Madrid bajo el régimen franquista, París durante el existencialismo y Nueva York en la década de 1950 aparece acompañado en esta edición por imágenes históricas de varia proveniencia, algunas de ellas del archivo familiar y privado del artista. La relación personal y la confluencia artística de Tápies con Picasso, Miró y Duchamp, entre otros, su periplo en torno a las ideas de modernidad y de vanguardia, y los acontecimientos históricos de su vida, desde su nacimiento en 1923 hasta mediados de la década de 1970, nos ofrecen una aproximación única a las fuentes y al desarrollo de su obra. Dados los vínculos entre las facetas de artista y de escritor en la obra de Tápies, este volumen incluye una cronología y una selección de imágenes que muestran el despliegue de su lenguaje artístico desde la década de 1940 hasta la actualidad.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Las 11 mejores biografías y memorias de 2011


Para cerrar el año el sitio web Brain pickings publicó lo que a su criterio le parecen los mejores libros biográficos y de memorias del año pasado.
Se trata de un puñado de interesantes ejemplos, de estilos diversos. En esta lista se incluyen trabajos tan atractivos como el dedicado a Marie y Pierre Curie, o más convencionales como el que trata sobre Steve Jobs, pero sin duda todos son una muestra perfecta de que el género autobiográfico no tiene porque se monótono ni aburrido.

Leer la nota>>

lunes, 28 de marzo de 2011

La autobiografía

¿Nos hemos preguntado cuándo apareció la autobiografía como expresión escrita del ser humano?, ¿sabemos dónde se publicaron los primeros textos de este género? o ¿a qué necesidades responde el desarrollo de la escritura autobiográfica?
El libro Autobiografía, de Georges May (Fondo de Cultura Económica, 1982) abarca todo lo que se nos pueda ocurrir preguntarnos acerca de la naturaleza de la autobiografía, escrito de una manera tan clara y amena que se antoja leerlo completo y sin interrupción. Presentamos en este espacio sólo un capítulo, en el que nos enteramos de que el origen de la escritura autobiográfica puede situarse desde el siglo IV en occidente, pero puede considerarse posterior, dependiendo del concepto de autobiografía que se maneje. 

lunes, 21 de marzo de 2011

Enseñar a la gente a escribir su vida

Segunda parte de la síntesis del capítulo: “Enseñar a la gente a escribir su vida”, del libro titulado “El pacto autobiográfico y otros estudios” de Philippe Lejeune, editado por Megazul-Endymion, Madrid, 1994.
…la autobiografía, es una actividad propia de la madurez o de lo que actualmente se llama la tercera edad… La oferta es reciente, y forma parte de un importante movimiento social, al igual que el desarrollo de la psicología, la aparición de la historia oral y la difusión a través de los medios de comunicación de lo “vivido”, que tratan de llamar la atención del individuo sobre sí mismo.

¿Cómo?
Queda la cuestión del how. Tiene dos aspectos: el del medio del aprendizaje, y el de los medios utilizados (entre los cuales distinguiré los modelos y las pistas).

1. El medio… Como se trata de aprender a escribir, el libro es quizás más indicado. Pero en la autobiografía el libro difícilmente puede suplir la relación con el otro, necesaria para el proceso. Sin duda, hay que distinguir dos funciones posibles del manual: la función de estimulación y la de aprendizaje propiamente dicha. Para estimular, el libro tiene que ser corto, directo y sencillo. O si es largo, tiene que intentar ser persuasivo a través de un discurso repetitivo que tranquilice al candidato autobiógrafo, familiarizándole con algunas ideas fundamentales… Me parecen más idóneos para empezar, libros menos sofisticados y más desordenados, que se pueden hojear como una guía de bricolage…
Al libro hay que añadir, bajo una forma u otra, una relación interpersonal. Sólo ella podrá estructurar y mantener el tiempo necesario para el aprendizaje… Muchas tentativas autobiográficas de aficionados se quedan en un preámbulo escrito en un día en el que se encontraban animados o en unas notas preparatorias. Sin duda, uno acaba decidiéndose el día en que de repente comprende por qué hay que escribir…
Esta relación puede adoptar diferentes formas: en cualquier caso supone el consentimiento y excluye la autoridad. Supone sobretodo un sentimiento de seguridad: hay que tener confianza en el formador, hay que tener la seguridad de que uno no va a ser agredido por los otros miembros del grupo…
Deseamos escribir para llenar un vacío, recuperar una relación perdida…

2. El modelo… El diario tiene que obedecer a unas reglas de presentación que harán fácil una nueva lectura por parte del interesado, pero no ha por qué seducir e informar a un lector, no tiene que seguir ninguna regla de composición. Incluso a veces, hay que conservar el carácter intimista, ante la tentación del over-writing, que impide la sinceridad.
Al iniciar su trabajo, el aprendiz de autobiógrafo tiene un cierto sentimiento de competencia: el relato que va a escribir ya existe, al menos, virtualmente en su mente… pero el narrador se queda siempre sorprendido, y a menudo bastante decepcionado, cuando lee la transcripción de lo que ha dicho… La comunicación escrita obedece a otras leyes… los manuales enseñan estas leyes que utilizan los escritores profesionales cuando tienen que redactar… Saber conectar con el lector. Contar una anécdota de forma interesante, y darle un significado… Sobretodo, ser siempre específico, preciso y concreto. Dar al conjunto del relato una progresión y un ritmo… André Conquet da ocho consejos: 1) el lector prefiere las frases cortas; 2) llamen a cada cosa por su nombre; 3) intenten conservar las expresiones familiares; 4) eliminen las palabras inútiles; 5) verbos en activa, por favor; 6) escriban como hablan; 7) utilicen imágenes; 8) la uniformidad aburre… La riqueza del género autobiográfico se debe a que, siguiendo el ejemplo del género novelesco, puede echar mano de todo: poesía, reflexión teórica y de la propia novela.

3. Las pistas. Resulta duro aprender a “redactar” aunque sea indispensable. Es la parte pensum del asunto. Aparece siempre en último lugar: ningún manual sugiere que la escritura puede ser un medio de invención, siempre es tratada como medio de exposición de un material ya encontrado por otras vías… La memoria es un laberinto, el lenguaje también: y creo que la autobiografía es una variedad del juego de pistas, para la cual se pueden dar reglas, inventar itinerarios… ciertamente, creando formas nuevas, nos arriesgamos a romper la comunicación. Pero a la inversa, facilitando la comunicación a través del uso de técnicas convencionales, nos arriesgamos a perder lo que quizás tuviéramos de nuevo que aportar.
…Empezar a escribir una autobiografía es invertir la relación que normalmente se mantiene con la propia vida. Es convertirse imaginariamente, en el dueño y señor. Mi vida es una isla que voy a dominar con la mirada, cuyo mapa voy a realizar.
… Lo más interesante son las pautas para empezar, todo aquello que nos hace salir de la evidencia opaca del presente… Sólo tendrá la posibilidad de producir algo si se apoya en una relación con otro o en una reflexión teórica que permita volver a situar las causas y los efectos. En cualquier caso, lo que hay que hacer es empezar… La pregunta que me parece mejor, que propone Paul Le Bohec, es la siguiente: ¿me podría hablar de su nombre y de su apellido? ¿A qué le recuerdan? Según mi experiencia, es una pregunta fundamental e inagotable. Querido lector, le cedo la palabra. ¿Cómo se llama?

lunes, 28 de febrero de 2011

Joyce Carol Oates


Tras la repentina muerte de su marido en 2008, Joyce Carol Oates (Nueva York, 1938) escribió Memorias de una viuda (Alfaguara), que saldrá en España en abril. Unas memorias deslumbrantes que capturan aquellos momentos de dolor e incertidumbre y la manera cómo debió buscar el equilibrio. El resultado es una narración con evocaciones y agudas reflexiones sobre el amor y la moral. A continuación transcribo un fragmento.
  
  MEMORIAS DE UNA VIUDA 
Joyce Carol Oates

1. El mensaje

15 de febrero de 2008. Cuando regreso a nuestro coche que había aparcado de cualquier forma en una estrecha bocacalle cercana al Princeton Medical Center, veo, sujeto con el limpiaparabrisas, lo que parece ser un trozo de cartulina. Se me encoge bruscamente el corazón y me siento llena de consternación y una aprensión culpable: ¿una multa?, ¿una multa de estacionamiento?, ¿en estos momentos? Hace unas horas aparqué ahí, apresurada, agobiada, con una ristra de advertencias pasándome por la cabeza como si fueran gritos de cigarras —si me hubieran visto, habría pensado con compasión: esa mujer tiene una prisa desesperada, como si fuera a servirle de algo—, de camino a ver a mi marido en la Unidad de Telemetría del centro médico en el que había ingresado unos días antes con neumonía; ahora necesito volver a casa unas horas y prepararme para regresar al centro médico a primera hora de la noche, angustiada, con la boca seca y dolor de cabeza pero en un estado de nervios que podría llamarse «esperanzado», porque desde su ingreso en el centro médico, Ray no ha dejado de mejorar, tiene mejor aspecto y se encuentra mejor, y su nivel de oxígeno, medido en unas cifras que fluctúan literalmente con cada inspiración —90, 87, 91, 85, 89, 92—, mejora sin cesar; están haciendo los preparativos para trasladarlo a una clínica de rehabilitación cercana (la esperanza es nuestro consuelo ante la mortalidad), y ahora, a media tarde de otra de estas interminables y agotadoras jornadas de hospital, ¿de verdad que nos han puesto una multa de coche? ¿En mi distracción he aparcado en zona prohibida? El límite de tiempo para aparcar en esta calle es de dos horas, he estado más de dos en el hospital, y veo, avergonzada, que nuestro Honda Accord de 2007 —de un blanco inquietante en el atardecer de febrero, como una extraña criatura fosforescente en las profundidades marinas— está estacionado de forma inexperta y, sobre todo, nada elegante, torcido respecto a la acera, con la rueda posterior izquierda varios centímetros fuera de la línea blanca de la calzada y el parachoques delantero casi tocando el todoterreno de la plaza siguiente. Pero ahora, si esto es una multa, lo primero que pienso es: «No se lo diré a Ray, la pagaré en secreto».

Salvo que la hoja de papel no es una multa del Departamento de Policía de Princeton, sino un trozo de papel corriente, que, cuando mi mano temblorosa lo abre y alisa, resulta ser un mensaje de un particular en letras de imprenta enormes, agresivas, que leo varias veces con ojos asombrados como si estuviera a punto de precipitarme en un abismo:

APRENDE A APARCAR, ZORRA ESTÚPIDA

Así, como en esa parábola de Franz Kafka en la que la verdad más profunda y devastadora de la vida de un individuo se la revela un transeúnte en la calle, como por casualidad, sin importancia, la Futura Viuda, como si fuera ya Viuda, se ve obligada a comprender que su situación, por desgraciada, desesperada o angustiosa que sea, no le da derecho a pisotear los límites de los demás, sobre todo de desconocidos que no saben nada de ella; «la rueda posterior izquierda varios centímetros fuera de la línea blanca de la calzada».

2. El accidente

Sufrimos un accidente de coche. Mi marido murió pero yo sobreviví.

Esto no es (exactamente) cierto. Pero en todos los demás sentidos, lo es.

4 de enero de 2007. Más o menos trece meses antes de que mi marido se viera aquejado por un brote de neumonía y su esposa le llevara, angustiada, a las urgencias del Princeton Medical Center en la bendita ignorancia del hecho —el hecho terrible e irrefutable— de que nunca iba a hacer el viaje que le trajera de vuelta a casa, sufrimos un grave accidente de coche, el primero de nuestra vida de casados.

En retrospectiva parece irónico que este accidente en el que Ray muy bien podría haber muerto pero no murió ocurriese a menos de dos kilómetros del Princeton Medical Center, en el cruce entre Elm Road y Rosedale Road; era una intersección por la que pasábamos siempre de camino a Princeton y de vuelta a casa; es un cruce por el que tengo que pasar como en una pesadilla que se repite, en la que me reprochan mi pena: «¡Podías haber muerto aquí! No tienes derecho a llorar, te han regalado tu vida».

Eran aproximadamente las diez de la noche de un día entre semana. Mientras entrábamos en la intersección, en la que el semáforo rojo acababa de pasar a verde, nuestro coche recibió el impacto de un vehículo que se dirigía a toda prisa hacia el norte por Elm Road y que pulverizó la parte delantera del nuestro, que patinó, dio vueltas y volcó de manera espectacular, como en una espeluznante película de acción: sólo faltó una explosión ensordecedora.

Aquel vehículo que pareció salir de la nada debía de circular a una velocidad muy superior al tranquilo límite de Princeton, 40 kilómetros por hora. De pronto surgió por el lado del conductor, el resplandor infernal de unos faros, el chirrido de unos frenos y un tremendo impacto; la parte delantera del coche quedó destrozada, los cristales se hicieron añicos y los airbags se inflaron.

En el otro vehículo iba un joven al volante con otro amigo al lado, y en el nuestro, mi marido, que conducía, y yo, en el asiento del copiloto, completamente aturdida por la colisión. En la extraña cámara lenta a la que se viven esos traumas físicos repentinos, pensé: «¿Estoy viva? ¿Puedo moverme?».

Los dos coches quedaron en estado de siniestro total, reducidos a pura chatarra en unos segundos. Del chasis volcado del otro vehículo, a unos diez metros de distancia, salieron el conductor y su amigo, ilesos.

Nuestro coche se detuvo en medio de la intersección, emitiendo un vapor apestoso. Inmediatamente después del choque estábamos demasiado confusos para valorar lo afortunados que habíamos sido; en los días, semanas y meses posteriores intentaríamos comprender esa realidad tan incomprensible: que el otro vehículo no había golpeado más que la parte delantera de nuestro coche, el motor, el capó, las ruedas delanteras; unos centímetros más atrás, y Ray habría muerto o habría quedado gravemente herido, aplastado entre los restos del coche. No podíamos alcanzar a darnos cuenta de lo cerca que habíamos estado de un accidente espantoso; si, por ejemplo, el otro vehículo hubiera entrado en el cruce medio segundo después...

Dentro del amasijo de nuestro coche había un olor arenoso y a quemado. Nuestros airbags se habían disparado con el debido rigor. A quien no haya estado nunca en un vehículo cuando saltan los airbags le costará imaginarse lo violentos, potentes, beligerantes que son.

Uno podría esperar vagamente que sean mullidos, incluso como globos; pues no.

Uno podría esperar una cosa que no le hiera mientras le protege de lesiones más graves, pues no. En el instante de la explosión del airbag, Roy recibió en el rostro, los hombros y el pecho una paliza como si hubiera sido el sparring de un boxeador peso pesado; las manos que agarraban el volante quedaron salpicadas de ácido y con unas quemaduras del tamaño de una moneda que le iban a picar durante semanas. Yo, a su lado, estaba demasiado nerviosa para darme cuenta de con qué fuerza me había golpeado el airbag, pensé que era el salpicadero que se me había venido encima y me había aplastado en el asiento, casi sin dejarme respirar. (Durante dos meses me dolieron tanto el pecho, las costillas y los brazos que no podía casi moverme sin hacer una mueca de dolor y no me atrevía a reírme a carcajadas.) Pero en nuestro coche destrozado, en la euforia de la adrenalina cortical, no fuimos muy conscientes de que estábamos así de heridos y golpeados; conseguimos abrir con esfuerzo las puertas y salir a la calle. Nos inundó una ola de alivio. ¡Estamos vivos! ¡Estamos ilesos!

Llegaron a la escena del accidente unos policías de Princeton. Llegó una ambulancia con personal de emergencia. Yo recordé que una de mis alumnas de Princeton, una chica, era voluntaria en las urgencias médicas de Princeton, y esperé que no estuviera entre los allí presentes. Confiaba en que este episodio no se difundiera a toda prisa entre mis estudiantes. A que no sabes quién sufrió un accidente de coche anoche: ¡la profesora Oates!

Recomendaron en tono firme que «Raymond Smith» y «Joyce Smith» fueran en ambulancia a Urgencias para ser examinados —sobre todo, era importante que nos hicieran radiografías—, pero lo rechazamos y dijimos que estábamos bien, estábamos seguros de que estábamos bien. Aún en la falsa euforia de después del choque, en la que no había dolor ni prácticamente conciencia del concepto de dolor, insistimos en que estábamos muy bien y queríamos irnos a casa.

De pie en medio del frío, tiritando y temblando, y con nuestro coche pulverizado como si un gigante juguetón lo hubiera retorcido con las manos y lo hubiera dejado caer, lo que más queríamos era ir a casa.

Nos preguntaron si «rechazábamos» el tratamiento médico y protestamos diciendo que no estábamos rechazando el tratamiento, simplemente pensábamos que no nos hacía falta.

«Rechazado», pues, escribió el agente en su informe.

Dos policías nos llevaron a casa en su vehículo. Se mostraron amables y educados. Llegamos a nuestra casa a oscuras casi a medianoche. Teníamos la impresión de haber estado fuera mucho más tiempo que unas cuantas horas, y de que habíamos hecho un largo viaje. Sentíamos los nervios de punta, como cables eléctricos rotos en la calle. Yo había empezado a sufrir unos escalofríos convulsivos. Tenía los ojos secos pero me sentía tan exhausta y agotada como si hubiera estado llorando. Veía que Ray estaba bien —como insistía él—, que estábamos los dos bien. Habíamos rozado la catástrofe, pero no se había producido. Y esa realidad me resultaba difícil de comprender, como intentar encajar una idea grande y pesada en una pequeña zona del cerebro.

Empecé a sentir las primeras punzadas de dolor en el pecho. Al levantar el brazo. Cuando me reía o tosía.

Ray descubrió unas manchas rojizas en sus manos.

—¿Me he quemado? ¿Cómo demonios me he quemado?

Se echó agua fría. Tomó aspirina para el dolor.

Yo tomé aspirina para el dolor. No me apetecía nada acostarme con una deprimente noche de insomnio por delante, pero a las dos de la mañana estábamos ya en la cama y durmiendo, más o menos. Los faros cegadores, el chirrido de los frenos, ese momento de impacto increíble... El ácido olor a química, los airbags golpeándonos como unos extraterrestres enloquecidos en un film de horror y ciencia ficción...

—Voy a comprar un coche nuevo. Mañana.

Ray habló con calma en la oscuridad. Había en sus palabras un consuelo que indicaba rutina, costumbre.

El consuelo de que Ray iba a supervisar las repercusiones del accidente.

Raymond, el «sabio protector».

Era ocho años mayor que yo, durante la mayor parte del año. Nació el 12 de marzo de 1930. Yo nací el 16 de junio de 1938.

¡Cuánto tiempo ha pasado desde esos nacimientos! ¡Y cuánto tiempo llevábamos casados, desde el 23 de enero de 1961! En el momento del accidente, faltaban unas semanas para celebrar nuestro 47.º aniversario de boda. A nadie que lea esto, si es más joven de lo que éramos nosotros, se le ocurriría pensar que para nosotros estas fechas eran irreales, o surrealistas; siempre habíamos sentido, durante nuestro largo matrimonio, como si nos hubiéramos conocido unos años antes, como si fuéramos «nuevos», todavía «estuviéramos conociéndonos»; nos mostrábamos «tímidos» a menudo uno con otro; había muchas cosas que no queríamos decirnos ni «compartir» con el otro, como les pasa a las personas que todavía están empezando a conocerse más a fondo y no quieren arriesgarse a ofender ni sorprender al otro.

Mi marido no leyó nunca casi ninguna de mis novelas ni mis relatos cortos. Sí leía mis ensayos y mis reseñas para publicaciones como The New York Review of Books y The New Yorker; Ray era un editor excelente, sagaz y culto, como han dicho innumerables escritores que colaboraron con The Ontario Review, pero no leyó casi nada de mi ficción, y, en ese sentido, podría afirmarse que Ray no me conocía por completo o, en un aspecto importante, ni siquiera en parte.

¿A qué se debió eso? Hay muchas razones.

Lo lamento, creo. Quizá lo lamento.

Porque escribir es un trabajo solitario, y uno de sus peligros es la soledad.

Pero una ventaja de la soledad es la intimidad, la autonomía, la libertad.

Y cuando pensé, la noche del accidente y los días y noches posteriores, mientras unos dolores fantasmas me asaeteaban el pecho y las costillas y perdía la esperanza de que los feos cardenales amarillos y azulados fueran a desaparecer alguna vez, que, si Ray se moría, me quedaría totalmente abandonada, que era mucho mejor morir con él que sobrevivirle sola, en esos instantes no estaba siendo escritora por encima de todo, ni siquiera escritora, sino esposa.

Una esposa a la que aterraba la idea de convertirse en viuda.

Por la mañana, nuestras vidas volvieron, aunque sutilmente alteradas, extrañas, como las vidas de otros que no tenían más que una semejanza superficial con las nuestras pero no eran las nuestras. Habría sido el momento de decir: «Mira, ¡nos podíamos haber matado anoche! Te quiero, qué agradecida me siento por estar casada contigo...». Pero las palabras no acabaron de salir.

Cuántas cosas que decir en un matrimonio, cuántas que no se dicen. Una razona que habrá otros instantes, otras ocasiones. ¡Años!

Esa mañana, Ray llamó al concesionario de Honda en el que había comprado el coche para pedir que vinieran a recogerle y le llevaran a la tienda de State Road con el fin de comprar otro, un Honda Accord LX, 2007 (con techo corredizo) que aparcó delante de casa a media tarde, reluciente como su predecesor.

—¿Te gusta nuestro coche nuevo?

—Siempre me encanta nuestro coche nuevo.

De modo que pensaría después: «Podía haber muerto entonces. Los dos. El 4 de enero de 2007. Podía haber ocurrido muy fácilmente. Un año y seis semanas —el tiempo que nos quedaba— que fueron un regalo. ¡Da gracias!».

lunes, 14 de febrero de 2011

Hermann Hesse: Biografía resumida

Conocido por su celebración del misticismo oriental y la búsqueda del propio yo, el Premio Nobel de Literatura de 1946 escribe un hermoso texto a manera de biografía resumida.
Nací hacia finales de la Edad Moderna, poco antes del incipiente retorno del Medioevo, bajo el signo de Sagitario y amablemente influido por Júpiter. Mi nacimiento se produjo a primera hora de la tarde un cálido día de julio, y la temperatura de aquella hora es la que, inconscientemente, he amado y buscado durante toda mi vida, y la he añorado dolorosamente cuando me faltó. Nunca pude vivir en países fríos, y todos los viajes voluntarios de mi vida se dirigieron al sur. Fui hijo de padres religiosos, a quienes amé con ternura y a los que habría amado más tiernamente si no se me hubiera enseñado el cuarto mandamiento a edad temprana. Pero, lamentablemente, los mandamientos siempre han ejercido en mí un efecto fatal, por muy justos y bien intencionados que fueran – yo, que por naturaleza soy un cordero y tan dócil como una burbuja de jabón, siempre he sido reacio a los mandamientos de todo tipo, sobre todo durante mi juventud. Bastaba con que oyese el “debes hacer” para que en mí todo se revolviese y me volviera porfiado. Es fácil imaginar que esta peculiaridad tuvo una gran influencia negativa en mis años escolares. Cierto que nuestros maestros, en aquella divertida asignatura que llamaban Historia Universal, nos enseñaban que el mundo siempre había sido gobernado, dirigido y cambiado por ese tipo de personas que imponían su propia ley y que rompían con las leyes tradicionales, y nos decían que esas personas eran honorables. Pero eso era tan mentira como todo el resto de la enseñanza, pues cuando uno de nosotros, con buena o con mala intención, mostraba alguna vez valentía y protestaba contra cualquier mandamiento, o siquiera contra una costumbre estúpida o una moda, ni era honrado ni se nos recomendaba como modelo, sino que era castigado, escarnecido y oprimido por la cobarde prepotencia de los maestros. Por suerte, lo importante y más valioso para la vida ya lo había aprendido antes de empezar los años de escuela: mis sentidos eran despiertos, finos y aguzados, me podía fiar de ellos y obtener mucho disfrute, y cuando más tarde caí irremisiblemente ante la seducción de la metafísica, e incluso llegué a lacerar y despreciar mis sentidos, la atmósfera de una sensibilidad delicadamente desarrollada, concretamente por lo que se refiere a la vista y al oído, siempre me fue fiel, y en el mundo de mi pensamiento, incluso donde parece ser abstracta, interviene de forma viva. Por lo tanto disponía yo de unas ciertas defensas para la vida que, como ya he dicho, adquirí mucho antes de que empezasen los años de colegio. Conocía bien nuestra ciudad paterna, las granjas de gallinas y los bosques, las huertas y los talleres de los artesanos, conocía los árboles, los pájaros y las mariposas, sabía cantar canciones y silbarlas entre dientes, y muchas otras cosas que tienen valor para la vida. A esto se añadieron entonces las ciencias escolares, que me resultaban fáciles y me divertían, encontrando un auténtico placer en el latín, y empecé casi igual de pronto a hacer versos tanto en latín como en alemán. El arte de la mentira y de la diplomacia se lo debo al segundo año de colegio, donde un preceptor y un colaborador me dotaron de estas facultades después de que previamente, con mi candor y confianza infantiles, hiciera caer sobre mí una desgracia detrás de otra. Estos dos educadores me ilustraron con éxito sobre el hecho de que la honestidad y el amor a la verdad eran cualidades que ellos no buscaban en los alumnos. Me acusaron de una fechoría, por cierto bastante intrascendente, que se había cometido en clase y de la que yo era completamente inocente, pero como no pudieron obligarme a confesar su autoría, convirtieron esa pequeñez en un proceso de Estado y ambos, con torturas y palos, fueron incapaces de sacarme la confesión que deseaban, pero sí extrajeron de mí toda fe en la honestidad de la casta de maestros. Gracias a Dios, con el tiempo, también llegué a conocer maestros rectos y dignos de respeto, pero el daño ya estaba hecho y quedó falseada y amargada no sólo mi relación con los maestros de escuela, sino también con todo tipo de autoridad. En general, durante los siete u ocho primeros años de colegio fui un buen alumno, al menos siempre estaba sentado entre los primeros de mi clase. Pero al comenzar aquellas luchas de las que no escapa nadie que quiera ser una personalidad, entré cada vez más en conflicto con la escuela. Esas luchas sólo las comprendí dos décadas después, pero entonces estaban allí y me rodeaban, en contra de mi voluntad, como una terrible desgracia. La cuestión era la siguiente: desde que cumplí los trece años estaba claro para mí que quería ser poeta o nada. Pero con la claridad de esta idea llegó paulatinamente otra certeza, penosa. Uno podía llegar a ser maestro, cura, médico, artesano, comerciante o empleado de correos, también músico, incluso pintor o arquitecto, y para todas las profesiones del mundo había un camino, había condiciones previas, había una escuela, una enseñanza para el principiante. ¡Pero no existía para el poeta! Estaba permitido serlo e incluso se consideraba un honor ser poeta: es decir, tener éxito y fama como poeta, pero lamentablemente esto solía suceder cuando uno ya estaba muerto. Sin embargo, convertirse en poeta era imposible, querer serlo era una ridiculez y una vergüenza, como pude averiguar muy pronto. Rápidamente había aprendido lo que se podía aprender de la situación: poeta sólo se podía ser, pero no estaba permitido llegar a serlo. Además, interesarse por la poesía y por un talento poético propio le hacía a uno sospechoso ante los maestros, y por ello desconfiaban de uno o le despreciaban, con frecuencia incluso le ofendían a uno mortalmente. Con los poetas pasaba exactamente lo mismo que con los héroes y con todas las figuras y los afanes intensos o hermosos, orgullosos y no cotidianos: en el pasado fueron maravillosos, todos los libros de texto estaban llenos de alabanzas hacia ellos, pero en el presente y en la realidad se los odiaba y, probablemente, los maestros habían sido contratados y formados para impedir en lo posible el surgimiento de personas famosas y libres y la realización de gestas grandes y magníficas. Por lo tanto, entre mi persona y mi lejana meta no veía más que abismos, todo se me volvía incierto, devaluado, y sólo una cosa permanecía: la voluntad de querer ser poeta, fuese fácil o difícil, ridículo u honorable. Los éxitos externos de esta decisión – más bien de esta fatalidad – fueron los siguientes: Cuando yo tenía trece años y acaba de comenzar ese conflicto, mi comportamiento dejó mucho que desear tanto en la casa paterna como en la escuela, hasta el punto de que se me exilió a la escuela de latín de otra ciudad. Un año después me convertí en pupilo de un seminario teológico, aprendí a escribir el alfabeto hebreo y estaba a punto de comprender lo que es una dagesh forte implicitum cuando, de pronto, me inundaron tormentas interiores que desembocaron en mi huida de la escuela monacal, en un castigo con arresto grave y en mi expulsión del seminario. Durante un tiempo me esforcé en una escuela media por avanzar en mis estudios, pero allí el final también fue la sanción y la expulsión. Después fui aprendiz de comerciante durante tres días, volví a marcharme y durante algunos días y noches desaparecí para gran preocupación de mis padres. Durante medio año fui ayudante de mi padre, durante año y medio estuve de aprendiz en un taller mecánico que además fabricaba relojes de torre. En resumen, durante más de cuatro años todo lo que se quería hacer conmigo fue irremisiblemente mal, ninguna escuela quería quedarse conmigo, como aprendiz no duraba mucho en ningún sitio. Todo intento de hacer de mí una persona útil terminaba en fracaso, muchas veces con escarnio y escándalo, con la huida o con la expulsión, y sin embargo en todas partes me reconocían buenas dotes e incluso una cierta dosis de buena voluntad. Siempre era pasablemente aplicado, pues la elevada virtud de la holgazanería siempre la he admirado con veneración, pero nunca llegué a ser un maestro de ella. De forma consciente y enérgica comencé mi propia formación a los quince años, cuando había fracasado en la escuela, y tuve la suerte y el placer de que en casa de mi padre estaba la impresionante biblioteca del abuelo, una sala entera llena de viejos libros que, entre otras cosas, contenía toda la poesía y la filosofía alemanas del siglo XVIII. Entre los 16 y los 20 años no sólo llené una gran cantidad de papel con mis primeros intentos poéticos, sino que en aquellos años también leí la mitad de la literatura universal y me ocupé de la historia el arte, los idiomas y la filosofía con un ahínco que habría bastado de sobra para un estudio normal. Después me hice librero para poder finalmente ganarme yo mismo el pan. Al fin y al cabo, con los libros tenía más y mejores relaciones que con el tornillo de banco y las ruedas dentadas de fundición de acero con las que había sufrido como mecánico. Durante los primeros tiempos, nadar entre lo nuevo y lo más reciente de la literatura, ser incluso anegado por ello, fue un placer casi embriagador. Pero al cabo de un tiempo me di cuenta de que, en lo intelectual, una vida en el mero presente, en lo nuevo y en lo más reciente era insoportable y carecía de sentido, que la relación existente con lo que había sucedido, con la historia, con lo antiguo y con lo ancestral era lo único que permitía una vida intelectual. Por eso, una vez agotado el primer placer, fue una necesidad volver a lo antiguo después de la inundación de novedades, y lo hice pasándome de la librería a la tienda de antigüedades. Pero sólo permanecí fiel a la profesión mientras la necesité para ganarme la vida. A la edad de veintiséis años, con motivo de un primer éxito literario, también abandoné esta profesión. Por lo tanto ahora, después de tantas tormentas y sacrificios, había alcanzado mi meta: por imposible que hubiera parecido, ahora me había convertido en un poeta y, al parecer, había ganado la larga y dura batalla contra el mundo. La amargura de los años de colegio y de formación, donde tantas veces estuve al borde del hundimiento, quedó entonces olvidada y ridiculizada, e incluso los familiares y los amigos, que hasta entonces estaban desesperados conmigo, me sonreían ahora con amabilidad. Yo había vencido, y aunque hiciese lo más tonto y lo más baladí, todos lo consideraban encantador, igual que yo mismo también estaba encantado conmigo. Ahora me daba cuenta de la escalofriante soledad, el ascetismo y el peligro en los que había vivido año tras año; el tibio aire del reconocimiento me sentaba bien y empecé a convertirme en un hombre satisfecho. Durante un largo tiempo mi vida exterior transcurrió de forma tranquila y agradable. Tenía mujer, niños, casa y jardín. Escribía mis libros, estaba considerado un poeta amable y vivía en paz con el mundo. En el año 1905 ayudé a crear una revista dirigida sobre todo contra el régimen personal de Guillermo II, pero, en el fondo, sin tomar en serio estos objetivos políticos. Hice hermosos viajes a Suiza, a Alemania, a Austria, a Italia y a India. Parecía que todo estaba en su sitio. Entonces llegó aquel verano de 1914 y, de pronto, todo cambió en el interior y en el exterior. Se demostró que el bienestar del que gozábamos hasta entonces se había construido sobre un terreno inseguro, y entonces empezó a ir todo mal, empezó la gran educación. Había comenzado la llamada gran época y no puedo decir que me sorprendiera mejor equipado, más digno y mejor que cualquier otra. Lo que entonces me diferenciaba de los demás era tan sólo que yo echaba de menos aquel gran consuelo que muchos otros tenían: el entusiasmo. Por eso volví de nuevo a mí mismo y al conflicto con el entorno, volví otra vez a la escuela, otra vez tuve que esforzarme por olvidar la insatisfacción conmigo mismo y con el mundo y sólo con esta vivencia pude superar el umbral de la iniciación a la vida. Nunca olvidé una pequeña vivencia de los primeros años de la guerra. Estaba de visita en un gran hospital de campaña y buscaba una posibilidad razonable de adaptarme, como voluntario, de algún modo al mundo cambiado, cosa que entonces aún me parecía posible. En aquel hospital lleno de heridos conocí a una anciana señorita que antes vivía de sus buenas rentas y ahora servía de ayudante en ese hospital de campaña. Con un conmovedor entusiasmo me contó lo contenta y orgullosa que estaba de poder vivir esa gran época. Me pareció comprensible, pues esa señora había necesitado la guerra para convertir su pesada vida de solterona, puramente egoísta, en una vida activa y valiosa. Pero cuando me comunicó su felicidad en un pasillo lleno de soldados heridos y asaeteados por las balas, entre salas llenas de amputados y moribundos, el corazón me dio un vuelco. Por mucho que comprendiera el entusiasmo de esta señora, yo no lo podía compartir, no podía aprobarlo. Si por cada diez heridos llegaba una asistente entusiasmada como ésta, la felicidad de estas señoras se pagaba un poco demasiado caro. No, yo no podía compartir la alegría por la gran época, y por eso sufrí lamentablemente bajo la guerra desde el principio, y durante años me revolví contra una desgracia que al parecer se había abatido desde fuera y porque sí, mientras que a mi alrededor todo el mundo hacía como si estuviese entusiasmado precisamente por esta desgracia. Y cuando leía los artículos de periódico de los poetas, donde descubrían la bendición de la guerra, y las exhortaciones de los profesores y toda las poesías de guerra de los despachos de poetas famosos, yo me sentía todavía peor. Un buen día, en el año 1915, se me escapó públicamente el reconocimiento de esta miseria y una palabra de lamento por el hecho de que las llamadas personas intelectuales no sabían hacer otra cosa más que predicar el odio, difundir mentiras y ensalzar la gran desgracia. La consecuencia de esta queja, expresada con bastante timidez, fue que en la prensa de mi patria fui declarado traidor, lo cual fue para mí una vivencia nueva, pues pese a los muchos contactos con la prensa no había conocido nunca la situación de ser escarnecido por la mayoría.

lunes, 31 de enero de 2011

Autobiografía de Gabriela Mistral


La Premio Nobel de Literatura 1945 escribe un texto que recorre fragmentos de su vida, un buen ejemplo para calentar motores en nuestra propia aventura autobiográfica.
Es absolutamente falso que mi padre fuese blanco puro. Mi abuela, su madre tenía un tipo europeo puro; su marido, mi abuelo, era menos que mestizo de tipo, era bastante indígena. La afirmación no es antojadiza. En dos retratos borrosos que tengo de él, la fisonomía es cabalmente mongólica, los Godoyes del Valle del Huasco tienen, sin saberlo, tipo igual. Digo sin saberlo porque el mestizo de Chile no sabe nunca que lo es. Quienes han visto las fotos de mi padre y que saben alguna cosa de tipos raciales no descartan ni por un momento que mi padre era un hombre de sangre mezclada.

Fue por un tiempo también director del colegio católico de Santiago San Carlos Borromeo. Dibujaba muy bien y hacía versos de una índole medio clásica, medio romántica según el gusto de la época.

El original de esos versos los conserva mi hermana.

Todas las gentes del Valle me dieron el amor de él, porque todos lo quisieron por el encanto particular que había en su conversación y por la camaradería que daba, a quien se le acercase lo mismo a los más ricos que a los pobrecitos del Valle. En mi abuela, Isabel Villanueva, a quien los curas llamaban «la teóloga» había esta misma atracción que le daba un lenguaje gracioso, criollo y tierno.

No hay tal. Me mandaron a la casa de una tía de mi madre, doña Ángela Rojas a quien mi hermana pagaba por mí una pequeña pensión. Esto duró menos de un año, porque fui expulsada de la escuela primaria superior de Vicuña a la cual había regresado.

El dato es erróneo. Dirigía esa escuela primaria superior doña Adelaida Olivares maestra ciega de casi toda su vida y madrina mía de confirmación. Era persona sobradamente religiosa y cuando en el comienzo hubo entre ella y yo la relación afectuosa que es natural entre madrina y ahijada. Pero cuando mi familia me cambió de apoderado poniéndome a vivir en la casa de una familia Palacios de religión protestante, la directora se sintió muy molesta y me retiró todo su cariño. Vino entonces un incidente tragicómico. Yo repartía el papel de la escuela a las alumnas, el gobierno daba en aquel tiempo los útiles escolares. Era yo más que tímida; no tenía carácter alguno y las alumnas me cogían cuanto papel se les antojaba con lo cual la provisión se acabó a los ocho meses o antes. Cuando la directora preguntó a la clase la razón de la falta de papel mis compañeras declararon que yo era la culpable pues ellas no habían recibido sino la justa ración. La directora, aconsejada por una hermana nuestra ahí mismo, salió sin más hacia mi casa y encontró el cuerpo del delito, es decir, halló en mi cuarto una cantidad copiosísima no sólo de papel, sino de todos los útiles escolares fiscales. Habría bastado pensar que mi hermana era tan maestra de escuela como ella y que yo tomaba de ella cuanto necesitaba. Pero había algo más: el visitador de escuelas del Valle de Elqui me tenía un cariño como de abuelo (don Mariano Araya) y cada domingo iba yo a saludar a su familia y él me abría su almacén de útiles y me daba además de papel en resmas, pizarras, etc.

Yo no supe defenderme; la gritería de las muchachas y la acusación para mí espantosa de la maestra madrina me aplanó y me hizo perder el sentido. Cuando doña Adelaida regresó con el trofeo del robo su hermana hizo con el caso una lección de moral que yo oía medio viva medio muerta. El escándalo había durado toda la tarde, despacharon las clases y todas salieron sin que nadie se diese cuenta del bulto de una niña sentada en su banco, que no podía levantarse. Al ir a barrer la sala la sirvienta que vivía en la escuela me encontró con las piernas trabadas me llevó a su cuarto, me frotó el cuerpo y me dio una bebida caliente hasta que yo pude hablar faltaba algo todavía: las compañeras que se iban por mi calle me esperaban, aunque ya era la tarde caída en la plaza de Vicuña, la linda plaza con su toldo de rosas y de multiflor, era todavía primavera allí me recibieron con una lluvia de insultos y de piedras diciéndome que nunca más irían por la calle con (la) ladrona. Esta tragedia ridícula hizo tal daño en mí como yo no sabría decirlo. Mi madre vino a dar explicaciones a la maestra ciega acerca de mi rapiña y la directora que ejercía un ascendiente muy grande sobre las personas porque era mujer inteligente y bastante culta para su época logró convencer a su comadre de que aunque yo fuese inocente habría que retirarme de esa escuela sin llevarme a otra alguna porque yo no tenía dotes intelectuales de ningún género y sólo podría aplicarme a los quehaceres domésticos.