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lunes, 21 de marzo de 2011

Enseñar a la gente a escribir su vida

Segunda parte de la síntesis del capítulo: “Enseñar a la gente a escribir su vida”, del libro titulado “El pacto autobiográfico y otros estudios” de Philippe Lejeune, editado por Megazul-Endymion, Madrid, 1994.
…la autobiografía, es una actividad propia de la madurez o de lo que actualmente se llama la tercera edad… La oferta es reciente, y forma parte de un importante movimiento social, al igual que el desarrollo de la psicología, la aparición de la historia oral y la difusión a través de los medios de comunicación de lo “vivido”, que tratan de llamar la atención del individuo sobre sí mismo.

¿Cómo?
Queda la cuestión del how. Tiene dos aspectos: el del medio del aprendizaje, y el de los medios utilizados (entre los cuales distinguiré los modelos y las pistas).

1. El medio… Como se trata de aprender a escribir, el libro es quizás más indicado. Pero en la autobiografía el libro difícilmente puede suplir la relación con el otro, necesaria para el proceso. Sin duda, hay que distinguir dos funciones posibles del manual: la función de estimulación y la de aprendizaje propiamente dicha. Para estimular, el libro tiene que ser corto, directo y sencillo. O si es largo, tiene que intentar ser persuasivo a través de un discurso repetitivo que tranquilice al candidato autobiógrafo, familiarizándole con algunas ideas fundamentales… Me parecen más idóneos para empezar, libros menos sofisticados y más desordenados, que se pueden hojear como una guía de bricolage…
Al libro hay que añadir, bajo una forma u otra, una relación interpersonal. Sólo ella podrá estructurar y mantener el tiempo necesario para el aprendizaje… Muchas tentativas autobiográficas de aficionados se quedan en un preámbulo escrito en un día en el que se encontraban animados o en unas notas preparatorias. Sin duda, uno acaba decidiéndose el día en que de repente comprende por qué hay que escribir…
Esta relación puede adoptar diferentes formas: en cualquier caso supone el consentimiento y excluye la autoridad. Supone sobretodo un sentimiento de seguridad: hay que tener confianza en el formador, hay que tener la seguridad de que uno no va a ser agredido por los otros miembros del grupo…
Deseamos escribir para llenar un vacío, recuperar una relación perdida…

2. El modelo… El diario tiene que obedecer a unas reglas de presentación que harán fácil una nueva lectura por parte del interesado, pero no ha por qué seducir e informar a un lector, no tiene que seguir ninguna regla de composición. Incluso a veces, hay que conservar el carácter intimista, ante la tentación del over-writing, que impide la sinceridad.
Al iniciar su trabajo, el aprendiz de autobiógrafo tiene un cierto sentimiento de competencia: el relato que va a escribir ya existe, al menos, virtualmente en su mente… pero el narrador se queda siempre sorprendido, y a menudo bastante decepcionado, cuando lee la transcripción de lo que ha dicho… La comunicación escrita obedece a otras leyes… los manuales enseñan estas leyes que utilizan los escritores profesionales cuando tienen que redactar… Saber conectar con el lector. Contar una anécdota de forma interesante, y darle un significado… Sobretodo, ser siempre específico, preciso y concreto. Dar al conjunto del relato una progresión y un ritmo… André Conquet da ocho consejos: 1) el lector prefiere las frases cortas; 2) llamen a cada cosa por su nombre; 3) intenten conservar las expresiones familiares; 4) eliminen las palabras inútiles; 5) verbos en activa, por favor; 6) escriban como hablan; 7) utilicen imágenes; 8) la uniformidad aburre… La riqueza del género autobiográfico se debe a que, siguiendo el ejemplo del género novelesco, puede echar mano de todo: poesía, reflexión teórica y de la propia novela.

3. Las pistas. Resulta duro aprender a “redactar” aunque sea indispensable. Es la parte pensum del asunto. Aparece siempre en último lugar: ningún manual sugiere que la escritura puede ser un medio de invención, siempre es tratada como medio de exposición de un material ya encontrado por otras vías… La memoria es un laberinto, el lenguaje también: y creo que la autobiografía es una variedad del juego de pistas, para la cual se pueden dar reglas, inventar itinerarios… ciertamente, creando formas nuevas, nos arriesgamos a romper la comunicación. Pero a la inversa, facilitando la comunicación a través del uso de técnicas convencionales, nos arriesgamos a perder lo que quizás tuviéramos de nuevo que aportar.
…Empezar a escribir una autobiografía es invertir la relación que normalmente se mantiene con la propia vida. Es convertirse imaginariamente, en el dueño y señor. Mi vida es una isla que voy a dominar con la mirada, cuyo mapa voy a realizar.
… Lo más interesante son las pautas para empezar, todo aquello que nos hace salir de la evidencia opaca del presente… Sólo tendrá la posibilidad de producir algo si se apoya en una relación con otro o en una reflexión teórica que permita volver a situar las causas y los efectos. En cualquier caso, lo que hay que hacer es empezar… La pregunta que me parece mejor, que propone Paul Le Bohec, es la siguiente: ¿me podría hablar de su nombre y de su apellido? ¿A qué le recuerdan? Según mi experiencia, es una pregunta fundamental e inagotable. Querido lector, le cedo la palabra. ¿Cómo se llama?

lunes, 14 de marzo de 2011

El pacto autobiográfico

Esta vez presento una síntesis del capítulo “Enseñar a la gente a escribir su vida”, del libro titulado “El pacto autobiográfico y otros estudios” de Philippe Lejeune, editado por Megazul-Endymion, Madrid, 1994.

¿Es posible enseñar a la gente a escribir su vida? ¿Dónde y por qué se enseña la autobiografía? Se me ocurrió investigar sobre este tema al fijarme que en las bibliografías norteamericanas citaban constantemente nuevos manuales pedagógicos sobre el tema de la autobiografía, o guías prácticas dirigidas al público en general: How to write your personal history. Nunca había visto libros de este tipo en Francia. ¿Se trataba de una especialidad norteamericana? En cierta manera, sí… La única producción significativa se da en Estados Unidos...
Quizás, antes de presentar los resultados de la misma, tendré que confesar la actitud ambigua que he tenido como investigador. A un mismo tiempo abierto y desconfiado.
…tenía otra razón para ser curioso: puede que respondieran a cuestiones que me planteaba en tanto que profesor. ¿Resultaría normal que diera clases sobre el género autobiográfico (y, lo que es más, sobre la “autobiografía actual”) sin proponer a los estudiantes que practicaran ellos mismos el género? Y, ¿si lo intentara, cómo lo haría?
Adoptaba una actitud desconfiada… “Si escribo mi vida, es para construir mi identidad con un lenguaje personal, o para legar una experiencia singular. Ahora bien, desde el principio el autor del manual parece saber ya en qué marco se sitúa mi unicidad, y conoce los medios que me permitirán comunicarla. Me veo relacionado con la generalidad: mi unicidad es… un hecho de serie… Mi vida ya está escrita por adelantado…”. Sin duda había en ello también otra reacción, francesa y elitista: “La escritura es algo que no se enseña”.
… Esta investigación me llevó finalmente a modificar mi práctica pedagógica. La lección fundamental que he sacado de ello es que en tales aprendizajes lo importante no es la retórica o el arte de escribir, sino la petición de escucha, la búsqueda del destinatario, la relación que se crea, y que hace posible todo lo demás.
Mi propósito aquí será simplemente organizar mis planteamientos, y poner un poco de claridad en este campo sin duda heteróclito en el que he reunido todo lo que tenía relación con el aprendizaje de la autobiografía… Pero antes de la cuestión del cómo viene la del por qué.

¿Por qué?
Desde el punto de vista de la oferta, nos podemos preguntar de dónde provienen las personas que proponen sus servicios a los aprendices autobiógrafos. ¿Qué tipo de autoridad o de competencia alegan? ¿Qué servicios ofrecen y con qué finalidad?

Veamos cinco situaciones posibles:

1. Los profesionales de la escritura, que venden una habilidad. Es el caso de una empresa recientemente creada, SOS Manuscritos, a la cual pueden dirigirse personas que quieren escribir su vida, o que ya la han escrito pero quieren mejorar su texto. Se estudia el caso, se hace un presupuesto, para un trabajo de elaboración o de reconstrucción con el cual se les asocia. “En lo que a mí se refiere, tengo la impresión de desempeñar el papel de confesor, de partero, de psicoterapeuta”, dice Michel Dansel fundador de la empresa… Allí van a buscar, a la vez que consejos técnicos, una atención personalizada, lo que un manual nunca podría ofrecer.
Se pueden proponer otro tipo de servicios a candidatos autobiógrafos, pero no implican un aprendizaje de la escritura. De entrada la oferta de “libros en blanco”, con encuadernación de cuero, destinados a lo que se escribe y conserva en ellos, entre otras cosas, “diario íntimo, carrera profesional, aventuras sentimentales, historia familiar, matrimonios”, etc…  Finalmente la oferta, que de por sí es decepcionante, de “publicar” por cuenta del autor, tres mil ejemplares del texto autobiográfico (u otro) que ha escrito. Existe pues todo un mercado de la autobiografía.

2. Los profesionales de la enseñanza en lengua materna (es decir, los profesores). En Francia, el ejercicio de la redacción tradicionalmente es considerado como elemental y reservado a las clases de los pequeños. Cuando se hacen mayores, hacen disertaciones, que es algo más serio. Por otra parte, el mundo académico y extra-académico están, en la mente de los alumnos y de los profesores, claramente separados. De ahí la sorpresa y el escepticismo del profesor francés cuando lee manuales de aprendizaje de la autobiografía destinados a estudiantes, y que parecen corresponder a una práctica pedagógica real. Estos manuales ofrecen una programación metódica en el aprendizaje, dan modelos sacados de los mejores autores clásicos y contemporáneos, proponen “ejercicios”. La finalidad, por ejemplo, que se propuso Lyons, es la de enseñar a los estudiantes a escribir y a componer. La autobiografía le parece un buen terreno de aprendizaje, porque el niño ya conoce el tema a tratar (¡), y puede centrar todo su esfuerzo en la escritura y en la composición. El libro de Porter y Wolf tiene un propósito menos utilitario, está más centrado en los grandes problemas existenciales, que refleja la autobiografía. El problema consiste en saber si esta oferta responde a una demanda, y qué tipo de compromiso adopta el profesor en sus relaciones con los alumnos. Tal enseñanza, sin duda, sólo es convincente si el profesor ya ha hecho y sabe hacer lo que pretende enseñar…

3. Los aficionados misioneros. Entiendo por ello, todos aquellos que, al haberlo pasado bien redactando su autobiografía o llevando un diario, se les ha metido en la cabeza enseñarlo a los demás. A menudo el libro es en sí mismo el resultado de una práctica pedagógica real (seminarios, cursos, talleres) y prolonga una especie de “cruzada” que es tan moral como literaria…

4. Los profesionales de la formación, para quienes la autobiografía (oral o escrita) del formado es en esta ocasión no una finalidad sino un medio. Su propósito no es enseñar a la gente a escribir su vida, sino simplemente a vivir, tomando conciencia de su pasado. En un segundo plano, y en el origen histórico, de este movimiento, está claro que está el psicoanálisis, en la medida en que fomenta sistemáticamente la amnesia del paciente, y ve en la revisión y la expresión del pasado uno de los medios de la “cura”… No tiene nada que ver con lo literario: el saber en el que se apoya el formador es de carácter psicológico y sociológico, y los textos que se escriben sólo son el testimonio y resultado de un trabajo de transformación de uno mismo. Al igual que las palabras que se intercambian en el análisis, sólo tienen plenamente sentido para aquellos que han vivido esa experiencia.

5. Por último, los catalizadores, aquellos cuya oferta es sólo la de una atención, o de una lectura, y que, sin dar ningún consejo y sin intervenir, desencadenan en los demás un deseo de escritura y las hacen pasar al acto. A menudo suele ser un proceso involuntario: en las entrevistas de historia oral, el entrevistado, que gracias a las preguntas empieza a recordar su pasado y comprueba el interés que suscitan sus respuestas, se suele animar a escribir su vida, compra un cuaderno y empieza…
¿Y la demanda? Nunca se ha llegado a hacer una encuesta estadística sobre las prácticas de escritura personal… El público al que va dirigido los libros norteamericanos está fundamentalmente constituido por personas a las que les gustaría escribir pero no se atreven. El destinatario del manual se supone que está ya convencido del interés de la escritura personal… El bloqueo del demandante puede ser de dos tipos diferentes. Bloqueo ante la propia escritura, relacionado sin duda con la clase social y la educación… Pero tales bloqueos se encuentran de hecho en todos los medios, y son a menudo la tapadera de otro tipo de bloqueo, más importante, que es el de la comunicación, o de un bloqueo ante la propia vida. La necesidad fundamental es entonces la de una atención, y la de una relación estructurante y que dé seguridad.
…la autobiografía, es una actividad propia de la madurez o de lo que actualmente se llama la tercera edad… La oferta es reciente, y forma parte de un importante movimiento social, al igual que el desarrollo de la psicología, la aparición de la historia oral y la difusión a través de los medios de comunicación de lo “vivido”, que tratan de llamar la atención del individuo sobre sí mismo.

lunes, 7 de febrero de 2011

Escritura autobiográfica y destinatario

Francisco Javier Hernández escribe un interesante ensayo sobre la ESCRITURA AUTOBIOGRÁFICA Y DESTINATARIO, a continuación transcribo un fragmento.
La esencia del discurso autobiográfico radica en hacer de la propia vida del escritor materia y objeto de escritura, en escribir para contarse, movido por una necesidad interior que se canaliza y organiza sin más reglas que las que el propio escritor quiera darle. Y es esta necesidad de escribir sobre sí mismo la que se halla en el origen:
d’un discours sans modéles codifiés, mal intégré dans le systéme des genres littéraires, donc privé de statut reconnu (Starobinski, 1970: p. 84)
Esta pulsión genética va acompañada, en la mayoría de los casos, de la búsqueda y el establecimiento de una complicidad que el escritor intimista considera absolutamente necesaria para la realización de su obra. El discurso autobiográfico es, de todos los discursos literarios, aquel en el que incide con más intensidad la presencia de un destinatario, bien sea un hipotético e indeterminado futuro lector, bien sea, según la moderna crítica literaria, un narratario, es decir, un destinatario inscrito en el texto. La escritura autobiográfica no es sólo ensimismamiento sino, como dice María Zambrano, salida de sí, huida y al mismo tiempo reencuentro de la propia identidad. El escritor intimista busca abrir sus límites, trasponerlos y encontrar, más allá de ello, su unidad acabada Espera como el que se queja, ser escuchado, espera que al expresar su tiempo se cierre su figura; adquirir por fin la integridad que le falta (Zambrano, 1995: 37). La ambigüedad existente entre el movimiento de repliegue sobre la propia interioridad y el impulso de exteriorización es evidente:
¿Se trata, pues, de una escritura intransitiva, narcisista, ensimismada en su propia contemplación? Sí y no. Sí, porque implica una reflexión, digamos heurística sobre la propia identidad. Y no, porque su naturaleza es complementaria, anda a la busca de un interlocutor que le exonere de tanta soledad biográfica acumulada (Caballé. 1996: 6).
O dicho en lenguaje neo-crítico:
Le champ énonciatif se construit dans le pacte entre un énonciateur/narrateur/scripteur et un énonciataire/narrataire/lecteur, ces deux instances renvoyant à la dialectique de l’identité et de la différence. La communication s’effectue á sens unique par le canal de lécrit, de l’énonciateur vers l’énonciataire (Chanfrault- Duchet, 1983: 99).
Resulta, por consiguiente, que en este tipo de literatura, el papel del lector es fundamental (Romera Castillo, 1980: 6). Y es en ese papel fundamental en el que Philippe Lejeune se basa para elaborar su famosa teoría del pacto biográfico como condición primordial de la autobiografía. Según dicha teoría, el pacto autobiográfico es un contrato de lectura que el autor suscribe con el lector por medio del cual asume explícitamente la identidad con el protagonista del relato autobiográfico. Autor, narrador y personaje quedan así identificados en el interior del texto y es esa triple identidad, manifestada en las declaraciones previas o colaterales (titulo, prólogo, notas, acotaciones, etc) o en el mismo texto de la obra, la que, de alguna manera queda garantizada por el pacto. Sin embargo no hay que exagerar ese carácter contractual ni siquiera en aquellas autobiografías en que el pacto es más evidente, y con muy buen criterio Philippe Lejeune (1986) matiza sus primitivas afirmaciones y sale al paso de posibles errores de interpretación. Más que por un contrato en sentido estricto —con todas sus connotaciones jurídicas— Lejeune se inclina por una ilusión o un deseo proyectivos que el autor explicita en grado muy diverso:
Passant un accord avec le narrataire dont Ii construit l’image, l’autobiographe incite le lecteur réel à entrer dans le jeu et donne l’impression d’un accord signé par les deux parties. Mais on voit bien que le lecteur réel peut adopter des modes de lectura différents de celui qui lui est suggéré et que surtout beaucoup de textes publiés ne comportent nullement un contrat explicité (Lejeune, 1986: 21-22).

lunes, 24 de enero de 2011

La pasión por la autobiografía (y II)

Segunda y última parte de la entrevista que Manuel Alberca realizó a Philippe Lejeune (El pacto autobiográfico), para la revista Cuadernos Hispanoamericanos (julio -agosto 2004).

En España, la autobiografía tiene activos y elitistas detractores, que la descalifican por narcisista, exhibicionista y escandalosa o la condenan a la segunda división literaria, ¿por qué algunos sectores universitarios y periodísticos no aprecian el servicio que algunos autobiógrafos prestan a la higiene social de un país y al conocimiento de la complejidad humana?
Puedo tranquilizaros: es parecido en Francia, incluso si las mentalidades han evolucionado desde hace una decena de años. Yo tengo una hipótesis. En los países de tradición protestante u ortodoxa, escribir sobre sí mismo parece una cosa común, ni buena ni mala en sí misma, se encuentra normal que cada uno preste atención a su propia vida y que ésta forme parte de los intercambios sociales. En los países de tradición católica, se tiene mucho miedo del yo, del Diablo y del orgullo, y la atención a sí mismo es sospechosa -de ahí proviene una cultura del secreto, y quizá, a causa de esta opresión, una práctica de lo íntimo más profunda y exigente que en los países protestantes donde el discurso sobre el yo, mejor admitido, queda quizá más superficial. Tengo un poco de vergüenza por simplificar así, pero creo que la razón está ahí. La importancia de la tradición religiosa es evidente. Atraviese el Mediterráneo y vaya a Argelia -verá que el discurso autobiográfico es allí aún más difícil que en Francia o en España.

Sabemos, pues lo ha mencionado en una conferencia, que ahora, después de ocuparse durante quince años de los diarios, vuelve al problema de los orígenes de la autobiografía moderna que, en su opinión, hay que situar en las Confesiones, de J.-J. Rousseau, ¿no es un poco “chovinista” ignorar otros ilustres precedentes?
¡No es una cuestión de chovinismo -por otra parte Jean-Jacques Rousseau no era francés, sino “ciudadano de Ginebra”! Y sé que la tradición de la escritura del yo se remonta a la Antigüedad. Pero yo continúo pensando que la escritura de las Confesiones marca una ruptura profunda. Cuando Rousseau dice: “Yo emprendo una tarea que no tuvo precedente”, es preciso tomarlo en serio. Esta ruptura la ha teorizado él mismo en el preámbulo del manuscrito de Neuchâtel, que la revista Memoria, de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona, acaba de publicar por primera vez en español. Rousseau es el primero que se ha decidido de verdad a la tarea loca y peligrosa de contarlo todo sobre sí mismo.

Para cambiar, si le parece, podemos hablar un poco de algunos temas de los que usted no suele ocuparse. Por ejemplo, guarda un elocuente silencio sobre la autoficción (relato de apariencia autobiográfica que se presenta como “novela”, cuyo protagonista tiene la misma identidad del autor), ¿no podría ser la autoficción una vía de innovación autobiográfica?
Una vía de innovación literaria, seguramente. Pero tiene razón de destacar mi silencio y de encontrarlo “elocuente”. Expresa una elección totalmente personal. Confieso que prefiero leer verdaderas novelas en que no tengo que preocuparme del autor, o verdaderas autobiografías en que no me preocupo de la ficción. Prefiero el compromiso a la habilidad, el riesgo al juego -es ciertamente una señal de ingenuidad.

Resulta también muy llamativo que no le haya prestado atención a la biografía ¿qué reservas guarda con respecto a este género, que por otra parte está tan desarrollado en Francia? ¿No cree que el conocimiento de la biografía de un autobiógrafo es imprescindible para acercarnos con mayor propiedad a su autobiografía o diario?
¡Sus preguntas exploran todas mis fallas! Por supuesto, es útil conocer los datos biográficos para evaluar una autobiografía o un diario – igual que es más útil todavía conocer la génesis de una autobiografía para apreciarla (he trabajado con pasión en los borradores de Sartre, de Perec, de Sarraute, por ejemplo, para comprender cómo construían su verdad). Pero no es preciso confundir la información biográfica, tan útil, con la construcción de un relato biográfico. A menudo me he quedado estupefacto de la audacia de los que pretenden poder comprender y juzgar la vida de otro, y de contarlo como si fueran ellos los que la hubiesen vivido. Esto me parece una impostura, o una locura. Es cierto que a veces hay logros admirables -pienso en la biografía de Marguerite Duras por Laure Adler. Pero, ¡es tan infrecuente! la mayoría del tiempo, no llego a comprender como los biógrafos no tienen vergüenza de lo que ellos escriben. Tan legítimo es interpretar una obra, que se ha hecho para esto, y que resistirá nuestra interpretación, como aventurado es interpretar una vida, que no es más que un fantasma que se ha construido con pequeños fragmentos, y que no puede defenderse… A menudo pienso que una autobiografía no podría ser falsa (porque todas sus imperfecciones o sus artimañas definen a su autor) y que una biografía no podría ser verdadera (la más “lograda” no es más que una especie de novela). A veces también, imagino lo que le podría ocurrir a mi propia vida, contada después de mi muerte por un desconocido, incluso lleno de buena voluntad… pero soy un ingrato. Los biógrafos mantienen vivos a los muertos, mantienen la lectura de sus obras, y el diálogo necesario con nuestra identidad. Me temo que he provocado a la mayoría de lectores de esta entrevista, a los que probablemente les gusta leer biografías, y van a encontrarme raro. Quizá he sido, en esta respuesta, excesivo. Los tranquilizo: me ocurre, como a ellos, leo con placer biografías. Digamos, sobre todo, que yo creo que nunca las escribiré.

Hace algunos años, tenía el proyecto de escribir su autobiografía, al menos dijo que la estaba escribiendo, ¿cómo será? ¿Cuándo la podremos leer?
No, no tengo el proyecto de escribir una autobiografía: no me gusta esa palabra en singular, con lo que supone de simplificación. Es verdad que hace tiempo, he podido tener ese deseo, y es lo que explica la elección que he hecho hacia 1969 de la autobiografía como tema de investigación universitaria. Había elegido la autobiografía, construida y seductora, contra el diario -el diario que había escrito de adolescente, y que era el testimonio de mis peripecias existenciales y de mis incapacidades literarias. He trabajado sobre la autobiografía de 1969 a 1986 sin abordar nunca el diario. En 1986, habiendo madurado, he vuelto a la práctica del diario, y desde entonces imagino una síntesis, encontrar una escritura que tuviese la ventaja de los dos (el lado construido de la autobiografía y la autenticidad del diario). Pero ese es mi problema. Escribo para mí sólo, como otros muchos diaristas, es la condición de mi libertad. Lo que supone que nunca nadie que me haya conocido me leará. Yo no publicaré por lo tanto nada. Y si no destruyo lo que he escrito, retrasaré la divulgación de esto lo bastante lejos en el porvenir que evite cualquier interferencia del mundo en el que habré vivido y este en el que seré leído.

Para terminar, ¿hay algo que no le haya preguntado y que le gustaría añadir a esta entrevista?
Sí, me gustaría decir unas palabras del libro que acabo de publicar con Catherine Bogaert, un journal à soi. Histoire d’une pratique. En 1997, gracias a la Asociación para la autobiografía y la Biblioteca municipal de Lyon, habíamos organizado una exposición de diarios personales -más de 200 diarios originales, mostrando toda la belleza y la dignidad de esta práctica. Las exposiciones son efímeras, hemos prolongado nuestro trabajo por este “bello libro” (formato libro de arte, con más de 200 reproducciones de color) que es al mismo tiempo un intento general, para hacer visible de manera más duradera lo que usted ha llamado tan felizmente la escritura invisible.

lunes, 17 de enero de 2011

La pasión por la autobiografía (I)

Cuadernos Hispanoamericanos (julio-agosto, 2004) publicó una interesante entrevista que Manuel Alberca realizó a Philippe Lejeune, autor de El pacto autobiográfico. Aquí presento la primera parte de dos:

El pasado febrero, invitado por el Instituto Francés, Philippe Lejeune (Burdeos, 1938) presentó en Madrid y Barcelona su último libro, Un journal à soi. Histoire d’une pratique (París, Editions Textuel, 2003), en el que sintetiza sus investigaciones sobre el diario personal, denominación que prefiere a la de diario íntimo por ser menos restrictiva. En Francia existen ya algunos libros notables sobre los diarios publicados, como por ejemplo el de Alain Girad o el de Béatrice Didier, pero éste, a diferencia de los anteriores, no trata tanto de los diarios editados como de su vida y circunstancias, y no sólo sobre los más conocidos, sino sobre la inmensa masa de escritura diarística que no suele recibir los honores de la imprenta. Detrás de este libro, está el trabajo de quince años y varios libros dedicados a los diarios, entre los que destacan Cher cahier… (1990), sobre su escritura en la Francia actual, Le moi des demoiselles (1993), sobre los diarios de las “jovencitas casaderas” en el siglo XIX y Cher écran… (2000), sobre los diarios en Internet. Hay también una ejemplar “militancia” por la dignidad y la conservación de los textos autobiográficos, que dio lugar, en 1992, a la Association pour l’autobiographie (APA), de la que Lejeune es, además de inspirador, animador principal.
Pero Lejeune es más conocido en España por el “pacto autobiográfico” (Le pacte autobiographique, 1975, traducido al español, El pacto autobiográfico y otros estudios, Madrid, Endymion, 1994, que es un libro casi inencontrable). El “pacto” es su definición de la autobiografía, trascendental para los estudios de este género, incluso para los que la impugnan, pues de alguna manera definen sus posturas frente éste. A la vista de los reparos y críticas y de las inevitables reducciones que toda definición implica, el propio Lejeune fue remodelando su teoría en otros libros (Je est un autre, 1980, y Moi aussi, 1986) y ampliándola, al considerar autobiografías, que se escapaban del molde clásico, como las de Michel Leiris y Georges Perec (Lire Leiris, 1975; La mémoire et l’oblique. Georges Perec autobiographe, 1991). Sobre todo esto he querido preguntar a Lejeune con el deseo de acercar un poco más a los lectores españoles el pensamiento y la obra del que es posiblemente el más destacado estudioso de la escritura autobiográfica.

Si le parece, podemos empezar por el “pacto autobiográfico”, ¿cómo les explicaría a los lectores españoles, en pocas palabras y de manera sencilla, en qué consiste el “pacto”?
Es la promesa de decir la verdad sobre sí mismo. Esto se opone al pacto de ficción. Uno se compromete a decir la verdad de sí mismo tal como uno mismo la ve. Su verdad. Esto provoca en el lector actitudes de recepción específicas, que yo diría “conectadas”, como en la vida cuando alguno nos cuenta su existencia. Uno se pregunta si la persona dice la verdad o no, se equivoca sobre sí mismo, etc. Uno se pregunta si le gusta. Lo compara con su propia vida, etc. El pacto de ficción nos deja mucho más libres, estamos “desconectados”, no tiene sentido preguntarnos si es verdadero o no, nuestra atención no está ya focalizada en el autor, sino sobre el texto y la historia, de la que podemos alimentar más libremente nuestro imaginario.

Su definición introduce conceptos como promesa y compromiso de decir la verdad, ¿es posible ser veraz y sincero sobre sí mismo a través de la escritura autobiográfica sin resultar ingenuo?
Todos los seres humanos son ingenuos cuando cuentan su vida, sea oralmente o por escrito. Corresponde al lector tomar la distancia que quiera. Cuando un ser humano nos hace el regalo de contarnos cómo ha vivido, es a nosotros a quienes corresponde hacer fructífera esa experiencia de comunicación. El sociólogo Pierre Bourdieu ha escrito, poco antes de su muerte, un Essai d’auto-analyse que acaba de ser publicado en Francia. Para demostrar que él no era ingenuo, ha declarado al comienzo, muy ingenuamente: “Esto no es una autobiografía”. Pero es una autobiografía, evidentemente, muy hermosa por otra parte. Su genio intelectual no le permitía ver su vida con un punto de vista limitado, sus posiciones, sus rodeos. Y está muy bien así. Estos límites, que lo definen, me interesan.

¿Es suficiente que una autobiografía sea veraz o lo pretenda para considerarla una obra literaria? Dicho de otro modo, ¿en qué consiste la “literariedad” de una autobiografía?
Esta pregunta muestra hasta qué punto la autobiografía pone en entredicho la noción de “literariedad”, y el culto estrecho de la que forma parte. ¿No había, al comienzo del siglo XX, personas que se preguntaban si el jazz formaba parte de la música? El fin de la autobiografía es transmitir una experiencia humana, y hay varios caminos para esto. Escritores de vanguardia, como Michel Leiris o Georges Perec, han inventado formas de escritura nuevas absolutamente revolucionarias. Pero la “literariedad” puede revestir formas académicas o pretenciosas. En sentido inverso, personas que no son escritores pueden crear unas maneras eficaces y sorprendentes de contar su vida. De hecho, del surrealismo al arte espontáneo, pasando por el dominio eficaz de los medios clásicos, todo es posible en autobiografía. Yo añadiría que encuentro que se subestima la literatura al encerrarla en la “literariedad”.

¿Por qué pasó del estudio de los grandes nombres de la autobiografía francesa a ocuparse de la lectura y archivo de los diarios personales de la gente desconocida? ¿Qué ha pesado más en esta decisión el posible interés histórico, social y antropológico de estos textos o la defensa de los valores de la escritura autobiográfica?
Lo que ha pesado, es la curiosidad. Ésta me ha ayudado a saltar los límites artificiales de las disciplinas y de los “cánones” literarios, a comprender el interés de lo pluridisciplinar, es decir, lo universal, de los textos autobiográficos. Al estudiar la autobiografía oral de Sartre, después de haber estudiado Las palabras, es cuando he tomado conciencia que era preciso tomarlo en serio, cuando él pretendía ser cualquiera. Al descubrir las complicaciones y las artimañas del relato de vida de un empleado de comercio autodidacta del siglo XIX, que era mi bisabuelo, he comprendido que cualquiera podía convertirse en el artista de su propia vida. Desde 1986, me he sumergido en el universo todavía prácticamente desconocido del diario personal. ¡Se conocen tan pocas cosas de los diarios, hay tan pocos publicados! Es como un continente engullido, de tesoros que reposan en el fondo de los mares; tranquilos o agitados, de la intimidad. Por lo tanto, mi motor es la curiosidad.

Usted ha tenido un papel principal en la creación de la Association pour l’autobiographie (APA). En primer lugar, ¿qué es la APA, cómo nació y cómo se financia? En segundo lugar, ¿qué representa su diario o su autobiografía para la gente que los deposita en la Asociación y por qué quieren que otros los lean?
He creado el APA con unos amigos en 1992 para responder a una petición que se me hacía a menudo: personas desconocidas me escribían para que leyese su autobiografía, para que les ayudase a conservar sus diarios. Buscaban muy modestamente una forma de diálogo, y una posibilidad de sobrevivir. No podía hacer todo esto solo, ni convertir mi domicilio en lugar de archivo. Una pequeña ciudad de provincias, Ambérieu-en-Bugey, ha puesto su biblioteca a nuestra disposición, con un gran espacio disponible. Hemos constituido unos grupos de lectura (cinco grupos de una decena de personas) y desde 1992 hemos leído, comentado y archivado más de 1500 textos autobiográficos (relatos de vida, diarios, correspondencias). Publicamos un catálogo razonado de nuestros fondos (el Garde-mémoire, cinco volúmenes aparecidos), valoramos estos textos hablando de ellos en nuestra revista La Faute à Rousseau, organizando lecturas públicas y mesas redondas, poniéndolos a la disposición de los investigadores, historiadores o especialistas en ciencias humanas. Actualmente nuestra asociación tiene 850 socios, que pagan una cotización de 35 euros, constituye nuestro recurso principal, pero también recibimos ayuda en especie de la ciudad de Ambérieu, y recibimos algunas subvenciones de organismos públicos (en particular del ministerio de Cultura). Al mismo tiempo, permitimos a los amantes de la autobiografía y del diario reunirse (grupos de intercambio, fines de semana de encuentros, etc.) e intentamos cambiar un poco las mentalidades en Francia, de que se reconozca la dignidad y el interés de la escritura del yo.

Ud. ha denominado “diarios monstruos” a los que alcanzan una extensión de millares de páginas; en ellos da la impresión, quizá errónea, de que la compulsión a escribir ha suplantado a la vida. ¿Es el diario, en estos casos, un problema más que una solución? ¿Existe una grafomanía o patología del diarista?
Sí, hay diarios monstruos -pero esta monstruosidad no es forzosamente “psicopatológica”- no es más que el reflejo de la monstruosidad de nuestra vida misma. ¡Pensemos en todos los días que hemos vivido ya! Para vivir, y precipitarnos hacia el porvenir, los olvidamos. Pero si se escriben algunas líneas cada día, sin ser ningún grafómano, al final de unas decenas de años, esto compondrá un texto inmenso, ¡qué tendría de malo releerlo! El diario hace visible el torbellino del tiempo…