viernes, 1 de agosto de 2014

Neruda y Paz

El modo de abordar la autobiografía varía en cada autor. En esta ocasión les presento dos breves fragmentos de las autobiografías de Pablo Neruda y Octavio Paz. El primero es una forma de reseña autobiográfica con un fuerte componente poético propio del autor. En el segundo caso podemos leer un claro ejemplo de autobiografía intelectual. Espero lo disfruten.

Pablo Neruda: ”Mis padres llegaron de Parral, donde yo nací. Allí, en el centro de Chile, crecen las viñas y abunda el  vino. Sin que yo lo recuerde, sin saber que la miré con mis ojos, murió mi madre doña Rosa Basoalto. Yo nací el 12 de julio de 1904, y un mes después, en agosto, agotada por la tuberculosis, mi madre ya no existía.  La vida era dura para los pequeños agricultores del centro del país. Mi abuelo, don José Angel Reyes, tenía poca tierra y muchos hijos. Los nombres de mis tíos me parecieron nombres de príncipes de  reinos lejanos. Se llamaban Amóos, Oseas, Joel, Abadías. Mi padre se llamaba simplemente José del  Carmen. Salió muy joven de las tierras paternas y trabajó de obrero en los diques del puerto de Talcahuano,  terminando como ferroviario en Temuco".


Octavio Paz: “Empecé a escribir este poema a principios de 1956. No tenía plan, no sabía lo que quería escribir. Piedra de sol se inició como un automatismo. Las primeras estrofas las escribía como si, literalmente, alguien me las dictara. Lo más extraño es que los endecasílabos brotaban naturalmente, y que la sintaxis, y aún la lógica, eran relativamente normales. El poema es lento al principio…".









Imágenes de Ricardo Hernández

jueves, 31 de julio de 2014

El único género literario en el que todo sale bien si nadie se lee los libros

La nueva autobiografía de Hillary Clinton es un fracaso de ventas y un éxito en los medios. Es un patrón en las memorias políticas de los últimos años.

Por: Miqui Otero
A los libros de memorias de políticos se les suele reconocer por el título: generalmente un manejo limitado de pocas palabras de un campo semántico opuesto al que opera en la composición de las canciones del verano. Si en estas debe aparecer siempre “noche”, “sol” o “arena”, en las autobiografías de los mandatarios en activo se juega siempre con otras como “esperanza”, “decisión” o “valentía”.

Esta falta de riesgo que aparece en las portadas de tapa dura de un género cada vez más y más popular en librerías internacionales podría interpretarse como un síntoma. No sólo de  lo que esconden dentro estos mediatiquísimos libros, sino también de su utilidad y de quiénes se creen que son los lectores (cuando los hay o si son numerosos). De su calidad literaria, sin ir más lejos, de si cumplen su labor arrojando luz sobre ideas o vidas, se ha estado debatiendo en EE UU al hilo de la publicación del Hard Choices (Elecciones difíciles), de Hillary Clinton, prestante ex Primera Dama, Secretaria de Estado y, ahora, quién sabe, candidata para ganar las elecciones de 2016 y autora, ahora, del que quizá sea el ejemplo más perfecto de cuán imperfecto es el otrora noble libro de memorias políticas tal y como se entiende en estos días de conceder entrevistas y generar titulares.

Véase por ejemplo el título. Cyrus Vance, Secretario de Estado en la era del presidente Jimmy Carter, empleó en 1983 exactamente el mismo título que usa la señora Clinton ahora. Que además podría confundirse con el Hard Call de John McCain, el rival de Obama por la presidencai en 2008 (su subtítulo tampoco era un despliegue de originalidad: Great Decisions and the Extraordinary People Who Made Them; traducible como Decisiones ejemplares y las extraordinarias personas que las tomaron). Es más, algunos articulistas sostienen que se han testado sólo unos 25 títulos en el mercado.

martes, 22 de julio de 2014


Valga un pequeño apunte. No dejemos de vivir por dedicarnos a la contemplación o buscando sólo llevar a cabo actos memorables que puedan verse bien en nuestra autografía, como dice el genial Ricardo Siri (Liniers) en la imagen que encabeza esta entrada, cualquier momento puede valer -lo mismo o más, incluso-, para integrar nuestra historia de vida. En el instante no lo sabremos, pero en retrospectiva podremos notar la trascendencia y su valor en la suma de las partes, de otra forma -narrando únicamente fragmentos impactantes o aventuras desmesuradas-, corremos el riesgo de convertir nuestro relato en un despropósito nada creíble y sin interés para el posible lector. Aquí entra en juego nuestra honestidad para admitir errores y fracasos, parte muy importante en la experiencia vital de todo ser humano.

Imagen: Liniers

lunes, 21 de julio de 2014

José Saramago: Una autobiografía

Sin lugar a dudas, uno de los grandes narradores de nuestro tiempo es José Saramago. Dueño de vida intensa que el mismo narra en esta breve reseña autobiográfica.




Nací en una familia de campesinos sin tierras, en Azinhaga, una pequeña población situada en la provincia de Ribatejo, en el margen derecho del río Almonda, a unos cien kilómetros al nordeste de Lisboa. Mis padres se llamaban José de Sousa y Maria da Piedade. José de Sousa habría sido mi nombre si el funcionario del Registro Civil, por iniciativa propia, no lo hubiese añadido el apodo por el que mi padre era conocido en la aldea: Saramago, (cabe esclarecer que saramago es una planta herbácea espontánea, cuyas hojas, en aquellos tiempos, en épocas de carencia servían como alimento en la cocina de los pobres). Fue a los siete años, cuando tuve que presentar en la escuela primaria un documento de identificación, que se vino a saber que mi nombre completo era José de Sousa Saramago… Pero no fue éste el único problema de identidad que me fue concedido al nacer. Aunque había venido al mundo el día 16 de noviembre de 1922, mis documentos oficiales dicen que nací dos días después, el 18, fue gracias a este pequeño fraude que la familia pudo escapar del pago de una multa por no declarar el nacimiento en el plazo legal.

Tal vez por haber participado en la Guerra Mundial, en Francia, como soldado de artillería, he conocido otros ambientes, diferentes a vivir en una aldea, mi padre decidió, en 1924, dejar el trabajo del campo y trasladarse con la familia a Lisboa, donde comenzó a ejercer la profesión de policía de seguridad pública, para el cual no se exigían más “habilidades literarias” (expresión común entonces) que leer, escribir y contar. Pocos meses después de habernos instalado en la capital, moriría mi hermano Francisco, que era dos años más viejo que yo. Aunque las condiciones en que vivíamos hubiesen mejorado un poco con la mudanza, nunca llegaríamos a conocer el verdadero desahogo económico. Ya tenía 13 o 14 años cuando pasamos, al fin, a vivir en una casa (pequeñísima) sólo para nosotros: hasta ahora siempre habíamos vivido en partes de casas, con otras familias. Durante todo este tiempo, y hasta la mayoría de edad, fueron muchos, y frecuentemente prolongados, los periodos en que viví en un pueblo con mis abuelos maternos, Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha.

viernes, 27 de abril de 2012

Autobiografía precoz

Para escribir una autobiografía basta un fragmento de vida, momentos que señalen el rumbo de quienes aún seremos. Es el caso de las autobiografías precoses de artista e intelectuales. Unos de los iniciadores de esta vertiente es el poeta ruso Evgueni Evtushenko. Guadalupe Loaeza escribe sobre este libro y sobre el ambiente de la época (1968) en que el autor ruso visitó México. El artículo mismo puede tomarse como un fragmento autobiográfico.


Uno de los libros más leídos hace poco más de 40 años era la Autobiografía precoz, de Evgueni Evtu-shenko (Rusia, 1933). Me acuerdo que el libro de Editorial ERA me acompañó por muchos días; tomaba mi libro y lo iba a leer a la Zona Rosa. Era 1968, por los días en que comenzaba el movimiento estudiantil, aunque he de confesar que yo estaba más entusiasmada por las Olimpiadas. Recuerdo el día que me avisaron que gracias a que había salido muy bien en mi examen de francés, mehabían seleccionado como edecán para atender a los representantes de la prensa francesa. Cuando me dieron mi uniforme naranja, mi blusa de cuello Mao y mis zapatos Canadá, me sentí feliz.
Por entonces, mi compañero más cercano era el libro de este poeta ruso. Ahora se habla muy poco de él, pero hace 44 años era uno de los autores más populares. Cuando vino a México, una multitud que quería escuchar sus poemas llenó el Estadio Azteca; estuvo acompañado de David Alfaro Siqueiros. En el prólogo al libro de poemas Adiós, bandera roja (FCE, 1997), Yuri Nehoroshev dice que Evtushenko recorrió México acompañado de Carlos Monsiváis y que conoció a escritores como Carlos Fuentes, Juan Rulfo y León Felipe. Nehoroshev, que además es el presidente de la Asociación de Evtushenkófilos, dice que en sus viajes por Occidente, este poeta visitó a Picasso, Chagall, Max Ernst, Fellini, Eliot y Steinbeck, entre muchos otros. Por eso, escribió: Me gustaría/ nacer en todos los países. Mas el presidente de sus admiradores dice que el segundo amor de Evtushenko es América Latina.
Su Autobiografía precoz fue una lección para los escritores mexicanos. Leamos sus primeras líneas: La autobiografía de un poeta son sus poemas. El resto es sólo su comentario. El poeta tiene el deber de presentarse a sus lectores con sus sentimientos, sus pensamientos y sus actos en la palma de la mano. Luego de este libro, varios escritores mexicanos como Carlos Monsiváis, Salvador Elizondo y Juan García Ponce también escribieron sus autobiografías precoces. Gracias a su libro sabemos que le tocó ver a muchísimos jóvenes rusos que se alistaron para pelear contra Alemania en la Guerra Mundial, y que todos ellos presentían que no regresarían, por lo que decidieron casarse antes de partir: Con todo, esos muchachos tenían su vida, sus amores, sus novias. Y, con todo, había muchas jóvenes que aceptaban convertirse en viudas, tras de haber sido las mujeres de un día para los que amaron. Por eso, Evtushenko decía que la palabra paz nada más tenía significado para las personas que saben qué es la guerra, por eso también decía que él había podido aprender el significado de paz porque conoció la guerra en su infancia.
En 1944, cuando apenas tenía 11 años, llegó a Moscú con su madre. Entonces supo quiénes eran sus enemigos, porque pudo ver a toda la gente que esperaba ver a los 25 mil alemanes prisioneros que estaban a punto de llegar a la ciudad. Allí estaban las viudas, los huérfanos, las madres de los soldados caídos, esperando con rostro de odio hasta que apareció a lo lejos la columna de prisioneros. A la cabeza, marchaban los generales, tensas sus poderosas mandíbulas, escribió. Las comisuras de los labios estaban apretadas, despectivas. Así querían afirmar su superioridad aristocrática sobre la plebe que los había vencido. Los soldados rusos cubrían a los alemanes para que las mujeres no se aventaran contra ellos, pero entonces, llegaron los soldados alemanes, sucios, sin afeitar, pero sobre todo con un rostro de infinito cansancio, sobre muletas y cubiertos de vendas ensangrentadas. Fue entonces que se hizo un silencio inmenso, y una mujer pidió permiso para darle pan a un prisionero que apenas podía sostenerse. Mejor sigamos las palabras del autor de la Autobiografía: Instantáneamente, otras mujeres siguieron su ejemplo y comenzaron a lanzar pan, cigarrillos, a los soldados alemanes vencidos. Ya no eran enemigos. Eran hombres.
Con toda razón, el poeta Andrei Voznesenski dijo: Evgueni Evtushenko inventó el periodismo poético. ¿Pero por qué este escritor ruso fue tan popular en México y en muchos otros países? Me atrevo a pensar que fue tan leído a causa de su sinceridad estrujante, desgarradora, conmovedora. Como los pasajes que dedica a su madre, una bella actriz y cantante, que perdió su salud en la guerra. Cuando la reencontró en el teatro, casi no pudo reconocerla. Fue la victoria que le costó a Rusia la vida de 20 millones de personas y la voz de mi madre, escribió. La madre de Evgueni, por otra parte, no quería que su hijo fuera poeta. Pensaba que era un oficio atormentado, propio de espíritus inestables y que sufrían más que los otros hombres. Su madre le dijo: La poesía nunca te dará una vida tranquila ni dinero. Por suerte para sus lectores, Evtushenko odiaba la tranquilidad y el dinero tanto como amaba la poesía.

El Ángel. Suplemento Cultural de Reforma. 11de marzo de 2012.

jueves, 5 de abril de 2012

Salinger

Navegando por la red me encontré con esta mirada en torno a la vida escrita por J. D. Salinger, un autor cuya obra desborda de un profundo sabor autobiográfico.


miércoles, 4 de abril de 2012

Cómo comenzar una autobiografía


La página web En Plenitud ofrece algunas ideas a tomar en cuenta cuando se ha tomado la decisión de redactar su biografía.

Conociéndose a uno mismo

Este quizás sea uno de los ítems más difíciles de configurar. Muchas personas se definen por el trabajo que hacen, los hijos que han criado, o la posición que han logrado. Pero todo esto es, en realidad, parte de lo que somos, puesto que hay mucho más. Sin dudas existen muchas otras historias detrás de estas definiciones, muchas experiencias que nos han formado, valores que hemos inculcado, y relaciones que hemos gestado.
Estas son las historias que generalmente interesan en las biografías personales, en especial a aquellos profesionales de la escritura entrenados especialmente para ayudar a las personas mayores y sus familias, así como también a los negocios y las organizaciones, a registrar sus historias, únicas y extraordinarias.
En efecto, el campo de las biografías personales es un fenómeno reciente pero creciente, que interesa a gente de todas generaciones. Términos como “historia personal”,”memoria” y “biografía” se encuentran cada vez mas frecuentemente en nuestra vida y cultura.

El sentido de una biografía personal
A medida que nuestro mundo personal cambia cada vez más rápidamente, todos nosotros tenemos la necesidad, -humana y básica-, de saber de donde venimos, para así entender mejor nuestro pasado, aunque el mismo no nos termine de gustar. Por eso, muchos señalan la importancia de que los mayores compartan sus historias personales con los más jóvenes.
La historia no solo se limita a los acontecimientos que forman las naciones, sino que también debería comprender los acontecimientos que han formado a cada uno de nosotros, las lecciones que hemos aprendido, y el legado que queremos dar.

La importancia de registrar la historia de vida personal o de alguien al que se ama
Los biógrafos, o historiadores de vida personal, afirman que registrar las historias de vida personal es una manera poderosa y directa de transmitir los valores familiares, crear conexiones más profundas entre los más adultos y los más jóvenes, y fomentar un sentimiento positivo tanto para oír como para escribir esta y otras historias.
Por eso, muchos coinciden en afirmar que el registrar las historias personales es una manera maravillosa de honorar a nuestros ancianos, ya que el mensaje que se está transmitiendo es que esa persona es importante, su vida tiene significado, y uno quiere escucharla.
Por cierto, existen muchos beneficios en sí mismos para los biógrafos personales, según evidencian algunas investigaciones actuales sobre el envejecimiento. Esto es así por que las reminiscencias son una parte muy saludable en el desarrollo adulto, ya que se comprobó que existen magníficos beneficios terapéuticos en las poblaciones mayoras que se centran en la investigación de su propia u otra vida. Estos beneficios incluyen un mayor amor propio, menores niveles de depresión, y un mayor sentido de significación a la vida.
A medida que crecemos, necesitamos mirar que fue de nuestras vidas, y entender el sentido de las innumerables experiencias, tanto buenas como malas, que nos han formado. Haciendo esto, a menudo se suele encontrar un sentido de paz y determinación para poder continuar con nuestras vidas.
Existe una gran variedad de maneras de registrar la propia historia personal. En primero lugar, debe saber que hay varios formatos de registros para escoger. Por eso, debería considerar si desea que su trabajo final aparezca escrito a mano, en computadora, grabado a voz en discos compactos o casetes, o grabado audiovisualmente en una cinta de vídeo o DVD.
El formato que elija sin dudas condicionará el mismo proceso de trabajo, por lo que debe tenerlo definido desde un comienzo, ya que el trabajo suele comenzar generalmente con una entrevista hacia un miembro familiar o realizada por un entrevistador profesional.
Puede ser que sean necesarias muchas sesiones de trabajo preliminares para diseñar los temas y las historias que se abordarán o serán cubiertas. Algunos historiadores personales afirman que un entrevistador neutral y proveniente del exterior de la familia, permite lograr una narrativa más profunda y comprensiva, antes que un entrevistador de la misma familia. En efecto, este último podría dejar de preguntar cosas que él ya conoce, pero no los demás, o podría diferir con la opinión del entrevistado, tratando de imponer su propia idea en la situación de entrevista.  
De cualquier forma, una vez que la historia se cuenta, se puede preservar en un gran número de maneras. Los archivistas recomiendan que se utilice papel libre de ácidos para imprimir, y cajas plásticas con buen cerramiento para almacenar los papeles, las cintas, los videos, y otros objetos antiguos de la familia.  
A menudo se suele contratar a biógrafos personales profesionales que ofrecen sus servicios de consulta y redacción, así como una variedad de servicios que incluyen videos y entrevistas grabadas de historias de vida, recuerdos familiares, conservación y mantenimiento de árboles genealógicos y documentos, biografías cortas, etc. (consulte en su biblioteca pública local para obtener un listado de los mismos). 
Existen, sin embargo, algunos obstáculos para registrar las historias personales. Tal vez, los mayores tengan que ver con el tiempo y los conocimientos. Si bien muchas personas están muy de acuerdo con que los registros personales y las historias de familia son un ejercicio muy importante, son pocos los que disponen del tiempo necesario como para diseñar y producir un proyecto referente a sí mismo y a sus parientes. En otros casos, algunas personas se sienten a menudo técnicamente incapaces de tratar con las complejidades de la escritura, la investigación, el registro, o la redacción de una historia personal.  
Tal vez algunas personas piensen que su vida no registra nada importante ni emocionante que deba ser contado. Quizá sientan que nadie se interesaría por su vida, menos encantadora o exitosa que la de una estrella de Hollywood. ¡Cuan equivocados están! En primer lugar, si llegan a sentarse tranquilos a redactarla, verán cuan emocionante pudo ser ese primer beso, ese examen crucial aprobado, o muchas de las cosas que sucedieron en su larga y cambiante vida. Además, piense que la historia de sus ancestros, dos siglos atrás, puedo ser menos interesante que en la actualidad, en la cual podemos ver todo un registro de las épocas pasadas… lo mismo les sucederá a sus descendientes, cuando lean su historia en un futuro lejano.
Un viejo refrán señala que "cuando un anciano muere, es como si una biblioteca entera se quemara". El hecho, es que todos tenemos cosas importantes, valores, y experiencias para compartir, las cuales solemos obviar en el trajín diario de nuestras vidas, en las que nos encontramos sin tiempo ni energía para hacerlo.
Pero preservando nuestras historias, podremos darnos a nosotros mismos la posibilidad de haber dejado una huella en nuestro camino, y a nuestros descendientes, la chance de conocer mejor nuestras vidas y nuestros tiempos, esperando que nuestra experiencias los ayude a manejarse en la vida y los nutra con todo nuestro amor.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Memoria Personal de Antoni Tàpies

Esta semana presento Memoria personal. Fragmento para una autobiografía del artista plástico, este volumen reúne las memorias de Antoni Tápies. El imprescindible relato de sus experiencias en la Barcelona previa, posterior y contemporánea a la Segunda República, la guerra civil, Madrid bajo el régimen franquista, París durante el existencialismo y Nueva York en la década de 1950 aparece acompañado en esta edición por imágenes históricas de varia proveniencia, algunas de ellas del archivo familiar y privado del artista. La relación personal y la confluencia artística de Tápies con Picasso, Miró y Duchamp, entre otros, su periplo en torno a las ideas de modernidad y de vanguardia, y los acontecimientos históricos de su vida, desde su nacimiento en 1923 hasta mediados de la década de 1970, nos ofrecen una aproximación única a las fuentes y al desarrollo de su obra. Dados los vínculos entre las facetas de artista y de escritor en la obra de Tápies, este volumen incluye una cronología y una selección de imágenes que muestran el despliegue de su lenguaje artístico desde la década de 1940 hasta la actualidad.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Hallado al pasar.

La Red nos ofrece curiosidades como la que presento a continuación, un valioso ejemplo de brevísima autobiografía. Su contenido encierra una verdadera declaración de principios.


miércoles, 7 de marzo de 2012

Las 11 mejores biografías y memorias de 2011


Para cerrar el año el sitio web Brain pickings publicó lo que a su criterio le parecen los mejores libros biográficos y de memorias del año pasado.
Se trata de un puñado de interesantes ejemplos, de estilos diversos. En esta lista se incluyen trabajos tan atractivos como el dedicado a Marie y Pierre Curie, o más convencionales como el que trata sobre Steve Jobs, pero sin duda todos son una muestra perfecta de que el género autobiográfico no tiene porque se monótono ni aburrido.

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lunes, 4 de abril de 2011

Escribirse: la autobiografía como curación de uno mismo



Te presento un resumen del primer capítulo del libro titulado Escribirse: la autobiografía como curación de uno mismo (editorial Paidós), del autor italiano Duccio Demetrio. De verdad, inspira para tomar pluma y papel y empezar.





Un día, quizá por casualidad
Autobiógrafos por pasión

Hay un momento en la vida en que uno siente la necesidad de relatarse de un modo distinto al habitual… Es una sensación, un mensaje que nos llega de improviso, sutil y poético pero capaz de asumir forma narrativa… Esta necesidad de contornos imprecisos, que puede permanecer por el resto de la existencia como una presencia incompleta, recurrente e insistente, toma el nombre de pensamiento autobiográfico.
Sólo en este caso, además de convertirse en un proyecto narrativo completo, un diario retrospectivo,  historia vital y vida novelada, da sentido a la vida. Permite a quien se encuentra casi invadido por este pensamiento tan particular, sentir que ha vivido y que todavía está viviendo, que la pasión por el propio pasado, se transforma en pasión por la vida posterior.
El pensamiento autobiográfico, incluso cuando se dirige hacia un pasado personal y doloroso, de errores u ocasiones perdidas, de historias mal acabadas o simplemente no vividas, representa siempre un pacto con lo que uno ha sido. Dicha reconciliación –desde luego una absolución nada fácil- proporciona al autor de su propia vida una paz interior.
Porque observar como espectadores nuestra propia existencia no es simplemente una operación despiadada y severa. La reconciliación, la compasión, la melancolía son sentimientos que, apaciguando nuestra subjetividad, la abren a nuevos horizontes. Cuando el pensamiento autobiográfico conoce y desvela estos instantes afectivos, abandona su origen individualista y se convierte en algo muy distinto… el egocentrismo que parecería caracterizarlo se transforma en un altruismo del alma; deja una huella benéfica…
Por este motivo, el pensamiento autobiográfico en cierto modo nos cura; relatarnos nos hace sentir mejor, se convierte en una forma de liberación y de reunificación.
… Mientras nos representamos y reconstruimos “revelamos los negativos de nuestra vida”. Nos hacemos cargo de nosotros mismos y asumimos la responsabilidad de todo lo que hemos sido y hemos hecho y que, llegados a este punto, no podemos sino aceptar.
Cuando repensamos lo que hemos vivido, creamos otro yo. Lo vemos actuar, equivocarse, amar, sufrir, disfrutar, mentir, enfermar y gozar: nos desdoblamos, nos multiplicamos y nos situamos en dos lugares al mismo tiempo.
…cada uno de nuestros recuerdos es siempre una invención nueva y distinta; una pálida imitación de lo que nos ha sucedido realmente, cuya huella permanece en nosotros, por el hecho de que aquel acontecimiento fue “tan fuerte” que determinó el curso de nuestra vida y la vivencia de algún segundo de belleza, de lucidez mental, o viceversa, de silencio, oscuridad, extrema soledad o intensa locura.
Los “yos” que hemos sido y que continuamos siendo y queriendo ser gracias al recuerdo, entre sentimientos de añoranza y de plenitud, es justo que continúen vagando sin rumbo. Tenemos la necesidad de seguirlos viendo improvisar, errar, traicionar, contradecirse y tropezar de nuevo con sus mentiras y sus salidas de tono leves o exaltadas.
La necesidad del adulterio sicológico contra ese yo dominante que, pretendiendo siempre representar nuestra conciencia, ha acabado por confundirla con la “razonabilidad”, con el sentimiento del deber, con el pedante problema de mostrar una coherencia con el mundo y con uno mismo, es intrínseca a la vida de mujeres y hombres.
El trabajo autobiográfico reduce el yo dominante y lo degrada a un yo necesario, yo tejedor, que reconstruyendo, construye y busca la única cosa que vale la pena buscar y que constituye el sentido de nuestra vida y de la vida en general. Una búsqueda destinada a quedar incompleta porque por lo que parece, nuestra mente no ha sido programada para encontrar una respuesta convincente si no es en la fe.
Pero resulta erróneo y deprimente vivir la autobiografía como una medicina para liberarse del propio pasado, distanciándose de él. La verdadera curación de uno mismo, hacerse cargo realmente y hacer las paces con nuestras propias memorias, probablemente empieza cuando el que entra en escena ya no es el pasado sino el presente, que transcurre día a día añadiendo otras experiencias. La autobiografía no sólo consiste en revivir: es también volver a crecer para uno mismo y para los demás. Por ello la autobiografía es un viaje formativo y no un ajuste de cuentas.
Sólo entonces descubriremos que hemos abierto y estudiado los libros de nuestra biblioteca interior que habíamos ido escribiendo sin darnos cuenta. Y en los cajones de la memoria encontraremos todos los géneros literarios.
Descubriremos también que la actividad de la mente y todo el material necesario para emprender el proyecto de revivir a fondo nuestra vida, llenan completamente nuestra existencia que quizá nos parecía vacía de acontecimientos.
Hay dos sensaciones psicológicas que hallamos durante este proceso interior de reconocimiento: la saciedad y la insaciabilidad de vivir. El trabajo autobiográfico sirve para “nutrirse” de existencia. Hasta el límite de las posibilidades que la capacidad de la memoria o la imaginación nos permite.
La búsqueda de la unidad y el descubrimiento de la multiplicidad, constituyen el ritmo musical, la banda sonora, del trabajo autobiográfico.

lunes, 28 de marzo de 2011

La autobiografía

¿Nos hemos preguntado cuándo apareció la autobiografía como expresión escrita del ser humano?, ¿sabemos dónde se publicaron los primeros textos de este género? o ¿a qué necesidades responde el desarrollo de la escritura autobiográfica?
El libro Autobiografía, de Georges May (Fondo de Cultura Económica, 1982) abarca todo lo que se nos pueda ocurrir preguntarnos acerca de la naturaleza de la autobiografía, escrito de una manera tan clara y amena que se antoja leerlo completo y sin interrupción. Presentamos en este espacio sólo un capítulo, en el que nos enteramos de que el origen de la escritura autobiográfica puede situarse desde el siglo IV en occidente, pero puede considerarse posterior, dependiendo del concepto de autobiografía que se maneje. 

lunes, 21 de marzo de 2011

Enseñar a la gente a escribir su vida

Segunda parte de la síntesis del capítulo: “Enseñar a la gente a escribir su vida”, del libro titulado “El pacto autobiográfico y otros estudios” de Philippe Lejeune, editado por Megazul-Endymion, Madrid, 1994.
…la autobiografía, es una actividad propia de la madurez o de lo que actualmente se llama la tercera edad… La oferta es reciente, y forma parte de un importante movimiento social, al igual que el desarrollo de la psicología, la aparición de la historia oral y la difusión a través de los medios de comunicación de lo “vivido”, que tratan de llamar la atención del individuo sobre sí mismo.

¿Cómo?
Queda la cuestión del how. Tiene dos aspectos: el del medio del aprendizaje, y el de los medios utilizados (entre los cuales distinguiré los modelos y las pistas).

1. El medio… Como se trata de aprender a escribir, el libro es quizás más indicado. Pero en la autobiografía el libro difícilmente puede suplir la relación con el otro, necesaria para el proceso. Sin duda, hay que distinguir dos funciones posibles del manual: la función de estimulación y la de aprendizaje propiamente dicha. Para estimular, el libro tiene que ser corto, directo y sencillo. O si es largo, tiene que intentar ser persuasivo a través de un discurso repetitivo que tranquilice al candidato autobiógrafo, familiarizándole con algunas ideas fundamentales… Me parecen más idóneos para empezar, libros menos sofisticados y más desordenados, que se pueden hojear como una guía de bricolage…
Al libro hay que añadir, bajo una forma u otra, una relación interpersonal. Sólo ella podrá estructurar y mantener el tiempo necesario para el aprendizaje… Muchas tentativas autobiográficas de aficionados se quedan en un preámbulo escrito en un día en el que se encontraban animados o en unas notas preparatorias. Sin duda, uno acaba decidiéndose el día en que de repente comprende por qué hay que escribir…
Esta relación puede adoptar diferentes formas: en cualquier caso supone el consentimiento y excluye la autoridad. Supone sobretodo un sentimiento de seguridad: hay que tener confianza en el formador, hay que tener la seguridad de que uno no va a ser agredido por los otros miembros del grupo…
Deseamos escribir para llenar un vacío, recuperar una relación perdida…

2. El modelo… El diario tiene que obedecer a unas reglas de presentación que harán fácil una nueva lectura por parte del interesado, pero no ha por qué seducir e informar a un lector, no tiene que seguir ninguna regla de composición. Incluso a veces, hay que conservar el carácter intimista, ante la tentación del over-writing, que impide la sinceridad.
Al iniciar su trabajo, el aprendiz de autobiógrafo tiene un cierto sentimiento de competencia: el relato que va a escribir ya existe, al menos, virtualmente en su mente… pero el narrador se queda siempre sorprendido, y a menudo bastante decepcionado, cuando lee la transcripción de lo que ha dicho… La comunicación escrita obedece a otras leyes… los manuales enseñan estas leyes que utilizan los escritores profesionales cuando tienen que redactar… Saber conectar con el lector. Contar una anécdota de forma interesante, y darle un significado… Sobretodo, ser siempre específico, preciso y concreto. Dar al conjunto del relato una progresión y un ritmo… André Conquet da ocho consejos: 1) el lector prefiere las frases cortas; 2) llamen a cada cosa por su nombre; 3) intenten conservar las expresiones familiares; 4) eliminen las palabras inútiles; 5) verbos en activa, por favor; 6) escriban como hablan; 7) utilicen imágenes; 8) la uniformidad aburre… La riqueza del género autobiográfico se debe a que, siguiendo el ejemplo del género novelesco, puede echar mano de todo: poesía, reflexión teórica y de la propia novela.

3. Las pistas. Resulta duro aprender a “redactar” aunque sea indispensable. Es la parte pensum del asunto. Aparece siempre en último lugar: ningún manual sugiere que la escritura puede ser un medio de invención, siempre es tratada como medio de exposición de un material ya encontrado por otras vías… La memoria es un laberinto, el lenguaje también: y creo que la autobiografía es una variedad del juego de pistas, para la cual se pueden dar reglas, inventar itinerarios… ciertamente, creando formas nuevas, nos arriesgamos a romper la comunicación. Pero a la inversa, facilitando la comunicación a través del uso de técnicas convencionales, nos arriesgamos a perder lo que quizás tuviéramos de nuevo que aportar.
…Empezar a escribir una autobiografía es invertir la relación que normalmente se mantiene con la propia vida. Es convertirse imaginariamente, en el dueño y señor. Mi vida es una isla que voy a dominar con la mirada, cuyo mapa voy a realizar.
… Lo más interesante son las pautas para empezar, todo aquello que nos hace salir de la evidencia opaca del presente… Sólo tendrá la posibilidad de producir algo si se apoya en una relación con otro o en una reflexión teórica que permita volver a situar las causas y los efectos. En cualquier caso, lo que hay que hacer es empezar… La pregunta que me parece mejor, que propone Paul Le Bohec, es la siguiente: ¿me podría hablar de su nombre y de su apellido? ¿A qué le recuerdan? Según mi experiencia, es una pregunta fundamental e inagotable. Querido lector, le cedo la palabra. ¿Cómo se llama?

lunes, 14 de marzo de 2011

El pacto autobiográfico

Esta vez presento una síntesis del capítulo “Enseñar a la gente a escribir su vida”, del libro titulado “El pacto autobiográfico y otros estudios” de Philippe Lejeune, editado por Megazul-Endymion, Madrid, 1994.

¿Es posible enseñar a la gente a escribir su vida? ¿Dónde y por qué se enseña la autobiografía? Se me ocurrió investigar sobre este tema al fijarme que en las bibliografías norteamericanas citaban constantemente nuevos manuales pedagógicos sobre el tema de la autobiografía, o guías prácticas dirigidas al público en general: How to write your personal history. Nunca había visto libros de este tipo en Francia. ¿Se trataba de una especialidad norteamericana? En cierta manera, sí… La única producción significativa se da en Estados Unidos...
Quizás, antes de presentar los resultados de la misma, tendré que confesar la actitud ambigua que he tenido como investigador. A un mismo tiempo abierto y desconfiado.
…tenía otra razón para ser curioso: puede que respondieran a cuestiones que me planteaba en tanto que profesor. ¿Resultaría normal que diera clases sobre el género autobiográfico (y, lo que es más, sobre la “autobiografía actual”) sin proponer a los estudiantes que practicaran ellos mismos el género? Y, ¿si lo intentara, cómo lo haría?
Adoptaba una actitud desconfiada… “Si escribo mi vida, es para construir mi identidad con un lenguaje personal, o para legar una experiencia singular. Ahora bien, desde el principio el autor del manual parece saber ya en qué marco se sitúa mi unicidad, y conoce los medios que me permitirán comunicarla. Me veo relacionado con la generalidad: mi unicidad es… un hecho de serie… Mi vida ya está escrita por adelantado…”. Sin duda había en ello también otra reacción, francesa y elitista: “La escritura es algo que no se enseña”.
… Esta investigación me llevó finalmente a modificar mi práctica pedagógica. La lección fundamental que he sacado de ello es que en tales aprendizajes lo importante no es la retórica o el arte de escribir, sino la petición de escucha, la búsqueda del destinatario, la relación que se crea, y que hace posible todo lo demás.
Mi propósito aquí será simplemente organizar mis planteamientos, y poner un poco de claridad en este campo sin duda heteróclito en el que he reunido todo lo que tenía relación con el aprendizaje de la autobiografía… Pero antes de la cuestión del cómo viene la del por qué.

¿Por qué?
Desde el punto de vista de la oferta, nos podemos preguntar de dónde provienen las personas que proponen sus servicios a los aprendices autobiógrafos. ¿Qué tipo de autoridad o de competencia alegan? ¿Qué servicios ofrecen y con qué finalidad?

Veamos cinco situaciones posibles:

1. Los profesionales de la escritura, que venden una habilidad. Es el caso de una empresa recientemente creada, SOS Manuscritos, a la cual pueden dirigirse personas que quieren escribir su vida, o que ya la han escrito pero quieren mejorar su texto. Se estudia el caso, se hace un presupuesto, para un trabajo de elaboración o de reconstrucción con el cual se les asocia. “En lo que a mí se refiere, tengo la impresión de desempeñar el papel de confesor, de partero, de psicoterapeuta”, dice Michel Dansel fundador de la empresa… Allí van a buscar, a la vez que consejos técnicos, una atención personalizada, lo que un manual nunca podría ofrecer.
Se pueden proponer otro tipo de servicios a candidatos autobiógrafos, pero no implican un aprendizaje de la escritura. De entrada la oferta de “libros en blanco”, con encuadernación de cuero, destinados a lo que se escribe y conserva en ellos, entre otras cosas, “diario íntimo, carrera profesional, aventuras sentimentales, historia familiar, matrimonios”, etc…  Finalmente la oferta, que de por sí es decepcionante, de “publicar” por cuenta del autor, tres mil ejemplares del texto autobiográfico (u otro) que ha escrito. Existe pues todo un mercado de la autobiografía.

2. Los profesionales de la enseñanza en lengua materna (es decir, los profesores). En Francia, el ejercicio de la redacción tradicionalmente es considerado como elemental y reservado a las clases de los pequeños. Cuando se hacen mayores, hacen disertaciones, que es algo más serio. Por otra parte, el mundo académico y extra-académico están, en la mente de los alumnos y de los profesores, claramente separados. De ahí la sorpresa y el escepticismo del profesor francés cuando lee manuales de aprendizaje de la autobiografía destinados a estudiantes, y que parecen corresponder a una práctica pedagógica real. Estos manuales ofrecen una programación metódica en el aprendizaje, dan modelos sacados de los mejores autores clásicos y contemporáneos, proponen “ejercicios”. La finalidad, por ejemplo, que se propuso Lyons, es la de enseñar a los estudiantes a escribir y a componer. La autobiografía le parece un buen terreno de aprendizaje, porque el niño ya conoce el tema a tratar (¡), y puede centrar todo su esfuerzo en la escritura y en la composición. El libro de Porter y Wolf tiene un propósito menos utilitario, está más centrado en los grandes problemas existenciales, que refleja la autobiografía. El problema consiste en saber si esta oferta responde a una demanda, y qué tipo de compromiso adopta el profesor en sus relaciones con los alumnos. Tal enseñanza, sin duda, sólo es convincente si el profesor ya ha hecho y sabe hacer lo que pretende enseñar…

3. Los aficionados misioneros. Entiendo por ello, todos aquellos que, al haberlo pasado bien redactando su autobiografía o llevando un diario, se les ha metido en la cabeza enseñarlo a los demás. A menudo el libro es en sí mismo el resultado de una práctica pedagógica real (seminarios, cursos, talleres) y prolonga una especie de “cruzada” que es tan moral como literaria…

4. Los profesionales de la formación, para quienes la autobiografía (oral o escrita) del formado es en esta ocasión no una finalidad sino un medio. Su propósito no es enseñar a la gente a escribir su vida, sino simplemente a vivir, tomando conciencia de su pasado. En un segundo plano, y en el origen histórico, de este movimiento, está claro que está el psicoanálisis, en la medida en que fomenta sistemáticamente la amnesia del paciente, y ve en la revisión y la expresión del pasado uno de los medios de la “cura”… No tiene nada que ver con lo literario: el saber en el que se apoya el formador es de carácter psicológico y sociológico, y los textos que se escriben sólo son el testimonio y resultado de un trabajo de transformación de uno mismo. Al igual que las palabras que se intercambian en el análisis, sólo tienen plenamente sentido para aquellos que han vivido esa experiencia.

5. Por último, los catalizadores, aquellos cuya oferta es sólo la de una atención, o de una lectura, y que, sin dar ningún consejo y sin intervenir, desencadenan en los demás un deseo de escritura y las hacen pasar al acto. A menudo suele ser un proceso involuntario: en las entrevistas de historia oral, el entrevistado, que gracias a las preguntas empieza a recordar su pasado y comprueba el interés que suscitan sus respuestas, se suele animar a escribir su vida, compra un cuaderno y empieza…
¿Y la demanda? Nunca se ha llegado a hacer una encuesta estadística sobre las prácticas de escritura personal… El público al que va dirigido los libros norteamericanos está fundamentalmente constituido por personas a las que les gustaría escribir pero no se atreven. El destinatario del manual se supone que está ya convencido del interés de la escritura personal… El bloqueo del demandante puede ser de dos tipos diferentes. Bloqueo ante la propia escritura, relacionado sin duda con la clase social y la educación… Pero tales bloqueos se encuentran de hecho en todos los medios, y son a menudo la tapadera de otro tipo de bloqueo, más importante, que es el de la comunicación, o de un bloqueo ante la propia vida. La necesidad fundamental es entonces la de una atención, y la de una relación estructurante y que dé seguridad.
…la autobiografía, es una actividad propia de la madurez o de lo que actualmente se llama la tercera edad… La oferta es reciente, y forma parte de un importante movimiento social, al igual que el desarrollo de la psicología, la aparición de la historia oral y la difusión a través de los medios de comunicación de lo “vivido”, que tratan de llamar la atención del individuo sobre sí mismo.

lunes, 7 de marzo de 2011

La biografía como conversación



A propósito de la biografía de Virginia Woolf  escrita por Hermione Lee (1977), la Revista de Libros le dedicó un interesante artículo sobre el sentido de escribir biografías, tema intimamente ligado a nuestra materia de estudio.


LA BIOGRAFÍA COMO CONVERSACIÓN
Patricia Waugh

En cierta ocasión, el filósofo Maurice Merleau-Ponty señaló oportunamente que durante la experiencia de escribir se siente uno como si dejara atrás continuamente el yo que fue o que es. Cuando la tarea de escribir involucra un intento, tan centrado en el yo, como el de poner límites a otra vida, la experiencia particular de escribir una biografía, entonces el sentido de ese yo en la escritura, una suerte de náufrago, es más evidente. Sea bienvenido, pues, que el empeño épico de Hermione Lee de aprehender la vida de Virginia Woolf comience con un humilde eco de la imposibilidad sisífea de llevar a buen término semejante empresa. El libro se abre con estas palabras de la propia Viginia Woolf: «¡Dios!, ¿cómo se escribe una biografía?» (más adelante, Hermione Lee recordará palabras de la escritora, al volver a tratar sobre este asunto; la propia Virginia Woolf, ya cerca del final de su vida, luchaba para concluir la biografía de Roger Fry, y le dijo a su sobrina Angelica Bell: «¿Tú crees que puede escribirse una biografía? Yo lo dudo, porque hay gente por todas partes»). Desde el primer renglón de este inteligente trabajo, fundado en una investigación irreprochable, el lector es muy consciente de la preocupación de su autora por no perder de vista la tenue línea que, al escribir la vida de otro yo, separa lo artístico del narcisismo; aísla la recreación empática de la poco honrada proyección personal. Acaso en mayor medida que ningún otro arte, la biografía reclama del escritor tanto la identificación proyectiva como la lucha para evitar los efectos distorsionadores de un exceso de identificación «proyectiva»; debe librarse el biógrafo de los efectos de leer al otro inconscientemente en términos de obsesiones y preocupaciones propias. La biografía solicita una empatía disciplinada, pero no necesariamente una simpatía incondicional (esta biografía contiene ambas en una relación perfecta). No es lo mismo empatía que simpatía, aquélla implica la capacidad para ponerse en el lugar del otro, ésta pide un añadido de compasión. De aquí que pueda cualquiera servirse de la conciencia empática de la vulnerabilidad del otro para torturar o hacer sufrir a los demás; y, ciertamente, podría decirse que tal vez la crueldad se diferencie de la mera brutalidad a causa precisamente del inteligente uso que hace de la conciencia empática. El biógrafo debe poseer esta empatía, y, cuando sea necesario, debe saber expresar, con equilibrio, su simpatía hacia el sujeto biografiado. Son muchas las biografías de Virginia Woolf que se han servido de la empatía para pintar crueles retratos de histeria y neurosis. Otras han sido tan explícitamente simpatizantes que han sido injustas hacia quienes la rodearon, personas de su familia: Leonard, Vanessa; amigas: Ottoline Morrell, Ethel Smyth. La empatía es el rasgo emocional más relacionado con la categoría artística de la «capacidad negativa»; ambos son un modo de protección contra los peligros de la identificación narcisista (en esto pensaba Wilde cuando decía que un retrato de cualquier pintor es su autorretrato). La empatía es el equivalente para el biógrafo de esa «capacidad negativa» que debe poseer el artista creativo. En la medida en que Virginia Woolf posee esta última, Hermione Lee es dueña de la primeEste es uno de los motivos por el que esta biografía es, con gran diferencia, la más convincente y la más inteligentemente receptiva de todas las que hasta hoy se han escrito sobre Virginia Woolf. El estudio de Hermione Lee se abre con una exposición muy meditada que trata de sus propios hallazgos acerca de las dificultades de escribir una biografía. Al dirigir a la novelista las palabras sobre las dificultades de escribir una biografía, se identifica la biógrafa con la escritora en lo que se refiere a las dificultades del oficio. Es capaz de comprender cómo se sentía Viginia Woolf, porque se trata de una experiencia que comparte con ella, aunque a su manera, con su matices. A través de las novecientas páginas de este bien documentado libro, de fácil lectura, sin embargo, tendrá que reconstruir y narrar experiencias que no puede haber compartido con la persona biografiada, y con frecuencia lo hará desde ese punto de vista que le otorga el poseer documentación de la que Virginia Woolf no sabía nada. La autora de esta biografía deberá evitar sucumbir a la tentación de creer que conoce a Virginia Woolf «mejor» que ella (mejor incluso que los médicos que la trataron), porque la conoce desde puntos de vista desconocidos para la escritora. Respecto de este asunto, nunca yerra el delicado pulso de Hermione Lee: se advierte al leer este libro que al traer los ecos de aquel deseo de Virginia Woolf de narrar biografías femeninas respeta asimismo la idea de la escritora de que puede verse el mundo como mujer, sin necesidad de internarse en ningún árido desierto de la conformista y poco honrada corrección política. (Ni siquiera llega a decir esto la autora, pero siente el lector que esta consideración sobrevuela todas y cada una de las páginas del libro.) Las teorías de la escritora acerca de la biografía, tan cargadas de metafísica, no han sido obstáculo ni han disuadido a los muchos historiadores positivistas de la literatura que se han lanzado a escribir esas biografías de Virginia Woolf supuestamente definitivas. Acaso sea muestra de estos tiempos tan conscientes de la reflexividad lingüística, y no lo es menos de la sensibilidad de Hermione Lee hacia la protagonista, el hecho de que la biografía comience con una meditación acerca de las condiciones de la escritura y acerca de las relaciones de la biografía con cierta tradición. Casi es inevitable, hoy en día; quienquiera que se acerque a escribir de nuevo sobre Virginia Woolf debe prepararse para desbrozar sucesivas sedimentaciones de palimpsestos que se han depositado en torno a los mitos de la enfermedad, la locura, el esnobismo, el culto a Bloomsbury; sedimentaciones que han aprisionado y aun oscurecido la imagen de la escritora desde hace cuarenta años. Hay que volver a examinar los mitos, deben someterse a toda la variedad de nuevas pruebas que han aflorado en estos tiempos, y deben repudiarse si no están a la altura de las pruebas, si no son plenamente satisfactorios. No obstante, Hermione Lee sabe reconocer hasta qué punto los mitos son poderosos, precisamente porque su indeterminación cultural impide que sean deconstruidos con facilidad, porque nacen en comarcas del inconsciente cultural colectivo, en la región de los deseos y los miedos, y no pueden verterse fácilmente al lenguaje analítico ordinario (la propia Virginia Woolf fue siempre refractaria al psicoanálisis, en un ensayo publicado en 1920, Novela freudiana, defendió la idea de que la ciencia no puede interpretar la conducta humana, porque la gente, de forma inevitable, se convierte en «casos» clínicos). El capítulo dedicado a la enfermedad mental de Virginia Woolf proporciona un excelente ejemplo del método de trabajo que se sigue en el conjunto de la obra. Presenta la experiencia de la enfermedad no sólo desde el punto de vista de la paciente que se esfuerza por interpretar lo que le está ocurriendo, no sólo desde la perspectiva de quienes más próximos a ella se hallaban, Leonard o Vanessa, que la atendían a diario, y, en fin, no sólo a través de los ojos de los médicos que le recetaban medicinas o «curas de reposo», sino a través de las muchas teorías acerca de la enfermedad mental prevalecientes en la época: darwinistas, freudianas, religioso-morales. (Para explicar el contexto de la enfermedad, aduce incluso el testimonio de la farmacopea contemporánea que indica que muchos de los síntomas de la enfermedad de Virginia Wooolf nacieron o se exacerbaron por causa de las medicinas y drogas que le recetaron.) Muestra a Virginia Woolf durante el proceso de aceptar o rechazar las diferentes explicaciones; la muestra luchando, sirviéndose a menudo del vehículo de la prosa narrativa, para crear la expresión propia de su enfermedad, una expresión con la que sentirse satisfecha. A decir verdad, Hermione Lee llega a decir incluso que hay una relación profunda entre el arte de las vanguardias y la experiencia de la enfermedad, que el horror de la incomunicación, la aparente inaccesibilidad del yo íntimo propician la aparición del yo del arte de las vanguardias como representación, ese yo al que ocultan una miríada de atuendos experimentales. Sabe captar la sensación de precariedad que esto involucra, sabe captar la sensación de Virginia Woolf: «El equilibrio entre lo exterior y lo interior es, después de todo, asunto muy precario. Dependen el uno del otro íntimamente. Si los sueños se separan excesivamente de la realidad, se convertirán en una suerte de locura que en el artista generalmente reviste la forma de la evasión». Hermione Lee se las arregla para respetar las palabras de Virginia Woolf en el retrato que pinta de ella, se las arregla para leer la biografía de Virginia Woolf desde el punto de vista de la propia escritora acerca de las biografías y de la comprensión del yo. Logra explicar, además, de forma hermosa y acertada, al desenredar de forma gradual los diferentes aspectos de las biografías sobre Virginia Woolf publicadas en estos cuatro últimos decenios, la historia de una suerte de evolución crítica que, a su vez, puede leerse como una especie de historia cultural e intelectual de las letras británicas del siglo XX : Virginia Woolf, la delicada dama escritora, la proveedora del arte simbolista de las vanguardias, la Proust de la novela inglesa, y, desde hace poco, la activista política, la desconstructora de la «anglicidad» de Inglaterra, la precursora del yo posmoderno prefigurado en forma de espíritu de la calle, de nómada. La secuencia de los retratos de Virginia Woolf, al igual que la procesión dramática de su propia novela Entre actos, ofrece no tanto la ficcionalización del yo cuanto la narrativización de la identidad en la Gran Bretaña del siglo XX . Hermione Lee arroja luces deslumbrantes sobre cómo la propia ficción constituye una forma de progresiva autobiografía sometida a continua revisión, en la que Virginia Woolf lucha contra lo que denominaba el «maldito yo vanidoso», pero que se ve obligada a regresar una vez tras otra a su misteriosa y cambiante opacidad. Con la responsable honradez que la caracteriza, Hermione Lee es muy cauta y cuidadosa en lo que se refiere a la interpretación de la biografía de Virginia Woolf, pero es atrevida y creativa cuando habla de la obra narrativa. En Al faro, su novela más famosa, la propia Virginia Woolf se comparaba a sí misma con un pez en el agua, que tuviera que nadar en medio de extrañas y tenebrosas corrientes, pero que de vez en cuando diera un salto sobre la superficie: por ese salto es por lo que se nos conoce, dice. El triunfo de la biografía de Hermione Lee consiste en que no sólo logra captar la complejidad del mundo de la escritura del yo de Virginia Woolf, las identidades de su narrativa, sino también sus relaciones intrincadas y profundas, aunque evanescentes, con los aspectos triviales o mundanos de vivir la vida –tan llena de liturgias familiares–, con la penalidad de ganarse el sueldo, con las discusiones del mobiliario de cada casa, con los libros leídos, con las conversaciones entre todos un año tras otro. El propio estilo de Hermione Lee y la disciplina analítica que lo acompaña crean una ventriloquía fiel pero vagamente irónica de las diferentes voces de la escritora. Todo (amigos, casas, matrimonios, familias, reputaciones) es aquí, con palabras de la propia Virginia Woolf, sólido y cambiante, granito y arco iris, público y privado, compuesto como en una fotografía de estudio, pero, a la vez, fluido como los pensamientos que se deslizan por la mente al pasear por cualquier calle. Hermione Lee derrota cualesquier prejuicios provenientes de la falacia patética, y presenta el yo de Virginia Woolf como una escritura propia, que es sucesivamente ingeniosa, contemplativa, privada, firme, vacilante, irónica, plena de simpatía. Como si fuera la huella de un recuerdo, pero a la vez con la fuerza de la presencia inmediata, Virginia Woolf brota de forma misteriosa de estas páginas, casi como si estuviéramos escuchando detrás de la puerta una especie de muy larga conversación que la biógrafa sabe que nunca podrá concluir. De igual forma Virginia Woolf se construyó a sí misma mediante las palabras que derramaba su pluma: se disfrazó de novelista, crítica, biógrafa, panfletista, escritora de diarios, propagandista, corresponsal, ensayista; de igual forma el propio poder de Hermione Lee para reconciliar lo sólido y lo cambiante (parece como si nunca hubiera habido contradicciones entre uno y otro) nos ofrece una biografía en la que Virginia Woolf seguro que se hubiera reconocido en toda la poliédrica complejidad de su vida pública y privada. Nos recuerda, Hermione Lee, ciertamente, que uno de los logros más relevantes del círculo intelectual de Virginia Woolf fue el de derribar estas barreras, y coloca este hecho como eje central de su empeño feminista. En 1940, escribía Virginia Woolf a Ethel Smyth: «Pensaba ayer por la noche en que nunca ha habido autobiografía femenina. Nada comparable a Rousseau. La razón, supongo, debe de ser la castidad y la inocencia». Este deseo de escribir las biografías no narradas de las mujeres se convirtió en una de las fuerzas motrices de su prosa, narrativa o no: el deseo de explorar en términos relacionados estrictamente con la experiencia femenina de por qué nuestras vidas deberían ser, según el famoso aserto de T. S. Eliot (elaborado posteriormente por Barthes), una evasión de nosotros mismos. Pero Hermione Lee capta con hermosura en su estudio una de las paradojas centrales de la propia escritura de Virginia Woolf dedicada al yo: la idea de que se sabe más de nosotros mismos cuanto más esfuerzo ponemos en ocultarnos, que mediante nuestras exhibiciones públicas. Es opinión común que el apetito de vanagloria es un fracaso del control de sí, del autocontrol, pero el remedio nunca debería ser la negación de sí, el borrarse a sí misma; actitudes estas que son muy femeninas, actitudes que Virginia Woolf asociaba con la generación de sus padres. Virginia Woolf se dio cuenta, mucho antes de todas las teorías posmodernas sobre la mascarada o los disfraces, de que el yo de nuestra actuación continua se derrumba ante una división entre lo público y lo privado demasiado estricta; que somos el público espectador de las propias representaciones de nuestro yo, en los momentos de intimidad no menos que en el escenario de la vida pública. Hermione Lee capta con extraordinaria sutileza la forma en que las complejas relaciones de Virginia Woolf (por ejemplo, con otros escritores) brotaban de una compleja transacción de transferencia y contratransferencia. De forma que su idea de Katherine Mansfield, por mencionar una de estas relaciones, se halla mediada siempre y en primer lugar por esa otra idea de sí misma y de Katherine Mansfield como escritoras, creaciones del mundo literario, creaciones que de forma inevitable se hacen interiores; así pues ver a los demás exige mirar siempre –aunque no siempre se pueda ver– hacia una galería de ojos vigilantes y calculadores que filtran de forma oscura la propia mirada. Ser escritora es ser propiedad pública, es serlo de dos formas diferentes, consiste en estar despojada públicamente del yo, y en ser muy consciente de la imposibilidad de acceder a ese otro yo interior, al confidente escondido y secreto que elude cualquier oposición simplista entre público y privado. Como señala Hermione Lee, Virginia Woolf fue además una lectora incansable, desde muy joven mantuvo siempre un calendario de lectura muy riguroso, como forma de autodidactismo, como esfuerzo para superar la exclusión patriarcal de las mujeres del sistema educativo. Libros y personas se convirtieron en elementos intercambiables, entes que podían leerse. Señala Hermione Lee, además, que debemos tomar precauciones ante semejante intercambiabilidad: «Hay algo preocupante en quien necesita pensar en las personas como si fueran libros. Es un síntoma defensivo, acaso, de frialdad y temor, pero también de interés». Es un síntoma también, quizá, de que, al igual que lo público y lo privado, no pueden separarse libros y personas de la experiencia del yo; para una escritora, en particular, tampoco pueden separarse el arte y la vida. Hermione Lee nos recuerda que tratar a las personas como si fueran libros es tanto un síntoma de interés como de posible defensa; seguro que para Virginia Woolf la experiencia de la lectura, la experiencia de los «lectores comunes» es una absorción de lo exterior y de lo interior del yo. Aunque se recobre el yo después de la absorción, como sucede en el caso del amor, nunca es el mismo yo el que se recupera. Cita Hermione Lee una carta de Ethel Smyth que señala hacia esta relación entre la lectura y el amor romántico (como opuesto al mero deseo físico): «A veces me imagino la vida en el cielo como una lectura continua e inagotable. Es un trance incorpóreo e intenso como el que se apoderaba de mí cuando niña [...] la lectura es una completa aniquilación del yo que se erige como esa otra parte autónoma del cuerpo que no me atrevo a nombrar». Comparte Hermione Lee con Virginia Woolf el sentido de la misteriosa experiencia de la intimidad que puede nacer de la lectura. Al comienzo de la obra escribe acerca de la curiosa sensación que tiene el biógrafo de conocer al sujeto de su interés mejor que el propio sujeto se conocía a sí mismo. Pero Hermione Lee reconoce el seductor engaño que puede acompañar semejantes ideas: se reconoce por ejemplo en esta suerte de intimidad que es como una patología de segunda mano, como la que afloró en el dolor que se mostraba en los funerales de la princesa Diana. La intimidad de «esta» biografía, la sensación que la escritora crea de vivir en el interior de Virginia Woolf se templan y refinan mediante una conciencia sensible e inteligente (nunca exageradamente piscoanalítica, una suerte de reflejo de las propias preocupaciones de Virginia Woolf) de los complejos procesos de transferencia que involucra el pensar en la biografía como si fuera un proceso de lectura. Lo que Hermione Lee evita de forma admirable en este estudio, no obstante, es la sensación de sentirse dueña del campo de estudio: consigue transmitir la idea de dominio del material con el que trabaja a través de una intimidad vacilante y empática, en vez de ofrecer certidumbres definitivas e irrebatibles. Sabe que, como dijo en cierta ocasión Henry James, en la vida las relaciones personales no concluyen jamás, en ninguna parte, mientras que en el arte debe parecer que sí concluyen. Sabe además que la biografía es tan difícil porque es el arte «de» la vida, y por lo tanto debe arreglárselas para llevar a cabo simultáneamente estas dos funciones que señala Henry James. Reconoce Hermione Lee que su Virginia Woolf, aunque fue una persona histórica, vive de forma inevitable también como un personaje en el sentido de que está disponible, mediante el proceso biográfico, para ser consumida como sujeto narrativo. Uno de los placeres que la narrativa brinda al lector, un placer de segunda mano, voyeurístico además (acaso, incluso, erótico), consiste en que parece que entramos en el personaje como un yo cualquiera, y que conocemos otro yo a la vez por dentro y por fuera, como ni siquiera a nosotros mismos llegamos a conocernos. Uno de los más acabados logros de esta biografía es la forma en la que juega con su propia condición de biografía, suspendida sobre la ficción y la propia vida, para hacernos considerar cómo los yoes de verdad son tanto personajes de ficción como construcciones que se llevan a cabo mediante intercambios múltiples de suspensión de la incredulidad, que muy afortunadamente coinciden con una conciencia irónica y compleja de teatro y de inacabable transferencia. Somos simultáneamente lectores ingenuos y complejos. No sabríamos leer nuestras propias vidas de otra forma. Ofrece Hermione Lee un relato ejemplar, por ejemplo, de la gran mayoría de esos monumentos sólidos, materiales (el «granito») de la vida de Virginia Woolf, pero nos obliga a pensar en algo más que en la simple presencia de una habitación propia, y nos hace pensar en que los edificios son a la vez sólidos y cambiantes, que modelan y especializan nuestras relaciones con los demás, que constituyen el tejido de la biografía de Virginia Woolf, al igual que lo hacen con la nuestra propia, generalmente a través de formas que no se analizan. No se nos dice en qué medida su sensibilidad hacia este aspecto de la vida de Virginia Woolf, con frecuencia desdeñado, nace de sus propias identificaciones confesas (crecieron en el mismo barrio de Londres, pasearon por las mismas calles, se formaron literariamente mediante lecturas análogas). Da igual, porque lo importante para ella es reconstruir mediante la imaginación lo que habría sido sentirse como Virginia Woolf viviendo en un lugar concreto, en un momento determinado. El éxito, desde este punto de vista, es completo. Deja una esta biografía siendo capaz de imaginar asimismo cómo habría sido sentirse en el interior de algunos otros «personajes», la deja deseando que escriba más, la biografía de Leonard, de Vanessa, o incluso la biografía de Roger Fry. La sensación es la de algo que está completo y a la vez incompleto, es la sensación que se adueñó de Virginia Woolf tras la muerte de Katherine Mansfield, que la «obsesionaba como nos obsesiona la gente a la que hemos amado, pero con quienes no hemos terminado de hablar». La observación no es extraña (a decir verdad, se ha convertido casi en la primera regla del confesor personal), sino como comentario sobre aquellos a quienes hemos conocido y amado a través de sus «escritos», quienes han adquirido la condición de «autor»; condensa la intensidad tanto de la presencia como de la ausencia, de lo corpóreo y lo fantasmal, que es el centro de esa conversación que se llama lectura, y de esa peculiar forma de escribir que se llama literatura. Después de leer esta Virginia Woolf he decidido releer sus novelas. La conversación no ha terminado; la obsesión, tampoco.
Traducción de Dámaso López

lunes, 28 de febrero de 2011

Joyce Carol Oates


Tras la repentina muerte de su marido en 2008, Joyce Carol Oates (Nueva York, 1938) escribió Memorias de una viuda (Alfaguara), que saldrá en España en abril. Unas memorias deslumbrantes que capturan aquellos momentos de dolor e incertidumbre y la manera cómo debió buscar el equilibrio. El resultado es una narración con evocaciones y agudas reflexiones sobre el amor y la moral. A continuación transcribo un fragmento.
  
  MEMORIAS DE UNA VIUDA 
Joyce Carol Oates

1. El mensaje

15 de febrero de 2008. Cuando regreso a nuestro coche que había aparcado de cualquier forma en una estrecha bocacalle cercana al Princeton Medical Center, veo, sujeto con el limpiaparabrisas, lo que parece ser un trozo de cartulina. Se me encoge bruscamente el corazón y me siento llena de consternación y una aprensión culpable: ¿una multa?, ¿una multa de estacionamiento?, ¿en estos momentos? Hace unas horas aparqué ahí, apresurada, agobiada, con una ristra de advertencias pasándome por la cabeza como si fueran gritos de cigarras —si me hubieran visto, habría pensado con compasión: esa mujer tiene una prisa desesperada, como si fuera a servirle de algo—, de camino a ver a mi marido en la Unidad de Telemetría del centro médico en el que había ingresado unos días antes con neumonía; ahora necesito volver a casa unas horas y prepararme para regresar al centro médico a primera hora de la noche, angustiada, con la boca seca y dolor de cabeza pero en un estado de nervios que podría llamarse «esperanzado», porque desde su ingreso en el centro médico, Ray no ha dejado de mejorar, tiene mejor aspecto y se encuentra mejor, y su nivel de oxígeno, medido en unas cifras que fluctúan literalmente con cada inspiración —90, 87, 91, 85, 89, 92—, mejora sin cesar; están haciendo los preparativos para trasladarlo a una clínica de rehabilitación cercana (la esperanza es nuestro consuelo ante la mortalidad), y ahora, a media tarde de otra de estas interminables y agotadoras jornadas de hospital, ¿de verdad que nos han puesto una multa de coche? ¿En mi distracción he aparcado en zona prohibida? El límite de tiempo para aparcar en esta calle es de dos horas, he estado más de dos en el hospital, y veo, avergonzada, que nuestro Honda Accord de 2007 —de un blanco inquietante en el atardecer de febrero, como una extraña criatura fosforescente en las profundidades marinas— está estacionado de forma inexperta y, sobre todo, nada elegante, torcido respecto a la acera, con la rueda posterior izquierda varios centímetros fuera de la línea blanca de la calzada y el parachoques delantero casi tocando el todoterreno de la plaza siguiente. Pero ahora, si esto es una multa, lo primero que pienso es: «No se lo diré a Ray, la pagaré en secreto».

Salvo que la hoja de papel no es una multa del Departamento de Policía de Princeton, sino un trozo de papel corriente, que, cuando mi mano temblorosa lo abre y alisa, resulta ser un mensaje de un particular en letras de imprenta enormes, agresivas, que leo varias veces con ojos asombrados como si estuviera a punto de precipitarme en un abismo:

APRENDE A APARCAR, ZORRA ESTÚPIDA

Así, como en esa parábola de Franz Kafka en la que la verdad más profunda y devastadora de la vida de un individuo se la revela un transeúnte en la calle, como por casualidad, sin importancia, la Futura Viuda, como si fuera ya Viuda, se ve obligada a comprender que su situación, por desgraciada, desesperada o angustiosa que sea, no le da derecho a pisotear los límites de los demás, sobre todo de desconocidos que no saben nada de ella; «la rueda posterior izquierda varios centímetros fuera de la línea blanca de la calzada».

2. El accidente

Sufrimos un accidente de coche. Mi marido murió pero yo sobreviví.

Esto no es (exactamente) cierto. Pero en todos los demás sentidos, lo es.

4 de enero de 2007. Más o menos trece meses antes de que mi marido se viera aquejado por un brote de neumonía y su esposa le llevara, angustiada, a las urgencias del Princeton Medical Center en la bendita ignorancia del hecho —el hecho terrible e irrefutable— de que nunca iba a hacer el viaje que le trajera de vuelta a casa, sufrimos un grave accidente de coche, el primero de nuestra vida de casados.

En retrospectiva parece irónico que este accidente en el que Ray muy bien podría haber muerto pero no murió ocurriese a menos de dos kilómetros del Princeton Medical Center, en el cruce entre Elm Road y Rosedale Road; era una intersección por la que pasábamos siempre de camino a Princeton y de vuelta a casa; es un cruce por el que tengo que pasar como en una pesadilla que se repite, en la que me reprochan mi pena: «¡Podías haber muerto aquí! No tienes derecho a llorar, te han regalado tu vida».

Eran aproximadamente las diez de la noche de un día entre semana. Mientras entrábamos en la intersección, en la que el semáforo rojo acababa de pasar a verde, nuestro coche recibió el impacto de un vehículo que se dirigía a toda prisa hacia el norte por Elm Road y que pulverizó la parte delantera del nuestro, que patinó, dio vueltas y volcó de manera espectacular, como en una espeluznante película de acción: sólo faltó una explosión ensordecedora.

Aquel vehículo que pareció salir de la nada debía de circular a una velocidad muy superior al tranquilo límite de Princeton, 40 kilómetros por hora. De pronto surgió por el lado del conductor, el resplandor infernal de unos faros, el chirrido de unos frenos y un tremendo impacto; la parte delantera del coche quedó destrozada, los cristales se hicieron añicos y los airbags se inflaron.

En el otro vehículo iba un joven al volante con otro amigo al lado, y en el nuestro, mi marido, que conducía, y yo, en el asiento del copiloto, completamente aturdida por la colisión. En la extraña cámara lenta a la que se viven esos traumas físicos repentinos, pensé: «¿Estoy viva? ¿Puedo moverme?».

Los dos coches quedaron en estado de siniestro total, reducidos a pura chatarra en unos segundos. Del chasis volcado del otro vehículo, a unos diez metros de distancia, salieron el conductor y su amigo, ilesos.

Nuestro coche se detuvo en medio de la intersección, emitiendo un vapor apestoso. Inmediatamente después del choque estábamos demasiado confusos para valorar lo afortunados que habíamos sido; en los días, semanas y meses posteriores intentaríamos comprender esa realidad tan incomprensible: que el otro vehículo no había golpeado más que la parte delantera de nuestro coche, el motor, el capó, las ruedas delanteras; unos centímetros más atrás, y Ray habría muerto o habría quedado gravemente herido, aplastado entre los restos del coche. No podíamos alcanzar a darnos cuenta de lo cerca que habíamos estado de un accidente espantoso; si, por ejemplo, el otro vehículo hubiera entrado en el cruce medio segundo después...

Dentro del amasijo de nuestro coche había un olor arenoso y a quemado. Nuestros airbags se habían disparado con el debido rigor. A quien no haya estado nunca en un vehículo cuando saltan los airbags le costará imaginarse lo violentos, potentes, beligerantes que son.

Uno podría esperar vagamente que sean mullidos, incluso como globos; pues no.

Uno podría esperar una cosa que no le hiera mientras le protege de lesiones más graves, pues no. En el instante de la explosión del airbag, Roy recibió en el rostro, los hombros y el pecho una paliza como si hubiera sido el sparring de un boxeador peso pesado; las manos que agarraban el volante quedaron salpicadas de ácido y con unas quemaduras del tamaño de una moneda que le iban a picar durante semanas. Yo, a su lado, estaba demasiado nerviosa para darme cuenta de con qué fuerza me había golpeado el airbag, pensé que era el salpicadero que se me había venido encima y me había aplastado en el asiento, casi sin dejarme respirar. (Durante dos meses me dolieron tanto el pecho, las costillas y los brazos que no podía casi moverme sin hacer una mueca de dolor y no me atrevía a reírme a carcajadas.) Pero en nuestro coche destrozado, en la euforia de la adrenalina cortical, no fuimos muy conscientes de que estábamos así de heridos y golpeados; conseguimos abrir con esfuerzo las puertas y salir a la calle. Nos inundó una ola de alivio. ¡Estamos vivos! ¡Estamos ilesos!

Llegaron a la escena del accidente unos policías de Princeton. Llegó una ambulancia con personal de emergencia. Yo recordé que una de mis alumnas de Princeton, una chica, era voluntaria en las urgencias médicas de Princeton, y esperé que no estuviera entre los allí presentes. Confiaba en que este episodio no se difundiera a toda prisa entre mis estudiantes. A que no sabes quién sufrió un accidente de coche anoche: ¡la profesora Oates!

Recomendaron en tono firme que «Raymond Smith» y «Joyce Smith» fueran en ambulancia a Urgencias para ser examinados —sobre todo, era importante que nos hicieran radiografías—, pero lo rechazamos y dijimos que estábamos bien, estábamos seguros de que estábamos bien. Aún en la falsa euforia de después del choque, en la que no había dolor ni prácticamente conciencia del concepto de dolor, insistimos en que estábamos muy bien y queríamos irnos a casa.

De pie en medio del frío, tiritando y temblando, y con nuestro coche pulverizado como si un gigante juguetón lo hubiera retorcido con las manos y lo hubiera dejado caer, lo que más queríamos era ir a casa.

Nos preguntaron si «rechazábamos» el tratamiento médico y protestamos diciendo que no estábamos rechazando el tratamiento, simplemente pensábamos que no nos hacía falta.

«Rechazado», pues, escribió el agente en su informe.

Dos policías nos llevaron a casa en su vehículo. Se mostraron amables y educados. Llegamos a nuestra casa a oscuras casi a medianoche. Teníamos la impresión de haber estado fuera mucho más tiempo que unas cuantas horas, y de que habíamos hecho un largo viaje. Sentíamos los nervios de punta, como cables eléctricos rotos en la calle. Yo había empezado a sufrir unos escalofríos convulsivos. Tenía los ojos secos pero me sentía tan exhausta y agotada como si hubiera estado llorando. Veía que Ray estaba bien —como insistía él—, que estábamos los dos bien. Habíamos rozado la catástrofe, pero no se había producido. Y esa realidad me resultaba difícil de comprender, como intentar encajar una idea grande y pesada en una pequeña zona del cerebro.

Empecé a sentir las primeras punzadas de dolor en el pecho. Al levantar el brazo. Cuando me reía o tosía.

Ray descubrió unas manchas rojizas en sus manos.

—¿Me he quemado? ¿Cómo demonios me he quemado?

Se echó agua fría. Tomó aspirina para el dolor.

Yo tomé aspirina para el dolor. No me apetecía nada acostarme con una deprimente noche de insomnio por delante, pero a las dos de la mañana estábamos ya en la cama y durmiendo, más o menos. Los faros cegadores, el chirrido de los frenos, ese momento de impacto increíble... El ácido olor a química, los airbags golpeándonos como unos extraterrestres enloquecidos en un film de horror y ciencia ficción...

—Voy a comprar un coche nuevo. Mañana.

Ray habló con calma en la oscuridad. Había en sus palabras un consuelo que indicaba rutina, costumbre.

El consuelo de que Ray iba a supervisar las repercusiones del accidente.

Raymond, el «sabio protector».

Era ocho años mayor que yo, durante la mayor parte del año. Nació el 12 de marzo de 1930. Yo nací el 16 de junio de 1938.

¡Cuánto tiempo ha pasado desde esos nacimientos! ¡Y cuánto tiempo llevábamos casados, desde el 23 de enero de 1961! En el momento del accidente, faltaban unas semanas para celebrar nuestro 47.º aniversario de boda. A nadie que lea esto, si es más joven de lo que éramos nosotros, se le ocurriría pensar que para nosotros estas fechas eran irreales, o surrealistas; siempre habíamos sentido, durante nuestro largo matrimonio, como si nos hubiéramos conocido unos años antes, como si fuéramos «nuevos», todavía «estuviéramos conociéndonos»; nos mostrábamos «tímidos» a menudo uno con otro; había muchas cosas que no queríamos decirnos ni «compartir» con el otro, como les pasa a las personas que todavía están empezando a conocerse más a fondo y no quieren arriesgarse a ofender ni sorprender al otro.

Mi marido no leyó nunca casi ninguna de mis novelas ni mis relatos cortos. Sí leía mis ensayos y mis reseñas para publicaciones como The New York Review of Books y The New Yorker; Ray era un editor excelente, sagaz y culto, como han dicho innumerables escritores que colaboraron con The Ontario Review, pero no leyó casi nada de mi ficción, y, en ese sentido, podría afirmarse que Ray no me conocía por completo o, en un aspecto importante, ni siquiera en parte.

¿A qué se debió eso? Hay muchas razones.

Lo lamento, creo. Quizá lo lamento.

Porque escribir es un trabajo solitario, y uno de sus peligros es la soledad.

Pero una ventaja de la soledad es la intimidad, la autonomía, la libertad.

Y cuando pensé, la noche del accidente y los días y noches posteriores, mientras unos dolores fantasmas me asaeteaban el pecho y las costillas y perdía la esperanza de que los feos cardenales amarillos y azulados fueran a desaparecer alguna vez, que, si Ray se moría, me quedaría totalmente abandonada, que era mucho mejor morir con él que sobrevivirle sola, en esos instantes no estaba siendo escritora por encima de todo, ni siquiera escritora, sino esposa.

Una esposa a la que aterraba la idea de convertirse en viuda.

Por la mañana, nuestras vidas volvieron, aunque sutilmente alteradas, extrañas, como las vidas de otros que no tenían más que una semejanza superficial con las nuestras pero no eran las nuestras. Habría sido el momento de decir: «Mira, ¡nos podíamos haber matado anoche! Te quiero, qué agradecida me siento por estar casada contigo...». Pero las palabras no acabaron de salir.

Cuántas cosas que decir en un matrimonio, cuántas que no se dicen. Una razona que habrá otros instantes, otras ocasiones. ¡Años!

Esa mañana, Ray llamó al concesionario de Honda en el que había comprado el coche para pedir que vinieran a recogerle y le llevaran a la tienda de State Road con el fin de comprar otro, un Honda Accord LX, 2007 (con techo corredizo) que aparcó delante de casa a media tarde, reluciente como su predecesor.

—¿Te gusta nuestro coche nuevo?

—Siempre me encanta nuestro coche nuevo.

De modo que pensaría después: «Podía haber muerto entonces. Los dos. El 4 de enero de 2007. Podía haber ocurrido muy fácilmente. Un año y seis semanas —el tiempo que nos quedaba— que fueron un regalo. ¡Da gracias!».