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miércoles, 4 de abril de 2012

Cómo comenzar una autobiografía


La página web En Plenitud ofrece algunas ideas a tomar en cuenta cuando se ha tomado la decisión de redactar su biografía.

Conociéndose a uno mismo

Este quizás sea uno de los ítems más difíciles de configurar. Muchas personas se definen por el trabajo que hacen, los hijos que han criado, o la posición que han logrado. Pero todo esto es, en realidad, parte de lo que somos, puesto que hay mucho más. Sin dudas existen muchas otras historias detrás de estas definiciones, muchas experiencias que nos han formado, valores que hemos inculcado, y relaciones que hemos gestado.
Estas son las historias que generalmente interesan en las biografías personales, en especial a aquellos profesionales de la escritura entrenados especialmente para ayudar a las personas mayores y sus familias, así como también a los negocios y las organizaciones, a registrar sus historias, únicas y extraordinarias.
En efecto, el campo de las biografías personales es un fenómeno reciente pero creciente, que interesa a gente de todas generaciones. Términos como “historia personal”,”memoria” y “biografía” se encuentran cada vez mas frecuentemente en nuestra vida y cultura.

El sentido de una biografía personal
A medida que nuestro mundo personal cambia cada vez más rápidamente, todos nosotros tenemos la necesidad, -humana y básica-, de saber de donde venimos, para así entender mejor nuestro pasado, aunque el mismo no nos termine de gustar. Por eso, muchos señalan la importancia de que los mayores compartan sus historias personales con los más jóvenes.
La historia no solo se limita a los acontecimientos que forman las naciones, sino que también debería comprender los acontecimientos que han formado a cada uno de nosotros, las lecciones que hemos aprendido, y el legado que queremos dar.

La importancia de registrar la historia de vida personal o de alguien al que se ama
Los biógrafos, o historiadores de vida personal, afirman que registrar las historias de vida personal es una manera poderosa y directa de transmitir los valores familiares, crear conexiones más profundas entre los más adultos y los más jóvenes, y fomentar un sentimiento positivo tanto para oír como para escribir esta y otras historias.
Por eso, muchos coinciden en afirmar que el registrar las historias personales es una manera maravillosa de honorar a nuestros ancianos, ya que el mensaje que se está transmitiendo es que esa persona es importante, su vida tiene significado, y uno quiere escucharla.
Por cierto, existen muchos beneficios en sí mismos para los biógrafos personales, según evidencian algunas investigaciones actuales sobre el envejecimiento. Esto es así por que las reminiscencias son una parte muy saludable en el desarrollo adulto, ya que se comprobó que existen magníficos beneficios terapéuticos en las poblaciones mayoras que se centran en la investigación de su propia u otra vida. Estos beneficios incluyen un mayor amor propio, menores niveles de depresión, y un mayor sentido de significación a la vida.
A medida que crecemos, necesitamos mirar que fue de nuestras vidas, y entender el sentido de las innumerables experiencias, tanto buenas como malas, que nos han formado. Haciendo esto, a menudo se suele encontrar un sentido de paz y determinación para poder continuar con nuestras vidas.
Existe una gran variedad de maneras de registrar la propia historia personal. En primero lugar, debe saber que hay varios formatos de registros para escoger. Por eso, debería considerar si desea que su trabajo final aparezca escrito a mano, en computadora, grabado a voz en discos compactos o casetes, o grabado audiovisualmente en una cinta de vídeo o DVD.
El formato que elija sin dudas condicionará el mismo proceso de trabajo, por lo que debe tenerlo definido desde un comienzo, ya que el trabajo suele comenzar generalmente con una entrevista hacia un miembro familiar o realizada por un entrevistador profesional.
Puede ser que sean necesarias muchas sesiones de trabajo preliminares para diseñar los temas y las historias que se abordarán o serán cubiertas. Algunos historiadores personales afirman que un entrevistador neutral y proveniente del exterior de la familia, permite lograr una narrativa más profunda y comprensiva, antes que un entrevistador de la misma familia. En efecto, este último podría dejar de preguntar cosas que él ya conoce, pero no los demás, o podría diferir con la opinión del entrevistado, tratando de imponer su propia idea en la situación de entrevista.  
De cualquier forma, una vez que la historia se cuenta, se puede preservar en un gran número de maneras. Los archivistas recomiendan que se utilice papel libre de ácidos para imprimir, y cajas plásticas con buen cerramiento para almacenar los papeles, las cintas, los videos, y otros objetos antiguos de la familia.  
A menudo se suele contratar a biógrafos personales profesionales que ofrecen sus servicios de consulta y redacción, así como una variedad de servicios que incluyen videos y entrevistas grabadas de historias de vida, recuerdos familiares, conservación y mantenimiento de árboles genealógicos y documentos, biografías cortas, etc. (consulte en su biblioteca pública local para obtener un listado de los mismos). 
Existen, sin embargo, algunos obstáculos para registrar las historias personales. Tal vez, los mayores tengan que ver con el tiempo y los conocimientos. Si bien muchas personas están muy de acuerdo con que los registros personales y las historias de familia son un ejercicio muy importante, son pocos los que disponen del tiempo necesario como para diseñar y producir un proyecto referente a sí mismo y a sus parientes. En otros casos, algunas personas se sienten a menudo técnicamente incapaces de tratar con las complejidades de la escritura, la investigación, el registro, o la redacción de una historia personal.  
Tal vez algunas personas piensen que su vida no registra nada importante ni emocionante que deba ser contado. Quizá sientan que nadie se interesaría por su vida, menos encantadora o exitosa que la de una estrella de Hollywood. ¡Cuan equivocados están! En primer lugar, si llegan a sentarse tranquilos a redactarla, verán cuan emocionante pudo ser ese primer beso, ese examen crucial aprobado, o muchas de las cosas que sucedieron en su larga y cambiante vida. Además, piense que la historia de sus ancestros, dos siglos atrás, puedo ser menos interesante que en la actualidad, en la cual podemos ver todo un registro de las épocas pasadas… lo mismo les sucederá a sus descendientes, cuando lean su historia en un futuro lejano.
Un viejo refrán señala que "cuando un anciano muere, es como si una biblioteca entera se quemara". El hecho, es que todos tenemos cosas importantes, valores, y experiencias para compartir, las cuales solemos obviar en el trajín diario de nuestras vidas, en las que nos encontramos sin tiempo ni energía para hacerlo.
Pero preservando nuestras historias, podremos darnos a nosotros mismos la posibilidad de haber dejado una huella en nuestro camino, y a nuestros descendientes, la chance de conocer mejor nuestras vidas y nuestros tiempos, esperando que nuestra experiencias los ayude a manejarse en la vida y los nutra con todo nuestro amor.

lunes, 4 de abril de 2011

Escribirse: la autobiografía como curación de uno mismo



Te presento un resumen del primer capítulo del libro titulado Escribirse: la autobiografía como curación de uno mismo (editorial Paidós), del autor italiano Duccio Demetrio. De verdad, inspira para tomar pluma y papel y empezar.





Un día, quizá por casualidad
Autobiógrafos por pasión

Hay un momento en la vida en que uno siente la necesidad de relatarse de un modo distinto al habitual… Es una sensación, un mensaje que nos llega de improviso, sutil y poético pero capaz de asumir forma narrativa… Esta necesidad de contornos imprecisos, que puede permanecer por el resto de la existencia como una presencia incompleta, recurrente e insistente, toma el nombre de pensamiento autobiográfico.
Sólo en este caso, además de convertirse en un proyecto narrativo completo, un diario retrospectivo,  historia vital y vida novelada, da sentido a la vida. Permite a quien se encuentra casi invadido por este pensamiento tan particular, sentir que ha vivido y que todavía está viviendo, que la pasión por el propio pasado, se transforma en pasión por la vida posterior.
El pensamiento autobiográfico, incluso cuando se dirige hacia un pasado personal y doloroso, de errores u ocasiones perdidas, de historias mal acabadas o simplemente no vividas, representa siempre un pacto con lo que uno ha sido. Dicha reconciliación –desde luego una absolución nada fácil- proporciona al autor de su propia vida una paz interior.
Porque observar como espectadores nuestra propia existencia no es simplemente una operación despiadada y severa. La reconciliación, la compasión, la melancolía son sentimientos que, apaciguando nuestra subjetividad, la abren a nuevos horizontes. Cuando el pensamiento autobiográfico conoce y desvela estos instantes afectivos, abandona su origen individualista y se convierte en algo muy distinto… el egocentrismo que parecería caracterizarlo se transforma en un altruismo del alma; deja una huella benéfica…
Por este motivo, el pensamiento autobiográfico en cierto modo nos cura; relatarnos nos hace sentir mejor, se convierte en una forma de liberación y de reunificación.
… Mientras nos representamos y reconstruimos “revelamos los negativos de nuestra vida”. Nos hacemos cargo de nosotros mismos y asumimos la responsabilidad de todo lo que hemos sido y hemos hecho y que, llegados a este punto, no podemos sino aceptar.
Cuando repensamos lo que hemos vivido, creamos otro yo. Lo vemos actuar, equivocarse, amar, sufrir, disfrutar, mentir, enfermar y gozar: nos desdoblamos, nos multiplicamos y nos situamos en dos lugares al mismo tiempo.
…cada uno de nuestros recuerdos es siempre una invención nueva y distinta; una pálida imitación de lo que nos ha sucedido realmente, cuya huella permanece en nosotros, por el hecho de que aquel acontecimiento fue “tan fuerte” que determinó el curso de nuestra vida y la vivencia de algún segundo de belleza, de lucidez mental, o viceversa, de silencio, oscuridad, extrema soledad o intensa locura.
Los “yos” que hemos sido y que continuamos siendo y queriendo ser gracias al recuerdo, entre sentimientos de añoranza y de plenitud, es justo que continúen vagando sin rumbo. Tenemos la necesidad de seguirlos viendo improvisar, errar, traicionar, contradecirse y tropezar de nuevo con sus mentiras y sus salidas de tono leves o exaltadas.
La necesidad del adulterio sicológico contra ese yo dominante que, pretendiendo siempre representar nuestra conciencia, ha acabado por confundirla con la “razonabilidad”, con el sentimiento del deber, con el pedante problema de mostrar una coherencia con el mundo y con uno mismo, es intrínseca a la vida de mujeres y hombres.
El trabajo autobiográfico reduce el yo dominante y lo degrada a un yo necesario, yo tejedor, que reconstruyendo, construye y busca la única cosa que vale la pena buscar y que constituye el sentido de nuestra vida y de la vida en general. Una búsqueda destinada a quedar incompleta porque por lo que parece, nuestra mente no ha sido programada para encontrar una respuesta convincente si no es en la fe.
Pero resulta erróneo y deprimente vivir la autobiografía como una medicina para liberarse del propio pasado, distanciándose de él. La verdadera curación de uno mismo, hacerse cargo realmente y hacer las paces con nuestras propias memorias, probablemente empieza cuando el que entra en escena ya no es el pasado sino el presente, que transcurre día a día añadiendo otras experiencias. La autobiografía no sólo consiste en revivir: es también volver a crecer para uno mismo y para los demás. Por ello la autobiografía es un viaje formativo y no un ajuste de cuentas.
Sólo entonces descubriremos que hemos abierto y estudiado los libros de nuestra biblioteca interior que habíamos ido escribiendo sin darnos cuenta. Y en los cajones de la memoria encontraremos todos los géneros literarios.
Descubriremos también que la actividad de la mente y todo el material necesario para emprender el proyecto de revivir a fondo nuestra vida, llenan completamente nuestra existencia que quizá nos parecía vacía de acontecimientos.
Hay dos sensaciones psicológicas que hallamos durante este proceso interior de reconocimiento: la saciedad y la insaciabilidad de vivir. El trabajo autobiográfico sirve para “nutrirse” de existencia. Hasta el límite de las posibilidades que la capacidad de la memoria o la imaginación nos permite.
La búsqueda de la unidad y el descubrimiento de la multiplicidad, constituyen el ritmo musical, la banda sonora, del trabajo autobiográfico.

lunes, 21 de febrero de 2011

FOTOGRAFÍA Y ESCRITURA

A propósito de la reciente publicación de los escritos autobiográficos de Salvador Elizondo, reunidos en el volumen MAR DE IGUANAS (Atalanta), presento un texto de  Sergio R. Franco, sobre la importancia de la fotografía en el escrito AUTOBIOGRAFÍA PRECOZ de Salvador Elizondo, aparecido en la Revista Iberoamericana en 2007.
FOTOGRAFÍA Y ESCRITURA EN AUTOBIOGRAFÍA PRECOZ DE SALVADOR ELIZONDO

¿Se escribirían tantas memorias y autobiografías en la actualidad si no dispusiéramos de fotografías, es decir, de un archivo visual que anima la capacidad evocadora de los individuos? Como bien saben todos los que hayan leído a Proust, la memoria no requiere de imágenes para su incitación; pero no deja de ser cierto que el vertiginoso archivo visual puesto a nuestra disposición desde la aparición de la fotografía incrementa –y quizá también obtura– nuestra aprehensión fenoménica del mundo y del pasado, rendido a nuestra contemplación subyugada o distraída. Asimismo, sería justo que nos preguntáramos por la vigencia de lo autobiográfico per se en este período dominado por la imagen, el simulacro y la teletecnología. ¿No es exacto ver en el auge de lo visual y de lo audiovisual una posibilidad para articular lo autobiográfico (así como lo biográfico y lo histórico) de una manera distinta? ¿No podríamos considerar la común práctica del álbum de fotos como la contrapartida no “ilustrada”, valga la ironía, al texto autobiográfico que se ajusta mejor al nuevo sensorium que la tecnología ha acarreado?
...
En Autobiografía precoz encontramos dos fotografías, dispuestas una de ellas al inicio del libro y otra al final. La primera es contemporánea a la escritura del texto: el joven Salvador Elizondo aparece retratado en ligero picado, desde arriba de la cintura a la cabeza, en composición de tres cuartos, lo que acentúa el contraste de luces y sombras de la imagen. La segunda foto proporciona el retrato del autor al tiempo de la nueva edición de la obra. Ahora Elizondo aparece fotografiado frontalmente desde arriba de las rodillas hasta la cabeza, la mano derecha enlazando la muñeca de la izquierda. No ha intentado repetir una pose. Sabe que ello solo agudizaría la diferencia y la semejanza; es decir, el contraste. Pero éste no puede ser eludido ante la inevitable transformación del cuerpo del autor real, tan notoria como la modificación de temperamento del personaje que cada uno e los retratos suministra.
La razón que explica la presencia de estas dos imágenes parece clara: son evidencia de verdad, concepto que, como señala Hayden White, pertenece al orden del discurso y no al de los eventos. Puesto que el auge de la fotografía ocurre durante el período en que decae la religión en el imaginario de occidente, suplantada por la democracia y la ciencia (la fotografía colabora con la segunda y auxilia en el proceso de industrialización, en la vigilancia y el control), ella posee un estatuto de verdad pues se la presume suministradora de documentos objetivos. Asimismo, se sabe bien el vínculo entre fotografía y realismo literario, pues ambos comenzaron a incrementarse por la misma época, proveyendo a los individuos de un archivo o repertorio a partir del cual les fue posible autopensarse.
Ambas fotos nos devuelven la imagen, que no el ser, de Salvador Elizondo en tanto que asumamos la fotografía como muestra directa de lo “real” que la química hace posible aparecer y sobre la que también rigen las leyes de la física; es decir, como “huella luminosa”, para emplear el bello símil de Philippe Dubois:
Seguramente cae de su propio peso recordar que, en su nivel más elemental, la imagen fotográfica aparece de entrada, simple y únicamente como una huella luminosa, más precisamente como el rastro, fijado sobre un soporte bidimensional sensibilizado por cristales de halogenuro de plata, de una variación de luz emitida o reflejada por fuentes situadas a distancia en un espacio de tres dimensiones.
Es como si el texto anticipara una duda misma del lector y buscara certificar la realidad del “cuerpo” del autor como “significante trascendente”. Pero, ¿y si las fotografías no fueran las de Elizondo sino las de un individuo que se le asemeja, un doble? De otro lado, la presencia de dos fotografías me lleva a pensar en una operación reflexiva. En efecto, la segunda foto complementa/comenta la primera, así como la “Advertencia del autor” complementa/comenta al texto mismo. ¿Cómo leer esta simetría? ¿Qué designa este gesto? Si la fotografía muestra lo que ya jamás será visto de nuevo, me parece detectar una ironización de una imposible autoexigencia mimética, acompañada de una escritura no librada a sí misma cuya semiosis resulta retenida por una entidad que se presupone como existente fuera del texto pero construida textualmente: la del propio Elizondo, tan autocentrado en sus retratos como parece estarlo en su propia obra.


lunes, 14 de febrero de 2011

Hermann Hesse: Biografía resumida

Conocido por su celebración del misticismo oriental y la búsqueda del propio yo, el Premio Nobel de Literatura de 1946 escribe un hermoso texto a manera de biografía resumida.
Nací hacia finales de la Edad Moderna, poco antes del incipiente retorno del Medioevo, bajo el signo de Sagitario y amablemente influido por Júpiter. Mi nacimiento se produjo a primera hora de la tarde un cálido día de julio, y la temperatura de aquella hora es la que, inconscientemente, he amado y buscado durante toda mi vida, y la he añorado dolorosamente cuando me faltó. Nunca pude vivir en países fríos, y todos los viajes voluntarios de mi vida se dirigieron al sur. Fui hijo de padres religiosos, a quienes amé con ternura y a los que habría amado más tiernamente si no se me hubiera enseñado el cuarto mandamiento a edad temprana. Pero, lamentablemente, los mandamientos siempre han ejercido en mí un efecto fatal, por muy justos y bien intencionados que fueran – yo, que por naturaleza soy un cordero y tan dócil como una burbuja de jabón, siempre he sido reacio a los mandamientos de todo tipo, sobre todo durante mi juventud. Bastaba con que oyese el “debes hacer” para que en mí todo se revolviese y me volviera porfiado. Es fácil imaginar que esta peculiaridad tuvo una gran influencia negativa en mis años escolares. Cierto que nuestros maestros, en aquella divertida asignatura que llamaban Historia Universal, nos enseñaban que el mundo siempre había sido gobernado, dirigido y cambiado por ese tipo de personas que imponían su propia ley y que rompían con las leyes tradicionales, y nos decían que esas personas eran honorables. Pero eso era tan mentira como todo el resto de la enseñanza, pues cuando uno de nosotros, con buena o con mala intención, mostraba alguna vez valentía y protestaba contra cualquier mandamiento, o siquiera contra una costumbre estúpida o una moda, ni era honrado ni se nos recomendaba como modelo, sino que era castigado, escarnecido y oprimido por la cobarde prepotencia de los maestros. Por suerte, lo importante y más valioso para la vida ya lo había aprendido antes de empezar los años de escuela: mis sentidos eran despiertos, finos y aguzados, me podía fiar de ellos y obtener mucho disfrute, y cuando más tarde caí irremisiblemente ante la seducción de la metafísica, e incluso llegué a lacerar y despreciar mis sentidos, la atmósfera de una sensibilidad delicadamente desarrollada, concretamente por lo que se refiere a la vista y al oído, siempre me fue fiel, y en el mundo de mi pensamiento, incluso donde parece ser abstracta, interviene de forma viva. Por lo tanto disponía yo de unas ciertas defensas para la vida que, como ya he dicho, adquirí mucho antes de que empezasen los años de colegio. Conocía bien nuestra ciudad paterna, las granjas de gallinas y los bosques, las huertas y los talleres de los artesanos, conocía los árboles, los pájaros y las mariposas, sabía cantar canciones y silbarlas entre dientes, y muchas otras cosas que tienen valor para la vida. A esto se añadieron entonces las ciencias escolares, que me resultaban fáciles y me divertían, encontrando un auténtico placer en el latín, y empecé casi igual de pronto a hacer versos tanto en latín como en alemán. El arte de la mentira y de la diplomacia se lo debo al segundo año de colegio, donde un preceptor y un colaborador me dotaron de estas facultades después de que previamente, con mi candor y confianza infantiles, hiciera caer sobre mí una desgracia detrás de otra. Estos dos educadores me ilustraron con éxito sobre el hecho de que la honestidad y el amor a la verdad eran cualidades que ellos no buscaban en los alumnos. Me acusaron de una fechoría, por cierto bastante intrascendente, que se había cometido en clase y de la que yo era completamente inocente, pero como no pudieron obligarme a confesar su autoría, convirtieron esa pequeñez en un proceso de Estado y ambos, con torturas y palos, fueron incapaces de sacarme la confesión que deseaban, pero sí extrajeron de mí toda fe en la honestidad de la casta de maestros. Gracias a Dios, con el tiempo, también llegué a conocer maestros rectos y dignos de respeto, pero el daño ya estaba hecho y quedó falseada y amargada no sólo mi relación con los maestros de escuela, sino también con todo tipo de autoridad. En general, durante los siete u ocho primeros años de colegio fui un buen alumno, al menos siempre estaba sentado entre los primeros de mi clase. Pero al comenzar aquellas luchas de las que no escapa nadie que quiera ser una personalidad, entré cada vez más en conflicto con la escuela. Esas luchas sólo las comprendí dos décadas después, pero entonces estaban allí y me rodeaban, en contra de mi voluntad, como una terrible desgracia. La cuestión era la siguiente: desde que cumplí los trece años estaba claro para mí que quería ser poeta o nada. Pero con la claridad de esta idea llegó paulatinamente otra certeza, penosa. Uno podía llegar a ser maestro, cura, médico, artesano, comerciante o empleado de correos, también músico, incluso pintor o arquitecto, y para todas las profesiones del mundo había un camino, había condiciones previas, había una escuela, una enseñanza para el principiante. ¡Pero no existía para el poeta! Estaba permitido serlo e incluso se consideraba un honor ser poeta: es decir, tener éxito y fama como poeta, pero lamentablemente esto solía suceder cuando uno ya estaba muerto. Sin embargo, convertirse en poeta era imposible, querer serlo era una ridiculez y una vergüenza, como pude averiguar muy pronto. Rápidamente había aprendido lo que se podía aprender de la situación: poeta sólo se podía ser, pero no estaba permitido llegar a serlo. Además, interesarse por la poesía y por un talento poético propio le hacía a uno sospechoso ante los maestros, y por ello desconfiaban de uno o le despreciaban, con frecuencia incluso le ofendían a uno mortalmente. Con los poetas pasaba exactamente lo mismo que con los héroes y con todas las figuras y los afanes intensos o hermosos, orgullosos y no cotidianos: en el pasado fueron maravillosos, todos los libros de texto estaban llenos de alabanzas hacia ellos, pero en el presente y en la realidad se los odiaba y, probablemente, los maestros habían sido contratados y formados para impedir en lo posible el surgimiento de personas famosas y libres y la realización de gestas grandes y magníficas. Por lo tanto, entre mi persona y mi lejana meta no veía más que abismos, todo se me volvía incierto, devaluado, y sólo una cosa permanecía: la voluntad de querer ser poeta, fuese fácil o difícil, ridículo u honorable. Los éxitos externos de esta decisión – más bien de esta fatalidad – fueron los siguientes: Cuando yo tenía trece años y acaba de comenzar ese conflicto, mi comportamiento dejó mucho que desear tanto en la casa paterna como en la escuela, hasta el punto de que se me exilió a la escuela de latín de otra ciudad. Un año después me convertí en pupilo de un seminario teológico, aprendí a escribir el alfabeto hebreo y estaba a punto de comprender lo que es una dagesh forte implicitum cuando, de pronto, me inundaron tormentas interiores que desembocaron en mi huida de la escuela monacal, en un castigo con arresto grave y en mi expulsión del seminario. Durante un tiempo me esforcé en una escuela media por avanzar en mis estudios, pero allí el final también fue la sanción y la expulsión. Después fui aprendiz de comerciante durante tres días, volví a marcharme y durante algunos días y noches desaparecí para gran preocupación de mis padres. Durante medio año fui ayudante de mi padre, durante año y medio estuve de aprendiz en un taller mecánico que además fabricaba relojes de torre. En resumen, durante más de cuatro años todo lo que se quería hacer conmigo fue irremisiblemente mal, ninguna escuela quería quedarse conmigo, como aprendiz no duraba mucho en ningún sitio. Todo intento de hacer de mí una persona útil terminaba en fracaso, muchas veces con escarnio y escándalo, con la huida o con la expulsión, y sin embargo en todas partes me reconocían buenas dotes e incluso una cierta dosis de buena voluntad. Siempre era pasablemente aplicado, pues la elevada virtud de la holgazanería siempre la he admirado con veneración, pero nunca llegué a ser un maestro de ella. De forma consciente y enérgica comencé mi propia formación a los quince años, cuando había fracasado en la escuela, y tuve la suerte y el placer de que en casa de mi padre estaba la impresionante biblioteca del abuelo, una sala entera llena de viejos libros que, entre otras cosas, contenía toda la poesía y la filosofía alemanas del siglo XVIII. Entre los 16 y los 20 años no sólo llené una gran cantidad de papel con mis primeros intentos poéticos, sino que en aquellos años también leí la mitad de la literatura universal y me ocupé de la historia el arte, los idiomas y la filosofía con un ahínco que habría bastado de sobra para un estudio normal. Después me hice librero para poder finalmente ganarme yo mismo el pan. Al fin y al cabo, con los libros tenía más y mejores relaciones que con el tornillo de banco y las ruedas dentadas de fundición de acero con las que había sufrido como mecánico. Durante los primeros tiempos, nadar entre lo nuevo y lo más reciente de la literatura, ser incluso anegado por ello, fue un placer casi embriagador. Pero al cabo de un tiempo me di cuenta de que, en lo intelectual, una vida en el mero presente, en lo nuevo y en lo más reciente era insoportable y carecía de sentido, que la relación existente con lo que había sucedido, con la historia, con lo antiguo y con lo ancestral era lo único que permitía una vida intelectual. Por eso, una vez agotado el primer placer, fue una necesidad volver a lo antiguo después de la inundación de novedades, y lo hice pasándome de la librería a la tienda de antigüedades. Pero sólo permanecí fiel a la profesión mientras la necesité para ganarme la vida. A la edad de veintiséis años, con motivo de un primer éxito literario, también abandoné esta profesión. Por lo tanto ahora, después de tantas tormentas y sacrificios, había alcanzado mi meta: por imposible que hubiera parecido, ahora me había convertido en un poeta y, al parecer, había ganado la larga y dura batalla contra el mundo. La amargura de los años de colegio y de formación, donde tantas veces estuve al borde del hundimiento, quedó entonces olvidada y ridiculizada, e incluso los familiares y los amigos, que hasta entonces estaban desesperados conmigo, me sonreían ahora con amabilidad. Yo había vencido, y aunque hiciese lo más tonto y lo más baladí, todos lo consideraban encantador, igual que yo mismo también estaba encantado conmigo. Ahora me daba cuenta de la escalofriante soledad, el ascetismo y el peligro en los que había vivido año tras año; el tibio aire del reconocimiento me sentaba bien y empecé a convertirme en un hombre satisfecho. Durante un largo tiempo mi vida exterior transcurrió de forma tranquila y agradable. Tenía mujer, niños, casa y jardín. Escribía mis libros, estaba considerado un poeta amable y vivía en paz con el mundo. En el año 1905 ayudé a crear una revista dirigida sobre todo contra el régimen personal de Guillermo II, pero, en el fondo, sin tomar en serio estos objetivos políticos. Hice hermosos viajes a Suiza, a Alemania, a Austria, a Italia y a India. Parecía que todo estaba en su sitio. Entonces llegó aquel verano de 1914 y, de pronto, todo cambió en el interior y en el exterior. Se demostró que el bienestar del que gozábamos hasta entonces se había construido sobre un terreno inseguro, y entonces empezó a ir todo mal, empezó la gran educación. Había comenzado la llamada gran época y no puedo decir que me sorprendiera mejor equipado, más digno y mejor que cualquier otra. Lo que entonces me diferenciaba de los demás era tan sólo que yo echaba de menos aquel gran consuelo que muchos otros tenían: el entusiasmo. Por eso volví de nuevo a mí mismo y al conflicto con el entorno, volví otra vez a la escuela, otra vez tuve que esforzarme por olvidar la insatisfacción conmigo mismo y con el mundo y sólo con esta vivencia pude superar el umbral de la iniciación a la vida. Nunca olvidé una pequeña vivencia de los primeros años de la guerra. Estaba de visita en un gran hospital de campaña y buscaba una posibilidad razonable de adaptarme, como voluntario, de algún modo al mundo cambiado, cosa que entonces aún me parecía posible. En aquel hospital lleno de heridos conocí a una anciana señorita que antes vivía de sus buenas rentas y ahora servía de ayudante en ese hospital de campaña. Con un conmovedor entusiasmo me contó lo contenta y orgullosa que estaba de poder vivir esa gran época. Me pareció comprensible, pues esa señora había necesitado la guerra para convertir su pesada vida de solterona, puramente egoísta, en una vida activa y valiosa. Pero cuando me comunicó su felicidad en un pasillo lleno de soldados heridos y asaeteados por las balas, entre salas llenas de amputados y moribundos, el corazón me dio un vuelco. Por mucho que comprendiera el entusiasmo de esta señora, yo no lo podía compartir, no podía aprobarlo. Si por cada diez heridos llegaba una asistente entusiasmada como ésta, la felicidad de estas señoras se pagaba un poco demasiado caro. No, yo no podía compartir la alegría por la gran época, y por eso sufrí lamentablemente bajo la guerra desde el principio, y durante años me revolví contra una desgracia que al parecer se había abatido desde fuera y porque sí, mientras que a mi alrededor todo el mundo hacía como si estuviese entusiasmado precisamente por esta desgracia. Y cuando leía los artículos de periódico de los poetas, donde descubrían la bendición de la guerra, y las exhortaciones de los profesores y toda las poesías de guerra de los despachos de poetas famosos, yo me sentía todavía peor. Un buen día, en el año 1915, se me escapó públicamente el reconocimiento de esta miseria y una palabra de lamento por el hecho de que las llamadas personas intelectuales no sabían hacer otra cosa más que predicar el odio, difundir mentiras y ensalzar la gran desgracia. La consecuencia de esta queja, expresada con bastante timidez, fue que en la prensa de mi patria fui declarado traidor, lo cual fue para mí una vivencia nueva, pues pese a los muchos contactos con la prensa no había conocido nunca la situación de ser escarnecido por la mayoría.

lunes, 7 de febrero de 2011

Escritura autobiográfica y destinatario

Francisco Javier Hernández escribe un interesante ensayo sobre la ESCRITURA AUTOBIOGRÁFICA Y DESTINATARIO, a continuación transcribo un fragmento.
La esencia del discurso autobiográfico radica en hacer de la propia vida del escritor materia y objeto de escritura, en escribir para contarse, movido por una necesidad interior que se canaliza y organiza sin más reglas que las que el propio escritor quiera darle. Y es esta necesidad de escribir sobre sí mismo la que se halla en el origen:
d’un discours sans modéles codifiés, mal intégré dans le systéme des genres littéraires, donc privé de statut reconnu (Starobinski, 1970: p. 84)
Esta pulsión genética va acompañada, en la mayoría de los casos, de la búsqueda y el establecimiento de una complicidad que el escritor intimista considera absolutamente necesaria para la realización de su obra. El discurso autobiográfico es, de todos los discursos literarios, aquel en el que incide con más intensidad la presencia de un destinatario, bien sea un hipotético e indeterminado futuro lector, bien sea, según la moderna crítica literaria, un narratario, es decir, un destinatario inscrito en el texto. La escritura autobiográfica no es sólo ensimismamiento sino, como dice María Zambrano, salida de sí, huida y al mismo tiempo reencuentro de la propia identidad. El escritor intimista busca abrir sus límites, trasponerlos y encontrar, más allá de ello, su unidad acabada Espera como el que se queja, ser escuchado, espera que al expresar su tiempo se cierre su figura; adquirir por fin la integridad que le falta (Zambrano, 1995: 37). La ambigüedad existente entre el movimiento de repliegue sobre la propia interioridad y el impulso de exteriorización es evidente:
¿Se trata, pues, de una escritura intransitiva, narcisista, ensimismada en su propia contemplación? Sí y no. Sí, porque implica una reflexión, digamos heurística sobre la propia identidad. Y no, porque su naturaleza es complementaria, anda a la busca de un interlocutor que le exonere de tanta soledad biográfica acumulada (Caballé. 1996: 6).
O dicho en lenguaje neo-crítico:
Le champ énonciatif se construit dans le pacte entre un énonciateur/narrateur/scripteur et un énonciataire/narrataire/lecteur, ces deux instances renvoyant à la dialectique de l’identité et de la différence. La communication s’effectue á sens unique par le canal de lécrit, de l’énonciateur vers l’énonciataire (Chanfrault- Duchet, 1983: 99).
Resulta, por consiguiente, que en este tipo de literatura, el papel del lector es fundamental (Romera Castillo, 1980: 6). Y es en ese papel fundamental en el que Philippe Lejeune se basa para elaborar su famosa teoría del pacto biográfico como condición primordial de la autobiografía. Según dicha teoría, el pacto autobiográfico es un contrato de lectura que el autor suscribe con el lector por medio del cual asume explícitamente la identidad con el protagonista del relato autobiográfico. Autor, narrador y personaje quedan así identificados en el interior del texto y es esa triple identidad, manifestada en las declaraciones previas o colaterales (titulo, prólogo, notas, acotaciones, etc) o en el mismo texto de la obra, la que, de alguna manera queda garantizada por el pacto. Sin embargo no hay que exagerar ese carácter contractual ni siquiera en aquellas autobiografías en que el pacto es más evidente, y con muy buen criterio Philippe Lejeune (1986) matiza sus primitivas afirmaciones y sale al paso de posibles errores de interpretación. Más que por un contrato en sentido estricto —con todas sus connotaciones jurídicas— Lejeune se inclina por una ilusión o un deseo proyectivos que el autor explicita en grado muy diverso:
Passant un accord avec le narrataire dont Ii construit l’image, l’autobiographe incite le lecteur réel à entrer dans le jeu et donne l’impression d’un accord signé par les deux parties. Mais on voit bien que le lecteur réel peut adopter des modes de lectura différents de celui qui lui est suggéré et que surtout beaucoup de textes publiés ne comportent nullement un contrat explicité (Lejeune, 1986: 21-22).

lunes, 31 de enero de 2011

Autobiografía de Gabriela Mistral


La Premio Nobel de Literatura 1945 escribe un texto que recorre fragmentos de su vida, un buen ejemplo para calentar motores en nuestra propia aventura autobiográfica.
Es absolutamente falso que mi padre fuese blanco puro. Mi abuela, su madre tenía un tipo europeo puro; su marido, mi abuelo, era menos que mestizo de tipo, era bastante indígena. La afirmación no es antojadiza. En dos retratos borrosos que tengo de él, la fisonomía es cabalmente mongólica, los Godoyes del Valle del Huasco tienen, sin saberlo, tipo igual. Digo sin saberlo porque el mestizo de Chile no sabe nunca que lo es. Quienes han visto las fotos de mi padre y que saben alguna cosa de tipos raciales no descartan ni por un momento que mi padre era un hombre de sangre mezclada.

Fue por un tiempo también director del colegio católico de Santiago San Carlos Borromeo. Dibujaba muy bien y hacía versos de una índole medio clásica, medio romántica según el gusto de la época.

El original de esos versos los conserva mi hermana.

Todas las gentes del Valle me dieron el amor de él, porque todos lo quisieron por el encanto particular que había en su conversación y por la camaradería que daba, a quien se le acercase lo mismo a los más ricos que a los pobrecitos del Valle. En mi abuela, Isabel Villanueva, a quien los curas llamaban «la teóloga» había esta misma atracción que le daba un lenguaje gracioso, criollo y tierno.

No hay tal. Me mandaron a la casa de una tía de mi madre, doña Ángela Rojas a quien mi hermana pagaba por mí una pequeña pensión. Esto duró menos de un año, porque fui expulsada de la escuela primaria superior de Vicuña a la cual había regresado.

El dato es erróneo. Dirigía esa escuela primaria superior doña Adelaida Olivares maestra ciega de casi toda su vida y madrina mía de confirmación. Era persona sobradamente religiosa y cuando en el comienzo hubo entre ella y yo la relación afectuosa que es natural entre madrina y ahijada. Pero cuando mi familia me cambió de apoderado poniéndome a vivir en la casa de una familia Palacios de religión protestante, la directora se sintió muy molesta y me retiró todo su cariño. Vino entonces un incidente tragicómico. Yo repartía el papel de la escuela a las alumnas, el gobierno daba en aquel tiempo los útiles escolares. Era yo más que tímida; no tenía carácter alguno y las alumnas me cogían cuanto papel se les antojaba con lo cual la provisión se acabó a los ocho meses o antes. Cuando la directora preguntó a la clase la razón de la falta de papel mis compañeras declararon que yo era la culpable pues ellas no habían recibido sino la justa ración. La directora, aconsejada por una hermana nuestra ahí mismo, salió sin más hacia mi casa y encontró el cuerpo del delito, es decir, halló en mi cuarto una cantidad copiosísima no sólo de papel, sino de todos los útiles escolares fiscales. Habría bastado pensar que mi hermana era tan maestra de escuela como ella y que yo tomaba de ella cuanto necesitaba. Pero había algo más: el visitador de escuelas del Valle de Elqui me tenía un cariño como de abuelo (don Mariano Araya) y cada domingo iba yo a saludar a su familia y él me abría su almacén de útiles y me daba además de papel en resmas, pizarras, etc.

Yo no supe defenderme; la gritería de las muchachas y la acusación para mí espantosa de la maestra madrina me aplanó y me hizo perder el sentido. Cuando doña Adelaida regresó con el trofeo del robo su hermana hizo con el caso una lección de moral que yo oía medio viva medio muerta. El escándalo había durado toda la tarde, despacharon las clases y todas salieron sin que nadie se diese cuenta del bulto de una niña sentada en su banco, que no podía levantarse. Al ir a barrer la sala la sirvienta que vivía en la escuela me encontró con las piernas trabadas me llevó a su cuarto, me frotó el cuerpo y me dio una bebida caliente hasta que yo pude hablar faltaba algo todavía: las compañeras que se iban por mi calle me esperaban, aunque ya era la tarde caída en la plaza de Vicuña, la linda plaza con su toldo de rosas y de multiflor, era todavía primavera allí me recibieron con una lluvia de insultos y de piedras diciéndome que nunca más irían por la calle con (la) ladrona. Esta tragedia ridícula hizo tal daño en mí como yo no sabría decirlo. Mi madre vino a dar explicaciones a la maestra ciega acerca de mi rapiña y la directora que ejercía un ascendiente muy grande sobre las personas porque era mujer inteligente y bastante culta para su época logró convencer a su comadre de que aunque yo fuese inocente habría que retirarme de esa escuela sin llevarme a otra alguna porque yo no tenía dotes intelectuales de ningún género y sólo podría aplicarme a los quehaceres domésticos.

lunes, 24 de enero de 2011

La pasión por la autobiografía (y II)

Segunda y última parte de la entrevista que Manuel Alberca realizó a Philippe Lejeune (El pacto autobiográfico), para la revista Cuadernos Hispanoamericanos (julio -agosto 2004).

En España, la autobiografía tiene activos y elitistas detractores, que la descalifican por narcisista, exhibicionista y escandalosa o la condenan a la segunda división literaria, ¿por qué algunos sectores universitarios y periodísticos no aprecian el servicio que algunos autobiógrafos prestan a la higiene social de un país y al conocimiento de la complejidad humana?
Puedo tranquilizaros: es parecido en Francia, incluso si las mentalidades han evolucionado desde hace una decena de años. Yo tengo una hipótesis. En los países de tradición protestante u ortodoxa, escribir sobre sí mismo parece una cosa común, ni buena ni mala en sí misma, se encuentra normal que cada uno preste atención a su propia vida y que ésta forme parte de los intercambios sociales. En los países de tradición católica, se tiene mucho miedo del yo, del Diablo y del orgullo, y la atención a sí mismo es sospechosa -de ahí proviene una cultura del secreto, y quizá, a causa de esta opresión, una práctica de lo íntimo más profunda y exigente que en los países protestantes donde el discurso sobre el yo, mejor admitido, queda quizá más superficial. Tengo un poco de vergüenza por simplificar así, pero creo que la razón está ahí. La importancia de la tradición religiosa es evidente. Atraviese el Mediterráneo y vaya a Argelia -verá que el discurso autobiográfico es allí aún más difícil que en Francia o en España.

Sabemos, pues lo ha mencionado en una conferencia, que ahora, después de ocuparse durante quince años de los diarios, vuelve al problema de los orígenes de la autobiografía moderna que, en su opinión, hay que situar en las Confesiones, de J.-J. Rousseau, ¿no es un poco “chovinista” ignorar otros ilustres precedentes?
¡No es una cuestión de chovinismo -por otra parte Jean-Jacques Rousseau no era francés, sino “ciudadano de Ginebra”! Y sé que la tradición de la escritura del yo se remonta a la Antigüedad. Pero yo continúo pensando que la escritura de las Confesiones marca una ruptura profunda. Cuando Rousseau dice: “Yo emprendo una tarea que no tuvo precedente”, es preciso tomarlo en serio. Esta ruptura la ha teorizado él mismo en el preámbulo del manuscrito de Neuchâtel, que la revista Memoria, de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona, acaba de publicar por primera vez en español. Rousseau es el primero que se ha decidido de verdad a la tarea loca y peligrosa de contarlo todo sobre sí mismo.

Para cambiar, si le parece, podemos hablar un poco de algunos temas de los que usted no suele ocuparse. Por ejemplo, guarda un elocuente silencio sobre la autoficción (relato de apariencia autobiográfica que se presenta como “novela”, cuyo protagonista tiene la misma identidad del autor), ¿no podría ser la autoficción una vía de innovación autobiográfica?
Una vía de innovación literaria, seguramente. Pero tiene razón de destacar mi silencio y de encontrarlo “elocuente”. Expresa una elección totalmente personal. Confieso que prefiero leer verdaderas novelas en que no tengo que preocuparme del autor, o verdaderas autobiografías en que no me preocupo de la ficción. Prefiero el compromiso a la habilidad, el riesgo al juego -es ciertamente una señal de ingenuidad.

Resulta también muy llamativo que no le haya prestado atención a la biografía ¿qué reservas guarda con respecto a este género, que por otra parte está tan desarrollado en Francia? ¿No cree que el conocimiento de la biografía de un autobiógrafo es imprescindible para acercarnos con mayor propiedad a su autobiografía o diario?
¡Sus preguntas exploran todas mis fallas! Por supuesto, es útil conocer los datos biográficos para evaluar una autobiografía o un diario – igual que es más útil todavía conocer la génesis de una autobiografía para apreciarla (he trabajado con pasión en los borradores de Sartre, de Perec, de Sarraute, por ejemplo, para comprender cómo construían su verdad). Pero no es preciso confundir la información biográfica, tan útil, con la construcción de un relato biográfico. A menudo me he quedado estupefacto de la audacia de los que pretenden poder comprender y juzgar la vida de otro, y de contarlo como si fueran ellos los que la hubiesen vivido. Esto me parece una impostura, o una locura. Es cierto que a veces hay logros admirables -pienso en la biografía de Marguerite Duras por Laure Adler. Pero, ¡es tan infrecuente! la mayoría del tiempo, no llego a comprender como los biógrafos no tienen vergüenza de lo que ellos escriben. Tan legítimo es interpretar una obra, que se ha hecho para esto, y que resistirá nuestra interpretación, como aventurado es interpretar una vida, que no es más que un fantasma que se ha construido con pequeños fragmentos, y que no puede defenderse… A menudo pienso que una autobiografía no podría ser falsa (porque todas sus imperfecciones o sus artimañas definen a su autor) y que una biografía no podría ser verdadera (la más “lograda” no es más que una especie de novela). A veces también, imagino lo que le podría ocurrir a mi propia vida, contada después de mi muerte por un desconocido, incluso lleno de buena voluntad… pero soy un ingrato. Los biógrafos mantienen vivos a los muertos, mantienen la lectura de sus obras, y el diálogo necesario con nuestra identidad. Me temo que he provocado a la mayoría de lectores de esta entrevista, a los que probablemente les gusta leer biografías, y van a encontrarme raro. Quizá he sido, en esta respuesta, excesivo. Los tranquilizo: me ocurre, como a ellos, leo con placer biografías. Digamos, sobre todo, que yo creo que nunca las escribiré.

Hace algunos años, tenía el proyecto de escribir su autobiografía, al menos dijo que la estaba escribiendo, ¿cómo será? ¿Cuándo la podremos leer?
No, no tengo el proyecto de escribir una autobiografía: no me gusta esa palabra en singular, con lo que supone de simplificación. Es verdad que hace tiempo, he podido tener ese deseo, y es lo que explica la elección que he hecho hacia 1969 de la autobiografía como tema de investigación universitaria. Había elegido la autobiografía, construida y seductora, contra el diario -el diario que había escrito de adolescente, y que era el testimonio de mis peripecias existenciales y de mis incapacidades literarias. He trabajado sobre la autobiografía de 1969 a 1986 sin abordar nunca el diario. En 1986, habiendo madurado, he vuelto a la práctica del diario, y desde entonces imagino una síntesis, encontrar una escritura que tuviese la ventaja de los dos (el lado construido de la autobiografía y la autenticidad del diario). Pero ese es mi problema. Escribo para mí sólo, como otros muchos diaristas, es la condición de mi libertad. Lo que supone que nunca nadie que me haya conocido me leará. Yo no publicaré por lo tanto nada. Y si no destruyo lo que he escrito, retrasaré la divulgación de esto lo bastante lejos en el porvenir que evite cualquier interferencia del mundo en el que habré vivido y este en el que seré leído.

Para terminar, ¿hay algo que no le haya preguntado y que le gustaría añadir a esta entrevista?
Sí, me gustaría decir unas palabras del libro que acabo de publicar con Catherine Bogaert, un journal à soi. Histoire d’une pratique. En 1997, gracias a la Asociación para la autobiografía y la Biblioteca municipal de Lyon, habíamos organizado una exposición de diarios personales -más de 200 diarios originales, mostrando toda la belleza y la dignidad de esta práctica. Las exposiciones son efímeras, hemos prolongado nuestro trabajo por este “bello libro” (formato libro de arte, con más de 200 reproducciones de color) que es al mismo tiempo un intento general, para hacer visible de manera más duradera lo que usted ha llamado tan felizmente la escritura invisible.

lunes, 17 de enero de 2011

La pasión por la autobiografía (I)

Cuadernos Hispanoamericanos (julio-agosto, 2004) publicó una interesante entrevista que Manuel Alberca realizó a Philippe Lejeune, autor de El pacto autobiográfico. Aquí presento la primera parte de dos:

El pasado febrero, invitado por el Instituto Francés, Philippe Lejeune (Burdeos, 1938) presentó en Madrid y Barcelona su último libro, Un journal à soi. Histoire d’une pratique (París, Editions Textuel, 2003), en el que sintetiza sus investigaciones sobre el diario personal, denominación que prefiere a la de diario íntimo por ser menos restrictiva. En Francia existen ya algunos libros notables sobre los diarios publicados, como por ejemplo el de Alain Girad o el de Béatrice Didier, pero éste, a diferencia de los anteriores, no trata tanto de los diarios editados como de su vida y circunstancias, y no sólo sobre los más conocidos, sino sobre la inmensa masa de escritura diarística que no suele recibir los honores de la imprenta. Detrás de este libro, está el trabajo de quince años y varios libros dedicados a los diarios, entre los que destacan Cher cahier… (1990), sobre su escritura en la Francia actual, Le moi des demoiselles (1993), sobre los diarios de las “jovencitas casaderas” en el siglo XIX y Cher écran… (2000), sobre los diarios en Internet. Hay también una ejemplar “militancia” por la dignidad y la conservación de los textos autobiográficos, que dio lugar, en 1992, a la Association pour l’autobiographie (APA), de la que Lejeune es, además de inspirador, animador principal.
Pero Lejeune es más conocido en España por el “pacto autobiográfico” (Le pacte autobiographique, 1975, traducido al español, El pacto autobiográfico y otros estudios, Madrid, Endymion, 1994, que es un libro casi inencontrable). El “pacto” es su definición de la autobiografía, trascendental para los estudios de este género, incluso para los que la impugnan, pues de alguna manera definen sus posturas frente éste. A la vista de los reparos y críticas y de las inevitables reducciones que toda definición implica, el propio Lejeune fue remodelando su teoría en otros libros (Je est un autre, 1980, y Moi aussi, 1986) y ampliándola, al considerar autobiografías, que se escapaban del molde clásico, como las de Michel Leiris y Georges Perec (Lire Leiris, 1975; La mémoire et l’oblique. Georges Perec autobiographe, 1991). Sobre todo esto he querido preguntar a Lejeune con el deseo de acercar un poco más a los lectores españoles el pensamiento y la obra del que es posiblemente el más destacado estudioso de la escritura autobiográfica.

Si le parece, podemos empezar por el “pacto autobiográfico”, ¿cómo les explicaría a los lectores españoles, en pocas palabras y de manera sencilla, en qué consiste el “pacto”?
Es la promesa de decir la verdad sobre sí mismo. Esto se opone al pacto de ficción. Uno se compromete a decir la verdad de sí mismo tal como uno mismo la ve. Su verdad. Esto provoca en el lector actitudes de recepción específicas, que yo diría “conectadas”, como en la vida cuando alguno nos cuenta su existencia. Uno se pregunta si la persona dice la verdad o no, se equivoca sobre sí mismo, etc. Uno se pregunta si le gusta. Lo compara con su propia vida, etc. El pacto de ficción nos deja mucho más libres, estamos “desconectados”, no tiene sentido preguntarnos si es verdadero o no, nuestra atención no está ya focalizada en el autor, sino sobre el texto y la historia, de la que podemos alimentar más libremente nuestro imaginario.

Su definición introduce conceptos como promesa y compromiso de decir la verdad, ¿es posible ser veraz y sincero sobre sí mismo a través de la escritura autobiográfica sin resultar ingenuo?
Todos los seres humanos son ingenuos cuando cuentan su vida, sea oralmente o por escrito. Corresponde al lector tomar la distancia que quiera. Cuando un ser humano nos hace el regalo de contarnos cómo ha vivido, es a nosotros a quienes corresponde hacer fructífera esa experiencia de comunicación. El sociólogo Pierre Bourdieu ha escrito, poco antes de su muerte, un Essai d’auto-analyse que acaba de ser publicado en Francia. Para demostrar que él no era ingenuo, ha declarado al comienzo, muy ingenuamente: “Esto no es una autobiografía”. Pero es una autobiografía, evidentemente, muy hermosa por otra parte. Su genio intelectual no le permitía ver su vida con un punto de vista limitado, sus posiciones, sus rodeos. Y está muy bien así. Estos límites, que lo definen, me interesan.

¿Es suficiente que una autobiografía sea veraz o lo pretenda para considerarla una obra literaria? Dicho de otro modo, ¿en qué consiste la “literariedad” de una autobiografía?
Esta pregunta muestra hasta qué punto la autobiografía pone en entredicho la noción de “literariedad”, y el culto estrecho de la que forma parte. ¿No había, al comienzo del siglo XX, personas que se preguntaban si el jazz formaba parte de la música? El fin de la autobiografía es transmitir una experiencia humana, y hay varios caminos para esto. Escritores de vanguardia, como Michel Leiris o Georges Perec, han inventado formas de escritura nuevas absolutamente revolucionarias. Pero la “literariedad” puede revestir formas académicas o pretenciosas. En sentido inverso, personas que no son escritores pueden crear unas maneras eficaces y sorprendentes de contar su vida. De hecho, del surrealismo al arte espontáneo, pasando por el dominio eficaz de los medios clásicos, todo es posible en autobiografía. Yo añadiría que encuentro que se subestima la literatura al encerrarla en la “literariedad”.

¿Por qué pasó del estudio de los grandes nombres de la autobiografía francesa a ocuparse de la lectura y archivo de los diarios personales de la gente desconocida? ¿Qué ha pesado más en esta decisión el posible interés histórico, social y antropológico de estos textos o la defensa de los valores de la escritura autobiográfica?
Lo que ha pesado, es la curiosidad. Ésta me ha ayudado a saltar los límites artificiales de las disciplinas y de los “cánones” literarios, a comprender el interés de lo pluridisciplinar, es decir, lo universal, de los textos autobiográficos. Al estudiar la autobiografía oral de Sartre, después de haber estudiado Las palabras, es cuando he tomado conciencia que era preciso tomarlo en serio, cuando él pretendía ser cualquiera. Al descubrir las complicaciones y las artimañas del relato de vida de un empleado de comercio autodidacta del siglo XIX, que era mi bisabuelo, he comprendido que cualquiera podía convertirse en el artista de su propia vida. Desde 1986, me he sumergido en el universo todavía prácticamente desconocido del diario personal. ¡Se conocen tan pocas cosas de los diarios, hay tan pocos publicados! Es como un continente engullido, de tesoros que reposan en el fondo de los mares; tranquilos o agitados, de la intimidad. Por lo tanto, mi motor es la curiosidad.

Usted ha tenido un papel principal en la creación de la Association pour l’autobiographie (APA). En primer lugar, ¿qué es la APA, cómo nació y cómo se financia? En segundo lugar, ¿qué representa su diario o su autobiografía para la gente que los deposita en la Asociación y por qué quieren que otros los lean?
He creado el APA con unos amigos en 1992 para responder a una petición que se me hacía a menudo: personas desconocidas me escribían para que leyese su autobiografía, para que les ayudase a conservar sus diarios. Buscaban muy modestamente una forma de diálogo, y una posibilidad de sobrevivir. No podía hacer todo esto solo, ni convertir mi domicilio en lugar de archivo. Una pequeña ciudad de provincias, Ambérieu-en-Bugey, ha puesto su biblioteca a nuestra disposición, con un gran espacio disponible. Hemos constituido unos grupos de lectura (cinco grupos de una decena de personas) y desde 1992 hemos leído, comentado y archivado más de 1500 textos autobiográficos (relatos de vida, diarios, correspondencias). Publicamos un catálogo razonado de nuestros fondos (el Garde-mémoire, cinco volúmenes aparecidos), valoramos estos textos hablando de ellos en nuestra revista La Faute à Rousseau, organizando lecturas públicas y mesas redondas, poniéndolos a la disposición de los investigadores, historiadores o especialistas en ciencias humanas. Actualmente nuestra asociación tiene 850 socios, que pagan una cotización de 35 euros, constituye nuestro recurso principal, pero también recibimos ayuda en especie de la ciudad de Ambérieu, y recibimos algunas subvenciones de organismos públicos (en particular del ministerio de Cultura). Al mismo tiempo, permitimos a los amantes de la autobiografía y del diario reunirse (grupos de intercambio, fines de semana de encuentros, etc.) e intentamos cambiar un poco las mentalidades en Francia, de que se reconozca la dignidad y el interés de la escritura del yo.

Ud. ha denominado “diarios monstruos” a los que alcanzan una extensión de millares de páginas; en ellos da la impresión, quizá errónea, de que la compulsión a escribir ha suplantado a la vida. ¿Es el diario, en estos casos, un problema más que una solución? ¿Existe una grafomanía o patología del diarista?
Sí, hay diarios monstruos -pero esta monstruosidad no es forzosamente “psicopatológica”- no es más que el reflejo de la monstruosidad de nuestra vida misma. ¡Pensemos en todos los días que hemos vivido ya! Para vivir, y precipitarnos hacia el porvenir, los olvidamos. Pero si se escriben algunas líneas cada día, sin ser ningún grafómano, al final de unas decenas de años, esto compondrá un texto inmenso, ¡qué tendría de malo releerlo! El diario hace visible el torbellino del tiempo…

lunes, 10 de enero de 2011

Reminiscencia (y II)

Aquí presento la segunda parte del artículo: Deterioro intelectual y reminiscencia, de la Dra. Beatriz Sepúlveda López, Directora General de GRESMA, y que apareció en el número de octubre de 2010 de la revista Médico Moderno. 

FUNCIONES DE LA REMINISCENCIA

A continuación nos daremos cuenta de la gran importancia que tiene ésta, no sólo para el buen envejecer sino para tener una historia que seguir recordando, algunas de sus funciones son las siguientes:

Favorece la integridad
Al relacionar lo vivido, el pasado con el presente, se constituye una vivencia de continuidad, de historia de vida. Así, al integrar el pasado hay una reconciliación con la vida que nos ha tocado, evitando con ello una excesiva añoranza por lo no vivido. Permite encontrar significado y propósito –sentido- a la vida. Lograr la integridad es una de las características del buen envejecer.

Refuerza la identidad y aumenta la autoestima
Identidad es la vivencia del propio yo, una unidad que nos distingue de los otros, es lo que nos hace singulares y como nos conocemos a nosotros mismos. Uno se visualiza como único a través de la vida, se reconoce entonces en el niño y el joven que fue, en el adulto que creció y hoy en el adulto mayor en una nueva etapa de la vida por vivir.
Tendemos a mantener la identidad a través de los múltiples cambios que sufrimos a lo largo de la vida, tendemos a sentirnos los mismos, aun cuando nuestro cuerpo, nuestra forma pensar, nuestros roles y nuestro lugar en la sociedad cambien. En este sentido, la identidad es en lo que se compara la adolescencia con el envejecimiento, el adolescente debe forjarse una y también sufre pérdidas, el adulto mayor debe conservarla, y necesita lograr la continuidad de ella por medio de los cambios. Cambios y preparación para la adultez en el adolescente, para la vejez en el adulto mayor.
Así como el adolescente fluctúa a veces entre conductas infantiles y adultas, también el que envejece quiere seguir siendo joven y se esfuerza, quizá demasiado, en actividades en general físicas y otros asumen la vejez antes de tiempo… se entregan.
La autoestima es el aspecto afectivo de la identidad. En el envejecimiento y a causa de los cambios y de las pérdidas decimos que la autoestima se ve amenazada, hablamos de una herida narcisista. Es un momento en el que el adulto mayor se siente más vulnerable, a veces más solo y el recordar, con otros, hechos de su vida, le ayuda emocional y socialmente otorgándole la oportunidad de encontrar nuevas fuerzas.
La reminiscencia ayuda a reforzar la autoestima porque recuerdan hechos en donde se tenía mayor vitalidad, se pone de manifiesto todo lo que se hizo, se creó, se sintió, se tejió en una vasta historia personal y se reconoce como propio. Así, al lograr traer a la memoria momentos vividos con intensidad, entusiasmo y éxito, la potencia y la vitalidad, que hoy se consideran como disminuidas, adquieren un nuevo y mayor sentido.

Permite la resignificación
Ésta tiene que ver con volver a evocar un acontecimiento muchas veces conflictivo, que pudo ser traumático o no, y efectuar un repaso de éste que permite una ubicación de ese hecho o evento de una manera menos dolorosa. De acuerdo con nuevas experiencias y con el tiempo de fondo se pueden dar significados distintos a las cosas vividas.

Estimula los duelos
El duelo es un trabajo psíquico necesario para afrontar una pérdida significativa tal como un ser querido, un objeto importante o una actividad relevante; este trabajo psíquico se da acompañado por una sensación de tristeza, de dolor. Pérdida y reacción frente a la misma son las partes del duelo.
La pérdida es una experiencia vital, se siente que ya no se tiene o se ha dejado algo significativo, sea real o no. Ya Freud, en 1915, decía que “el duelo es por lo general la reacción a la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente, la patria, la libertad, ideal, etc”.
El duelo lleva a desprenderse íntimamente del objeto perdido, es un proceso, es decir, tarda un tiempo y su resolución encamina a la liberación de energías que quedan entonces disponibles para nuevas actividades, para nuevos vínculos. En el transcurso del camino de vida invariable e inevitablemente se viven muchas pérdidas más o menos significativas, más o menos dolorosas, pero que, sin duda, nos precisan a la habilitación de nuevas capacidades afectivas y sociales, nos precisan a reaprender, a continuar y a aceptar quienes somos con lo vivido.

Triunfo de la longevidad
Es a través de la reminiscencia que uno puede mostrar una historia de vida, rica de experiencias, donde la supervivencia indica un triunfo sobre la muerte, haciendo posible un mayor bagaje vivencial.

Ayuda a mantener la memoria colectiva
Al transmitir los hechos del pasado a las nuevas generaciones permite, al mismo tiempo, la búsqueda de nuestras raíces ancestrales. Recordemos que sólo aquellos que la han vivido son quienes pueden narrar la historia.
Todos los estudios realizados para corroborar el efecto de la reminiscencia, como los que resultan de la práctica clínica muestran cómo las personas que tienen la posibilidad de recordar tienen menos tendencias depresivas. Así Robert Butler, importante gerontólogo estadounidense dice que “hay una correlación positiva entre reminiscencia y la adaptación positiva a la vejez, gracias a la conservación de la autoestima y a la consolidación del sentido de identidad”. También los estudios de McMahon y Rhudick, en 1967, en encuestas con un grupo de veteranos de guerra han llegado a conclusiones similares.
La reminiscencia deviene además en un recurso psicoterapéutico de inmenso valor, ya sea de manera oral o escrita, a manera de creación literaria o artística. Recordar muchas veces asusta tanto como el no lograrlo; sin embargo, pareciera que socialmente se condiciona para olvidar, para no ver o no reparar en aquello que no está bien, que molesta, bloqueado el recuerdo, llegando incluso a dejar de lado el recuerdo feliz por restar importancia.
La reminiscencia da la posibilidad de ver desde la cumbre de la montaña lo caminado y observar, tender la mano a quienes vienen escalando tras nosotros; da la posibilidad de observar nuestra historia completa y respirar profunda y tranquilamente, reconociendo y reflexionando en cada uno de los momentos vividos; da la posibilidad de saber que hemos triunfado al vivir vasta y plenamente… la reminiscencia permite sentir los colores que se llevan por dentro para darles un nuevo brillo. 

lunes, 3 de enero de 2011

Reminiscencia (I)

Soy un convencido de que la escritura autobiográfica cumple una función terapéutica indiscutible, y no sólo a una determinada edad (madurez, tercera edad), sino en cualquier etapa de la vida. La Dra. Beatriz Sepúlveda López, Directora General de GRESMA (Grupo de Especialistas en Salud Mental) analiza las funciones de la reminiscencia en un artículo publicado en la revista Médico Moderno de octubre de 2010.

DETERIORO INTELECTUAL Y REMINISCENCIA

“El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos”
Henri Fréderic Amiel

Cuando se pregunta a las nuevas generaciones acerca de las características que son más relevantes en la forma de ser de los ancianos, como una de las primeras respuestas a esta descripción se hace hincapié en el hecho de que los abuelos constante y, en ocasiones, repetidamente cuentan hechos del pasado, de su historia. Éstos son los relatos que no parecen tener sentido para quien los oye, digo oye porque escuchar es poner atención para luego conservar esa información como parte del bagaje personal, reiterando que uno de los prejuicios generalizados que pesan sobre los adultos mayores desde la sociedad y, también, desde ellos mismos, es el creer que recordar el pasado es malo, nocivo e indicativo contundente de deterioro.
La psicología clínica lo considero durante mucho tiempo como un proceso regresivo, de goce con un pasado ya inexistente, muchas veces teñido de fantasía, y se le relacionaba en forma peyorativa con el deterioro intelectual. Esta idea traspasó los límites de la clínica y pasó a formar parte de la sabiduría popular en forma prejuiciosa y gerontofóbica. La realidad es que recordar el pasado para los adultos mayores e incluso para todo grupo generacional es, definitivamente, una prueba fehaciente de vida consciente, de aprendizaje mediante experiencias pasadas, de soluciones e implica un gran trabajo cognitivo que a nivel psicodinámico es altamente favorecedor, como podremos ver a continuación.
Se llama reminiscencia a la función que permite recordar pensando o relatando hechos, actos o vivencias del pasado, por lo general vivenciados con un matiz placentero. Salvarezza (1988) la define con mayor precisión diciendo que es “una actividad mental organizada, compleja y que posee una finalidad instrumental importantísima: la de permitirle al sujeto reafirmar su autoestima cuando sus capacidades psicofísicas y relacionales comienzan a perder vitalidad”. Es una actividad psicológica universal, no sólo necesaria en el envejecimiento y en la vejez, ya que es saludable porque favorece la integración del pasado al presente, le da continuidad, reforzando así la pertenencia y la identidad.
Algunos gerontólogos norteamericanos, clasifican en varios tipos la reminiscencia, así hablan de la integrativa, narrativa, obsesiva, instrumental, transmisiva, pero resulta de utilidad conocerlas para aplicarlas en distintas oportunidades.
El recordar actúa como una ‘revisión de vida’ y da la posibilidad de llevarnos a realizar una reconstrucción de la historia personal. Es una función que se ejercita a través de la memoria, se recuerda a toda edad pero es más específica en la etapa de envejecimiento.
Cuando uno rememora, revisa los recuerdos, los mira desde el presente y puede capturar las emociones que acompañan a ese episodio que hoy es recordado. Así pues, éste es un proceso vital, normal y saludable del envejecer.
Se puede usar de dos formas el recordar el pasado; algunas veces como huida o como negación a la vida actual, queriendo fijar en el momento que corresponde al recuerdo el tiempo; es un mecanismo de defensa que evita mirar la realidad. Este tipo de memoria corresponde entonces al tipo de reminiscencia obsesiva que mencionamos antes, como podemos pensar esta forma de recordar no es saludable ya que lleva al retraimiento y constituye en un elemento patológico al desviar al sujeto de la realidad. La reminiscencia es otra forma de recordar.

lunes, 27 de diciembre de 2010

La nueva autobiografía


 
 Existe una nueva corriente autobiográfica conocida como nueva autobiografía (conocida también como narrativa personal de no ficción, memoria literaria o literatura del yo), presenta características propias de las que habla la autora estadounidense Tristine Rainer en su libro Your life as story. Writing the new autobiography:
Aunque no muy bien comprendida aún, se está volviendo cada vez más popular en nuestra cultura. Es nueva porque está siendo escrita por nuevas voces, y no sólo por aquellas que representan el punto de vista oficial y dominante. Es nueva porque está escrita más como autodescubrimiento que como autopromoción. Es nueva porque contiene la vida individual, no a través de los viejos mandatos puritanos de educación moral, ni a través de credos decimonónicos de éxito material ni de fórmulas de psicología reduccionista del siglo XX, sino más bien a través de la cohesión de literatura y mito. En cuanto al estilo, es nueva porque emplea elementos que pertenecen a la escritura de ficción (cuento o novela), como escenas y diálogos [...]. La nueva autobiografía transforma el modo como vemos y valoramos aun las vidas más pequeñas, más privadas y aparentemente insignificantes. Existe una redefinición completa de quién puede escribir sobre su vida, para quién se escribe, las razones por las cuales se escribe, cómo escribir, sobre qué se escribe, y qué se hace finalmente con lo que se escribió.
Más adelante agrega:
Su valor será medido no por cuánta gente lo lee o cuántas buenas críticas recibe, sino por la experiencia creativa que le da a su autor.
Una interesante mirada a la escritura autobiográfica de parte de una de las autoras que más ha contribuido al desarrollo de la autobiografía en Estados Unidos.