Mostrando entradas con la etiqueta Salvador Elizondo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Salvador Elizondo. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de abril de 2012

Autobiografía precoz

Para escribir una autobiografía basta un fragmento de vida, momentos que señalen el rumbo de quienes aún seremos. Es el caso de las autobiografías precoses de artista e intelectuales. Unos de los iniciadores de esta vertiente es el poeta ruso Evgueni Evtushenko. Guadalupe Loaeza escribe sobre este libro y sobre el ambiente de la época (1968) en que el autor ruso visitó México. El artículo mismo puede tomarse como un fragmento autobiográfico.


Uno de los libros más leídos hace poco más de 40 años era la Autobiografía precoz, de Evgueni Evtu-shenko (Rusia, 1933). Me acuerdo que el libro de Editorial ERA me acompañó por muchos días; tomaba mi libro y lo iba a leer a la Zona Rosa. Era 1968, por los días en que comenzaba el movimiento estudiantil, aunque he de confesar que yo estaba más entusiasmada por las Olimpiadas. Recuerdo el día que me avisaron que gracias a que había salido muy bien en mi examen de francés, mehabían seleccionado como edecán para atender a los representantes de la prensa francesa. Cuando me dieron mi uniforme naranja, mi blusa de cuello Mao y mis zapatos Canadá, me sentí feliz.
Por entonces, mi compañero más cercano era el libro de este poeta ruso. Ahora se habla muy poco de él, pero hace 44 años era uno de los autores más populares. Cuando vino a México, una multitud que quería escuchar sus poemas llenó el Estadio Azteca; estuvo acompañado de David Alfaro Siqueiros. En el prólogo al libro de poemas Adiós, bandera roja (FCE, 1997), Yuri Nehoroshev dice que Evtushenko recorrió México acompañado de Carlos Monsiváis y que conoció a escritores como Carlos Fuentes, Juan Rulfo y León Felipe. Nehoroshev, que además es el presidente de la Asociación de Evtushenkófilos, dice que en sus viajes por Occidente, este poeta visitó a Picasso, Chagall, Max Ernst, Fellini, Eliot y Steinbeck, entre muchos otros. Por eso, escribió: Me gustaría/ nacer en todos los países. Mas el presidente de sus admiradores dice que el segundo amor de Evtushenko es América Latina.
Su Autobiografía precoz fue una lección para los escritores mexicanos. Leamos sus primeras líneas: La autobiografía de un poeta son sus poemas. El resto es sólo su comentario. El poeta tiene el deber de presentarse a sus lectores con sus sentimientos, sus pensamientos y sus actos en la palma de la mano. Luego de este libro, varios escritores mexicanos como Carlos Monsiváis, Salvador Elizondo y Juan García Ponce también escribieron sus autobiografías precoces. Gracias a su libro sabemos que le tocó ver a muchísimos jóvenes rusos que se alistaron para pelear contra Alemania en la Guerra Mundial, y que todos ellos presentían que no regresarían, por lo que decidieron casarse antes de partir: Con todo, esos muchachos tenían su vida, sus amores, sus novias. Y, con todo, había muchas jóvenes que aceptaban convertirse en viudas, tras de haber sido las mujeres de un día para los que amaron. Por eso, Evtushenko decía que la palabra paz nada más tenía significado para las personas que saben qué es la guerra, por eso también decía que él había podido aprender el significado de paz porque conoció la guerra en su infancia.
En 1944, cuando apenas tenía 11 años, llegó a Moscú con su madre. Entonces supo quiénes eran sus enemigos, porque pudo ver a toda la gente que esperaba ver a los 25 mil alemanes prisioneros que estaban a punto de llegar a la ciudad. Allí estaban las viudas, los huérfanos, las madres de los soldados caídos, esperando con rostro de odio hasta que apareció a lo lejos la columna de prisioneros. A la cabeza, marchaban los generales, tensas sus poderosas mandíbulas, escribió. Las comisuras de los labios estaban apretadas, despectivas. Así querían afirmar su superioridad aristocrática sobre la plebe que los había vencido. Los soldados rusos cubrían a los alemanes para que las mujeres no se aventaran contra ellos, pero entonces, llegaron los soldados alemanes, sucios, sin afeitar, pero sobre todo con un rostro de infinito cansancio, sobre muletas y cubiertos de vendas ensangrentadas. Fue entonces que se hizo un silencio inmenso, y una mujer pidió permiso para darle pan a un prisionero que apenas podía sostenerse. Mejor sigamos las palabras del autor de la Autobiografía: Instantáneamente, otras mujeres siguieron su ejemplo y comenzaron a lanzar pan, cigarrillos, a los soldados alemanes vencidos. Ya no eran enemigos. Eran hombres.
Con toda razón, el poeta Andrei Voznesenski dijo: Evgueni Evtushenko inventó el periodismo poético. ¿Pero por qué este escritor ruso fue tan popular en México y en muchos otros países? Me atrevo a pensar que fue tan leído a causa de su sinceridad estrujante, desgarradora, conmovedora. Como los pasajes que dedica a su madre, una bella actriz y cantante, que perdió su salud en la guerra. Cuando la reencontró en el teatro, casi no pudo reconocerla. Fue la victoria que le costó a Rusia la vida de 20 millones de personas y la voz de mi madre, escribió. La madre de Evgueni, por otra parte, no quería que su hijo fuera poeta. Pensaba que era un oficio atormentado, propio de espíritus inestables y que sufrían más que los otros hombres. Su madre le dijo: La poesía nunca te dará una vida tranquila ni dinero. Por suerte para sus lectores, Evtushenko odiaba la tranquilidad y el dinero tanto como amaba la poesía.

El Ángel. Suplemento Cultural de Reforma. 11de marzo de 2012.

lunes, 21 de febrero de 2011

FOTOGRAFÍA Y ESCRITURA

A propósito de la reciente publicación de los escritos autobiográficos de Salvador Elizondo, reunidos en el volumen MAR DE IGUANAS (Atalanta), presento un texto de  Sergio R. Franco, sobre la importancia de la fotografía en el escrito AUTOBIOGRAFÍA PRECOZ de Salvador Elizondo, aparecido en la Revista Iberoamericana en 2007.
FOTOGRAFÍA Y ESCRITURA EN AUTOBIOGRAFÍA PRECOZ DE SALVADOR ELIZONDO

¿Se escribirían tantas memorias y autobiografías en la actualidad si no dispusiéramos de fotografías, es decir, de un archivo visual que anima la capacidad evocadora de los individuos? Como bien saben todos los que hayan leído a Proust, la memoria no requiere de imágenes para su incitación; pero no deja de ser cierto que el vertiginoso archivo visual puesto a nuestra disposición desde la aparición de la fotografía incrementa –y quizá también obtura– nuestra aprehensión fenoménica del mundo y del pasado, rendido a nuestra contemplación subyugada o distraída. Asimismo, sería justo que nos preguntáramos por la vigencia de lo autobiográfico per se en este período dominado por la imagen, el simulacro y la teletecnología. ¿No es exacto ver en el auge de lo visual y de lo audiovisual una posibilidad para articular lo autobiográfico (así como lo biográfico y lo histórico) de una manera distinta? ¿No podríamos considerar la común práctica del álbum de fotos como la contrapartida no “ilustrada”, valga la ironía, al texto autobiográfico que se ajusta mejor al nuevo sensorium que la tecnología ha acarreado?
...
En Autobiografía precoz encontramos dos fotografías, dispuestas una de ellas al inicio del libro y otra al final. La primera es contemporánea a la escritura del texto: el joven Salvador Elizondo aparece retratado en ligero picado, desde arriba de la cintura a la cabeza, en composición de tres cuartos, lo que acentúa el contraste de luces y sombras de la imagen. La segunda foto proporciona el retrato del autor al tiempo de la nueva edición de la obra. Ahora Elizondo aparece fotografiado frontalmente desde arriba de las rodillas hasta la cabeza, la mano derecha enlazando la muñeca de la izquierda. No ha intentado repetir una pose. Sabe que ello solo agudizaría la diferencia y la semejanza; es decir, el contraste. Pero éste no puede ser eludido ante la inevitable transformación del cuerpo del autor real, tan notoria como la modificación de temperamento del personaje que cada uno e los retratos suministra.
La razón que explica la presencia de estas dos imágenes parece clara: son evidencia de verdad, concepto que, como señala Hayden White, pertenece al orden del discurso y no al de los eventos. Puesto que el auge de la fotografía ocurre durante el período en que decae la religión en el imaginario de occidente, suplantada por la democracia y la ciencia (la fotografía colabora con la segunda y auxilia en el proceso de industrialización, en la vigilancia y el control), ella posee un estatuto de verdad pues se la presume suministradora de documentos objetivos. Asimismo, se sabe bien el vínculo entre fotografía y realismo literario, pues ambos comenzaron a incrementarse por la misma época, proveyendo a los individuos de un archivo o repertorio a partir del cual les fue posible autopensarse.
Ambas fotos nos devuelven la imagen, que no el ser, de Salvador Elizondo en tanto que asumamos la fotografía como muestra directa de lo “real” que la química hace posible aparecer y sobre la que también rigen las leyes de la física; es decir, como “huella luminosa”, para emplear el bello símil de Philippe Dubois:
Seguramente cae de su propio peso recordar que, en su nivel más elemental, la imagen fotográfica aparece de entrada, simple y únicamente como una huella luminosa, más precisamente como el rastro, fijado sobre un soporte bidimensional sensibilizado por cristales de halogenuro de plata, de una variación de luz emitida o reflejada por fuentes situadas a distancia en un espacio de tres dimensiones.
Es como si el texto anticipara una duda misma del lector y buscara certificar la realidad del “cuerpo” del autor como “significante trascendente”. Pero, ¿y si las fotografías no fueran las de Elizondo sino las de un individuo que se le asemeja, un doble? De otro lado, la presencia de dos fotografías me lleva a pensar en una operación reflexiva. En efecto, la segunda foto complementa/comenta la primera, así como la “Advertencia del autor” complementa/comenta al texto mismo. ¿Cómo leer esta simetría? ¿Qué designa este gesto? Si la fotografía muestra lo que ya jamás será visto de nuevo, me parece detectar una ironización de una imposible autoexigencia mimética, acompañada de una escritura no librada a sí misma cuya semiosis resulta retenida por una entidad que se presupone como existente fuera del texto pero construida textualmente: la del propio Elizondo, tan autocentrado en sus retratos como parece estarlo en su propia obra.